Esto es, que mi vida está reducida a querer decir lo que otros no quieren oír
La vida de Madrid, Mariano José de Larra
Dicho esto,
pasaremos al siguiente punto directamente, a las encuestas. Ya en un post
reciente dedicamos alguna atención a las encuestas, y Manolotel tuvo a bien
proporcionarnos su visión desde ese privilegiado panorama atlántico de la
Andalucía occidental y nos acercó a las verdades estadísticas. Por
supuesto, a mi entender, desde mi punto de vista de respuesta sin pregunta, si
hay algo mucho peor que las encuestas, eso son las patéticas encuestas de
satisfacción. Las preguntas de los referendos tienen también su qué y su
cómo. A servidora le llevó unos años ver que ante un exámen lo que había que
preguntarse es qué esperaba el profesor de una y, más concretamente, por qué
preguntaba lo que preguntaba. Una vez que di con esa clave salvífica, y
evidentemente poniendo los codos, conseguí sin excesivo esfuerzo avanzar en mis
estudios. Los profesores son muy previsibles, supongo que tan previsibles o más
como para ellos lo son los alumnos, pero nunca menos.
Hablé
recientemente de dos profesores de los que guardo un bonísimo recuerdo (Mª
del Carmen Gea y Josep Català), ambos de mi Primaria o lo que se llamó
E.G.B. En la secundaria o B.U.P. guardo un bonísimo recuerdo de Francesca
Prats Tur, de la que luego fui amiga. Cesca, como la llamo, había estudiado
entre otras cosas, en Toulouse, Lectura de la imagen, especialidad vinculada a
la Historia del Arte y que lo mismo sirve para disfrutar del cine, de un
brocado chino que de un cromo de “Vida y color” o del Pokemon. Estaba en
Toulouse alejada de Barcelona y escondida. Allí mejoró una de las muchas cosas
que hace bien, cocinar. Pues de la misma manera que tengo grabado en mi alma a
fuego las ecuaciones de primer grado que nos enseñó el profesor de Matemáticas
Josep Català, tengo grabada en mi memoria una de las frases de Cesca en una
clase de Filosofía. Nos explicó lo importante que eran las preguntas. Eso
desencadenó en el tierno alumnado un alud de preguntas en los días
consecuentes, cosa que se hizo aborrecible y pedantesca. Otra cosa que nos
explicó es que generalmente los alumnos que se sentaban al fondo de las clases
tendían a pretender llamar la atención de los otros alumnos, mientras que los
que se sentaban al principio de la clase lo que pretendían era llamar la
atención del profesorado. Yo sé o yo me imagino que la cosa es más compleja que
todo esto, pero que como planteamiento inicial es impecable.
A parte de los
referendos, tenemos los tests psicológicos (con unas preguntas que
presentarían dos respuestas, la que atendería al principio de la exposición de
la pregunta y la que atendería al final de la exposición, y otras lindezas). La
oralidad (o verbalidad, mejor dicho) y esa forma de comunicación basada en
pregunta-respuesta rige los juicios, los exámenes orales de las
oposiciones y las anamnesis o, vulgo, los interrogatorios de los
médicos y el personal sanitario para establecer el historial de sus pacientes.
Nótese que esa forma de comunicación de pregunta y respuesta exige la
convención de que hay una cierta superioridad del que realiza la pregunta sobre
el que está de alguna manera impelido a contestarla. Será por eso por lo que de
natural una es refractaria a las preguntas, ya no digamos a las impertinentes e
indiscretas, que esas me las ventilo con toda la elegancia posible pero sin
pestañear. Aparte de ese natural rebelde al que no puedo ni quiero ni debo renunciar,
está mi natural de ocho bisabuelos gallegos. Se rechaza por ahí a veces
el tópico del gallego que no se sabe si sube o si baja, pero todo tiene una
base fundamentada en la costumbre y en el idioma, apenas evolucionado desde el
latín. Nada tan odioso como el mito del RH y otras majaderías.
Mucho gallego
normativo, mucho gallego normativo, pero yo sé que es más genuino un gallego
castrapo o “ghalegho” que estructuralmente evade las respuestas. Mi abuela
materna hablaba prácticamente un gallego del siglo X. La buena mujer, no sólo
no había visto nunca la televisión, sino que tampoco mostró nunca el menor
interés y eso que mi abuelo le explicaba con todo lujo de detalles lo que había
visto en algún bar o en casa de mi primo Pepucho, que se llamaba como él (José
María Senra). Sobre todo le hablaba de los niños de África que pasaban
hambre (luego ha habido otros) y pensaban en cuidar uno y hasta en llevarlo
a la Sastrería Emiliano para hacerle un trajecito y comprarle jerseys. Mi
abuela sólo tenía una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y alguna fotografía.
Pues ella -gracias a no haberse contaminado con la TV- hablaba como se hablaba
en el siglo X y terminaba los infinitivos en –ere y palabras como mujer (lat.
muliere) en –e (mullere). Evidentemente, por el genio de la lengua que
hablaba jamás dijo “sí” o “no”. La pureza de su romance sólo se veía realzada
por algún arabismo ya desaparecido de nuestra península, como
"alsifate" (cesto). El que habla gallego correctamente, como el que
habla inglés correctamente o el que hablare latín correctamente, nunca
contestarían a la pregunta “¿Has comido?” con un “sí” o un “no”. Eso,
independientemente de que el pretérito indefinido no existe en gallego. Si
alguien pregunta “¿Comiste?” la respuesta es “Comín” o “Hei comer” o algo por
el estilo. Si un niño en una guardería le pregunta a la pedagoga o lo que sea
que hubiera “¿Puedo ir al lavabo?” la respuesta genuina (enxebre) en
gallego de toda la vida es "Podes" (“puedes”).
Que además
todos estos frenos estructurales se vean rebasados por otros daños colaterales,
como la conciencia de la imprecisión de nuestros alcances, con la
certeza de que nadie nos va a dar un duro a cuatro pesetas, etcétera, no
nos debe despistar de que “sí” o “no” también son convenciones lingüísticas. En
inglés se considera very rude contestar “yes” o “not” a secas, por mucho
que nos empeñemos en nuestra idiosincrasia carpetovetónica o salgamos de una
victoria del Barça, del Madrid o de cualquier equipo de Primera División.
Cuando yo
trabajaba en el Hospital de Bellvitge (debería de decir “trabajé”, que no es
tan ambiguo, pero ya está dicho), pues allí conocí a un médico lucense, Xan
Corredoira. Entonces aún había megafonía y a veces se le llamaba para
culminar la anamnesis difícil y accidentada de algún gallego que no se dejaba
interrogar. “¿Cómo se encuentra? ¿Le duele?”, “Dolerme dolerme no me duele”
“Depende”. El Dr. Corredoira era paradigmático. Ya su saludo era un
encogimiento de hombros, que tanto expresaba su disponibilidad, como su modestia,
como ese remanso de dudas y ese temporal de certezas en que duerme la Galicia
eterna. Un día Xan me invitó a cenar y cuando íbamos a ordenar la cena me dijo
“que no te sepa mal, pero voy a pedir tortilla de patatas, porque ¿qué quieres
que te diga?, a mí es que es lo que más me gusta”. Espero que ahí donde esté
esté bien y que siga con esa autenticidad que inspiraba una confianza que no
tiene precio. Y que ya casi no se encuentra.
Luego no hay
que dejar de recordar también a Caperucita Roja, cuando llega aquello de
“¿A dónde vas, Caperucita?” y responde el clásico “A ponerme rulos en el coño,
no te jode”. Perdón al respetable, pero es que tenía unas ganas de alguna vez
responder a algo que no me han preguntado nunca…
P.S.: Este post
está dedicado a la limpia memoria de El Pobrecito Hablador, que murió el 13 de
febrero de 1837.

