"Eu quero ir onde as miñas dores foron"
Rosalía
de Castro
“Emily Elizabeth Dickinson
(Amherst, Massachusetts, Estados Unidos, 10 de diciembre de 1830 - íd., 15 de
mayo de 1886) fue una poeta estadounidense, cuya poesía apasionada, ha colocado
a su autora en el reducido panteón de poetas fundacionales norteamericanos que
hoy comparte con Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson y Walt
Whitman. Emily Dickinson pasó gran parte de su vida recluida en una
habitación de la casa de su padre en Amherst, y, excepto cinco poemas (tres de
ellos publicados sin su firma y otro sin que la autora lo supiera), su ingente
obra permaneció inédita y oculta hasta después de su muerte” (Wikipedia)
“Rosalía de Castro
(Santiago de Compostela, 24 de febrero de 1837 - Padrón (A Coruña), 15 de julio
de 1885) poetisa y novelista española en lengua gallega y castellana. Se trata
de la figura central del rexurdimento de la literatura gallega en el siglo XIX,
autora de Cantares gallegos (1863), obra fundacional del mismo al ser uno de
los primeros libros enteramente escrito en gallego de la Edad Contemporánea”
(Wikipedia)
Remarco de los dos epígrafes extraídos
de la wikipedia dos coincidencias entre Emily Dickinson y Rosalía
de Castro. Primero la de su casi coexistencia en el tiempo y
segundo la de ser consideradas “fundacionales” cada una en su ámbito. Además,
en otro orden de cosas, estas poetas ocupan sendos lugares en mi galería de
escritores (y un músico) del blogrolling de *A la flor
del berro, y por lo tanto ocupan también un lugar en mis preferencias o
afinidades.
Está una acostumbrada a tres cosas para
las cuales nunca me asiste la suficiente paciencia ni presencia de ánimo:
1) a la más corriente, que la poesía se
considere como algo marginal, ajeno o inferior o extraño, cosa de gente
lunática, menesterosa, excéntrica o cuando menos extravagante con poco vigor
mental para establecer operaciones lógicas;
2) a que se la pretenda someter a la batería
de pruebas a las que se sometería un argumento
filosófico o una fuente histórica o el informe de un perito
en seguros; y
3) a los happenings
y performances de homenaje a la memoria de un
poeta muerto.
De la misma manera que no se sabe qué
fue antes, si la gallina o el huevo,
tampoco se sabe si los profetas decían sus profecías versificadamente o sí los
poetas son propiamente profetas. Es decir no se sabe si los poetas
son profetas o si los profetas son poetas, lo
que sí está todo el mundo dispuesto a aceptar es que nadie es profeta
en su tierra.
Emily Dickinson tiene, además de la
cosa de la fundacionalidad y la cosa decimonónica, otras dos peculiaridades que
me producen ambas una gran perturbación. La primera es la del escalofrío que
suelen arrancar sus primeros versos siempre (“The heart asks pleasure first”,
“The soul selects her own society”, “How dreary to be somebody”, etc.). La
segunda es la de su aislamiento social, que
la tuvo confinada en su casa familiar de Amherst sin apenas
establecer algún contacto epistolar. E. Dickinson sentía una timidez y una vulnerabilidad
extremas. Rosalía de Castro anduvo dando tumbos con un marido
bastante tarambana y que estaba a la merced de los turnos de poder del XIX. Su
vulnerabilidad se mostraba más bien en la ira, por bendita que fuera.
La
casa tomada del Bestiario de Julio
Cortázar hace reír comparado con la casa y el caso de alguien
que decide confinarse. Luego está lo de los hikikomoris.
Precisamente el domingo El
"Magazine" de "La vanguardia" contenía un reportaje
sobre las hikikomori. Es
un síndrome de aislamiento social que se está dando en el Japón en 1 de cada 10
adolescentes o jóvenes que no soportan la sociedad japonesa. O habría que decir
"1 de cada 10 adolescentes o jóvenes, que no soportan la sociedad
japonesa". No es tanto por lo que siempre la ha dominado, la rigidez de las
normas de convivencia y conducta, sino porque “para las personas que son
ligeramente diferentes, la vida [en el Japón] es muy difícil”, dice un
hikikomori que “ha vuelto a la sociedad”. Reproduzco así las palabras de este
joven, que se pueden oír en la segunda parte del vídeo de 30 minuts
(documental de la BBC, parte 1) (“Un milió de desapareguts”, Un millón de
desaparecidos). Entre la tercera parte y la segunda parte se nos muestran las
“escuelas intensivas”, donde niños de unos diez años se pasan las horas de sol
a sol en(j)aulados. A eso de las 10 de la noche se les somete a un examen que
–si no pasan- se irá reproduciendo hasta que consiguan superar la prueba. Esto
puede producirse a la medianoche o bien a las dos de la mañana. Por tanto,
muchos de los hikikomori proceden de las escuelas intensivas. No pueden
soportar tal presión. Se refugian en los videojuegos, en la televisión,
en internet, se confinan en una pieza de su casa y no salen ni
para comer ni para asearse ni para nada. Sus familias tienden a sufrirlo en la
intimidad, más cuando se trata de chicas, y en muchos casos el
padre se inhibe de la situación, que pasa a ser manejada en su práctica
totalidad por la madre.
Me atrevo a hablar de los hikikomoris
desde mi admiración por la poesía, el ikebana, los oficios y
los artes del país del sol naciente (y no tanto por el
karaoke, el harakiri, los tamagotchi), y desde mi conocimiento
directo de algunos japoneses que he podido conocer en Barcelona todo lo que ha
permitido cada situación y ocasión. Aunque nada más hubiera un hikikomori
entre cada 100 adolescentes japoneses, en vez de entre cada 10, el fenómeno no
dejaría de ser ensordecedor.
La habitación de Emily Dickinson
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