que no se lo salta un gitano inf. Frase con que se pondera lo buena, grande o
*extraordinaria en cualquier aspecto que es una cosa"
(María Moliner, Diccionario de
uso del español, 3ª ed.)
a máquina de escribir [enlace roto] de María Moliner que se
expuso en la Universidad Politécnica de Madrid el año pasado yo diría que es
una Hispano Olivetti Pluma 22. Aún conservo mi Olivetti Lettera 32, una máquina portátil con la que
pasé o perdí muchas horas y que solo abandoné cuando conseguí un ordenador
portátil de segunda mano. Un portátil que pesaba casi 8 kilos. Se parecía
mucho a un ejemplar de Unibit que he encontrado en internet,
pero no estoy segura y el caso es que a los dos años de tenerlo lo revendí a un
ginecólogo colombiano para comprar un portátil de la siguiente generación. Sí,
confirmo ahora en el minuto 20:52 del programa que le dedicaron en RTVE en
"Mujeres en la historia", que escucho mientras escribo, que era una Olivetti Pluma 22.
El vídeo que "escucho" me confirma también que su dedicación
a su famoso Diccionario de uso del español (1966-1967) se produjo
como contrapartida -después de la guerra- a que ya no podía seguir
desarrollando su labor como bibliotecaria, al menos a la altura de la que había
llevado a cabo en sus misiones pedagógicas o en sus textos de
biblioteconomía dirigidos a las personas que se hicieron cargo de las
bibliotecas llamadas populares. Había sido expedientada y depurada como su
esposo por el régimen franquista, pero encontró por así decirlo un resquicio
por donde canalizar su vigor intelectual y ser útil. De su Diccionario se
han hecho muchas consideraciones, algunas bastante exóticas, como las que se
pueden encontrar en el artículo que le dedicó Gabriel García Márquez en
"El País"; otras, dentro del abotargamiento anóxico de alguna
celebridad de la lingüística. Se le retraen por ejemplo procedimientos
considerados hoy en día poco "científicos", cuando en realidad a mi
entender quedan plenamente justificados por su utilidad y por responder a un
método sistemático, no a una manía errática y voluble, inconsistente. Seco
("María Moliner: una obra, no un nombre") acierta cuando pregona el sentido
práctico de la lexicógrafa bibliotecaria. No es un minucia tener un
buen sentido práctico, un sentido de la obra bien organizada y, repito, útil.
La inclusión de muchas voces botánicas en el DUE, por las razones que los
lectores de este Álbum conocerán, lejos de parecerme una desviación
enciclopédica impropia de una labor lexicológica, me lo hacen mucho más
atractivo, útil y estimable.
Mañana voy a tirar la casa por la ventana y voy a asistir a la
representación de "El diccionario" en el Teatro Romea. Por
alguna fotografía que he visto me ha parecido reconocer en el atrezzo la
lámpara de la foto de hoy, con la pantalla verde, y el enorme atril sobre el
que apoyaba su material de trabajo María Moliner. No son muchos los libros que
son designados o conocidos por el nombre del autor (el Kempis por Imitatio
Christi, el Harrison de Medicina Interna, el Catón de lecturas, el
Dioscórides de plantas, el Czerny de estudios de piano). Y hasta donde yo
recuerdo ahora no se me ocurre de ninguna autora ni escritora cuyo título haya
cedido a su nombre. Paradójicamente, o tal vez no, su entrega al DUE fue no
diremos que total pero sí entera y cabal, con el pulso sostenido de una labor
fina de aguja, que no puede variar según tenga una el día o sople el viento.
Fue metódica y tenaz.
Reparo en la máquina de escribir de María Moliner y también en la
lámpara por lo mucho que han cambiado las mesas de trabajo y los medios para
documentar un corpus lexicográfico, que ahora se hace con la ayuda de
las tecnologías de la información y miríadas de asalariados recién salidos de
las universidades pero con escaso recorrido vital.
En general todo me parece muy bien, especialmente lo que resulta gratis,
a excepción de la ergonomía infame del ratón y el empeño de los que
hacen cursos a distancia en hacer participar a la gente como sea. Ahora que se
están poniendo de moda los MOOC (Massive Online Open Courses) que
ofrecen muchas universidades a través de plataformas como Miríada o Open Culture, me veo atraída por algunos cursos y por la
facilidad de inscribirse, de conectarse a la conveniencia de cada cual, y
(¡sobre todo!) la de borrarse. Sin embargo me arredra de la forma más
terminante toda la quincalla y matraca de chats, wikis, vídeos absolutamente
obviables, fórums de opinión, blogs y demás que conforman el llamado campus
virtual y su animación ya que para mí el estudio siempre ha ido asociado al
silencio, la quietud, la concentración o a la escucha de alguien que se
expresaba muy bien sobre un tema que conocía. Admitiendo que donde mejor
encontraremos cómo cambiar las cuerdas de una guitarra es en Youtube (a
falta de un luthier que nos lo explique en vivo y al lado), el abuso del
multimedia me desazona. Especialmente porque tal vez ese despliegue va en
detrimento de los buenos textos. Todo no puede ser.
Me acordé hoy de la cartomancia para el 3 de oros, el naipe que encarna la unión de la voluntad, el conocimiento y la acción (lo que se desea, lo que se sabe, lo que se hace, en las palabras de J. A. Portela). Será o no será así, pero la sensación de escribir exactamente lo que se piensa o la concentración que se tiene cuando se trabaja con las manos, o se dibuja o se haga lo que sea, no puede ser mejorada. Al menos por ahora.

