"People who see a drawing in the New Yorker will think automatically
that it's funny, because it is a cartoon. If they see it in a museum,
they think it is artistic,
and if they find it in a fortune cookie,
they think it is a prediction."
Saul Steinberg (*)
a dado la vuelta al mundo la
historia de Joshua Bell, famoso violinista que tocó durante apenas una
hora 6 piezas de Bach en una estación del Metro de Washington. A
pesar de que al ver el vídeo tenemos la impresión de que fue en el mejor de los
casos ignorado, también hay que decir que recogió 43 dólares, que no está nada
mal. Parece que el artista incluso bromeó con sus ganancias puesto que eran
netas, sin tener que pasar un porcentaje a su representante o a quien fuera. De
hecho, si hubiera escenificado un poquitín la actuación o si hubiera cuidado
algo su imagen yo creo que podría haber obtenido una mayor atención. También
habrá que decir, sin caer en prejuicio alguno, que dada su juventud y su buen
aspecto, podría haber atraído con un par de sesiones la afición de una pandilla
de chicas incluso más jóvenes que él mismo.
La frase de Steinberg, uno de mis
dibujantes favoritos, me gusta porque lejos de amargarse ante algo que
podríamos tomarnos como inconsistencia del público, abre la posibilidad de que
una obra que bien podría ser la suya, porque publicó muchas viñetas en "The
New Yorker" (tengo la frase fuera de contexto), lo mismo sirve para un
roto que para un descosido. No voy a hablar de las publicaciones que difunden
predicciones de galletas de la fortuna ni de aquellas viñetas que son mejores
que muchas obras de arte, aún en su simplicidad. Hablaría, si supiera y si
tuviera ganas, que no tengo, de lo injustas y adocenantes que son las modas. No
me sugiere demasiadas ideas el hecho de que el Ulises de Joyce se
publicara el año 1922 gracias a que Sylvia Beach se arriesgó a editarlo. Esa
historia y otras se repiten con diferentes editores, novelistas y novelas miles
de veces.
La supervivencia de los libros a
través de las calamidades, las guerras, las depuraciones y los saqueos de la
historia, explican en parte su fortuna, pero ¿cuántos libros de gran valía no
han quedado para siempre perdidos o de los cuales apenas se tiene una mención?
Y al revés, hay libros que perduran sin que nadie sepa con qué méritos. Parece
entonces que la herencia cultural es lo que ha resistido el olvido, la
barbarie, la degeneración y las injusticias.
Una
vez oí decir que el amor era la suprema mentira y yo vengo a considerar
que lo que es más bien es la suprema injusticia. Hace poco volví a ver El
tercer hombre (Carol Reed, 1949). No es cierto como dice nuestra Wikipedia que el guión fuera de Graham Greene. En mi edición
de Greene pude leer, y lo recuerdo bien, que el autor revelaba que no sabía
hacer guiones, y yo lo creo, porque no es fácil. Él escribió la novela. De
hecho la escena más aclamada de la película, el final, con
Alida Valli en el peor fotograma de toda su larga y espléndida carrera, pasando
de largo a Joseph Cotten en su papel de Holly Martins, no está en la novela. Ni
lo estuvo. Ni lo estará. Es una película de una gran belleza y que resuelve
bien no ya el triángulo de la peripecia sino el triángulo amoroso, que ni
siquiera llega a formarse porque Alida Valli prefiere mil veces a Orson Welles
(Harry Lime), aunque vendiera penicilina en mal estado y se metiera en otros
asuntos degradantes, aunque se hiciera el muerto, aunque estuviera perseguido
por la justicia, a Holly Martins -dicho sea de paso- un escritor mediocre. El
gesto de desdén al final de la película es porque Alida Valli (Anna Schmidt)
tiene la certeza de que Holly Martins ha delatado a Harry Lime. No lo delata
fácilmente, puesto que ambos habían sido amigos. Pero una visita a un hospital
pediátrico de niños afectados por la penicilina adulterada -en compañía
del Mayor Calloway si mal no recuerdo- le convence de que lo mejor es capturar
al malhechor. Obviamente lo bonito de esta película es que sus personajes están
perfectamente justificados y sin líneas burdas. Otro día habrá que hablar de la
fascinación de algunas mujeres por los chicos malos y de algunos hombres por
las mujeres malísimas de la muerte.
Pero me dejo de libros y de películas, porque la
suprema injusticia a veces se ve sorprendida en situaciones inconcebiblemente
horrendas, tan horrendas como irrevocables. ¿O acaso se han olvidado del caso de Sandra Palo, discapacitada psíquica, violada y
golpeada y carbonizada y atropellada por 4 menores? Fue el año 2003 y los
cuatro monstruos recobraron bien pronto su libertad. Recuerdo especialmente la
que le concedieron a Ramón Santiago, para casarse, dos años después. Incluso
creo recordar que se casó con la asistente social del internado donde estaba
recluido ¿Quién lo diría? La gente sometiéndose a ortodoncias, tratamientos de
liposucción y de todo tipo para resultar atractivos y luego resulta que no, que
el amor es la suprema porquería, un cenagal de pasiones que le revolverían el
meconio abyecto a Jack el Destripador y hasta el calostro de su madre.
Cuestionarse que una Infanta de España resista al lado de un señor que está no
ya en el ojo de la noticia, sino incluso en el del huracán, es un pasatiempo. Eso es amor, "quien lo probó lo
sabe".
"In/on a box" (Saul
Steinberg, 1951)
(*) La gente que ve un dibujo
en el New Yorker pensará automáticamente que es divertido, porque es una
viñeta. Si lo ve en un museo, piensan que es artístico y si lo ven en una
galleta de la suerte, que es una predicción.
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