“Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de la luz en la luz. Y nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote”.F. Umbral, Mortal y rosa
oy viene en “El País” en la sección cultural un artículo titulado “Un bosque de árboles genealógicos”, título que inmediatamente me ha recordado la autobiografía de Marguerite Yourcenar, en la que por lo menos dos veces lamenta la reprobable afición de su hermanastro no sé si a la genealogía, la numismática o a la heráldica. En cualquier caso a una ciencia auxiliar de la historia. El título o titular de “El País” está un tanto cogido por los pelos, la verdad, y sólo la entradilla pronto sitúa el tema en su punto justo: “Los testimonios de autores con hijos descapacitados, una tendencia que se impone”. A estas alturas de la tarde, las 17:57, el artículo solo ha generado 2 comentarios y esto ya se le veía venir por la mañana. No es un artículo incendiario o provocativo, como alguno que viene saliendo últimamente en “La Vanguardia”, sobre -por ejemplo- un estudio de la Universitat Pompeu Fabra en torno la pureza de sangre en Cataluña y en el País Vasco, donde tras examinar una muestra de mil y pico individuos de toda España se observó que es donde menos rastros moros, árabes, etc. hay. Esos otros artículos producen un impacto enorme y suman del orden de 300 comentarios o más antes de que den las dos. Hay entre esos comentarios insultos, alardes, y se diría que hasta gritos. No se puede decir que se encuentre un gran despliegue de razones ni de “netiqueta”.
Hay un fragmento que me ha llamado la
atención antes incluso de leerlo: “A las miserias de Pablo
Neruda dedicó Joan Margarit, el último Premio Nacional de
Poesía, uno de sus poemas. “Era un poema de comprensión”, matiza. “El error de
Neruda fue sentimental. Escribió miles de versos sobre todo lo habido y por
haber pero se olvido de su hija, que tenía hidrocefalia. Él huyó. Yo doy
gracias por no haber tenido la oportunidad de huir, porque no sé qué hubiera
hecho”.
Lo que hizo Margarit, que en breve
publicará en Visor la edición castellana de Misteriosamente feliz (publicado
por Proa en catalán), fue escribir hace seis años Joana (Hiperión), dedicado a
la muerte de su hija, afectada por el síndrome de Rubinstein-Taybe [sic].”
Ya tenía yo ganas de que se recordara
que Pablo Neruda abandonó a su hija con hidrocefalia, cuando por otro lado se
deshacía en versos inflamados. Miraba a otro lado. De Pablo
Neruda no me han gustado ni sus imitadores y apócrifos, aunque comprendo su… “¿debilidad?”.
La comprendo todo lo que se puede llegar a comprender, no más.
El Síndrome
de Rubinstein-Taybi de Joana Margarit era genético e implica retraso mental
además de anomalías orgánicas y deformidades tipificadas por el defecto de un
gen. Mal gen. Ya hablamos en este blog de la polidactilia y Los
hermanos Karamazov. Y si no se ha hablado aún, debería hablarse de Mortal
y rosa, de Paco
Umbral, uno de los libros más bellos que he leído.
Así que el hecho de los escritores que escriben sobre los/sus pequeños
discapacitados, enfermos o muertos no es ajeno a la enciclopedia. Joan Margarit
primero fue escritor y luego fue padre. Otra cosa es hacer de ello un boom
editorial, un filón.
Evidentemente el talento de v.g.
Rosalía de Castro no se explica en que le cayera su bebé en un brevísimo y
fatal descuido, o que el hijo mayor (Virgilio) muriera tuberculoso, o en que su
vida fuera un ir y venir entre Padrón y Simancas, y entre su
casa y el cementerio de Adina. Se puede escribir
poesía visionaria y adelantarse 100 años al existencialismo sin necesidad de
pasar por una tragedia o un drama. No se explica su talento tampoco en su cáncer
de ovario, idéntica afección a la de otra escritora, Teresa de
Jesús. Y cuando se hace broma de los efectos lisérgicos del cornezuelo del
centeno, en los que se justifican los arrobamientos y los episodios
de levitación de la de Ávila, yo me pregunto porque no volaba
toda Castilla, que se ponía morada de pan negro con cornezuelo hasta el
corvejón y no levitaba nadie. Los últimos años no sé cómo me hago un lío entre
las palabras LSD y ADSL, pero lo de la levitación lo tengo claro.
Posiblemente las páginas de la gran
literatura están emborronadas de lágrimas y las pobres musas de las letras han
tenido que habérselas con un superávit de desequilibrados y toxicómanos. Y sin
embargo a veces los efectos del whisky o, directamente, de alucinógenos, no
aseguran una prosa bien ligada, al contrario.
Tenemos de fondo algo que no hay que
perder de vista, que el sistema sanitario estadounidense, privado, ha implicado
campañas de concienciación y financiación basadas en celebridades. Así la
campaña del sida en Rock Hudson, la del tenor Josep Carreras, etc. Esos modelos
creo que han abierto la veda a que también los escritores profesionales de
alguna manera sacrifiquen y aireen su vida digamos más íntima sobre todo a
favor de aquellos que no pueden hablar ni escribir.
A veces doy en darme cuenta de que
alguien pues sólo habla de dinero. Dinero por aquí, dinero por allá, dinero
siempre. Fulanito gana mucho dinero. “¿Y esto cuánto te ha costado?”. “¿Y dónde
dices que estaba el hotel?”. Otros siempre hablan de alguna proeza en el
gimnasio, o hablan de trabajo. Que “mi jefe”, que “mi jefa”, que “la
fotocopiadora”, que “el teléfono”. Hay gente que solo habla de sí misma. “Yo,
yo, me, yo, mío, mi, yo, conmigo”. Hay gente que habla por preguntas, que
siempre están preguntando y preguntando pero no sueltan prenda. Hay gente que
no deja hablar como hay gente que no escucha. Hay gente que lo cree saber todo
y hay quien no quiere saber nada, que no sé qué es peor. Otros, hablan de la
cuñada del padre del novio de la peluquera de su vecino, o del vecino de la
cuñada de la peluquera del novio, o de la cuñada de la peluquera del padre del
novio. Eso viene siendo despistar, como aquel que decía que tenía “un primo que
había tomado viagra” y todo el mundo sabe que el viagra lo ha tomado él pero
que está haciendo un tiento o tanteo. Los escritores tienen que saber muy bien
qué dicen y que (como dice la Biblia) "la boca habla de lo que rebosa el corazón".

