arcelona aún tendrá varias funciones de El diccionario de
Manuel Calzada en el Teatro Romea hasta el día 10 de febrero, y
pienso que aún están a tiempo de conseguir alguna entrada. La inminencia del
domingo me empuja a escribir ya unas líneas con mi opinión sobre la
representación de la obra, con Vicky Peña en el papel de María
Moliner, de quien hablé el sábado. Su interpretación es tan rematadamente fidedigna que se diría, sobre
todo al final de la sesión, que Vicky Peña está poseída por la diccionarista.
Además de esta obviedad podría añadir otras más, que serán el cuerpo de la
página de hoy. Pero primero quisiera que vieran en la foto de la escena de
María Moliner con su marido que está la lámpara verde a que me referí el
sábado, así como el atril y la máquina de escribir, aunque ésta última no se ve
muy bien. De un tiempo a esta parte estoy mirando las cosas que me rodean en
casa a la vista de saber que me van a sobrevivir. Esto ocurrió sobre todo a
partir del día en que le presté espacial atención a una llave de hierro del
baúl de mi bisabuela Carmen. Primero se murió ella, después el baúl sucumbió a
la humedad y de su contenido apenas resistió el tiempo su diploma como celadora
de los primeros viernes de mes, consagrados (por si no lo sabían) al Sagrado
Corazón de Jesús, que guarda mi tía en otro baúl cuyo olor a naftalina es
abrumador. Una vez esta tía mía me dio un dinero que había tenido guardado en
ese baúl y no lo pude usar en un año. Lo tuve a ventilarse todo ese tiempo. Lo
que no sé es si mi tía está dispuesta a creer que la naftalina podrá con la
polilla pero no con la carcoma, que en el pueblo llamamos sanantonios. Mi
primer ejemplar de las Novelas Ejemplares llevaba las huellas
características de estos insectos y en cuanto las descubrí lo sacrifiqué. La
llave es de hierro, forjada a mano, como esas llaves que a veces traen los
judíos americanos cuando visitan Toledo, intentando encontrar la que fue la casa
de sus antepasados y su puerta.
Me estoy acordando que cuando estuve en el monasterio de Santa Ana
en Ávila, en el nuevo, a las afueras de la ciudad, las monjas me mostraron
la puerta que se habían hecho llevar de la casa antigua, un monasterio cisterciense del siglo XIV que -como diría María Moliner- no
se lo salta un gitano. Es decir, que habían comenzado el monasterio nuevo por
la puerta del viejo. También se llevaron la campana, creo que con nocturnidad,
pero me temo que eso fue sin la aprobación del obispo, que finalmente (como
también diría María Moliner) "se haría el sueco" en contrapartida a
la conformidad con la caca de justiprecio que les darían a las monjitas por un
edificio que -siguiendo con los modismos- quita el hipo y hasta el sueño. Ésto
último porque los días que yo pasé en Santa Ana, les acampañaba en el rezo de
las completas que al menos por aquel tiempo se centraba en el salmo 91,
aquel que asegura que el Señor "te protegerá con sus plumas", y
cerraban la hora canónica diciendo algo así como "El Señor nos de una
muerte santa y una noche tranquila". ¿O era "que el Señor nos de una
noche santa y una muerte tranquila"? Vaya, ahora no lo sé bien, pero sí
recuerdo las palabras "noche", "muerte", "santa"
y "tranquila".
El diccionario de María Moliner, el María Moliner, es una cosa,
también, pero que tiene a la vez el mérito de haberla hecho prometeicamente una
sola persona a partir de algo que aún no es demasiado tarde para afirmar que se
hace entre todos los hablantes, una lengua. Eso es algo que resplandece en las
tablas por lo menos en dos ocasiones, cuando Vicky Peña-María Moliner dice dos
veces que el Diccionario tenía que servir para todos. Y esto hay que
recalcarlo porque demasiadas veces se emplean los diccionarios como si fueran
algo así como el código civil o penal de una lengua, o como un objeto
arrojadizo con el que se imponen no ya las formas sino los significados. Otro
día les conté mi quijotesco encontronazo con el gol ultrasur del Institut
d'Estudis Catalans, que aprobó en comité la palabra "sinologia" para referirse al estudio de las mamas, siendo ese término el
que la mayor parte de las lenguas modernas reservan para el estudio de China.
De la misma manera que en la casa nueva de las monjas de Santa Ana
había la puerta de la casa vieja, nuestras vidas a veces no "son los ríos
que van a parar a la mar que es el morir", sino que algo permanece hasta
como si eso recurrente fuera el cauce, símil que nos llevaría a esas alegorías
marineras de Mas en las que acaba una con mareo, esto es, "mal de
mar", o a la deriva. Por eso la obra que vimos ayer representada en el
Romea se ancla en el momento en que en María Moliner se declaró el diagnóstico
de arteriosclerosis cerebral y ya sufría pérdidas de memoria, especialmente
verbales. Su demencia le permite al autor sobriamente introducir entre los recuerdos
y los delirios todo aquello que constituyó su personalidad y su
trayectoria: ser represaliada por el régimen franquista, haber perdido a su
padre -que los abandonó a su suerte- de niña, y luego haber perdido una hija
que apenas había nacido, su tenacidad para resistir todas las adversidades y su
recto criterio para saber qué hacer ante un diccionario en el que trabajó 15
años.
Desde mi butaca en la fila 13, un poco alejada del escenario, esa
lámpara verde cobró una nitidez como la que solo tienen los fanales de las
noches bien oscuras o de los que velan. Que se sepa que no todo el mundo sirve
para velar. Qué bien le pilla el tono la actriz a la lexicógrafa y
bibliotecaria, a su forma de hablar, con precisión y claridad, esa templanza
que advertimos en muchos aragoneses, pueblo que lo es sufrido y heroico,
terco acaso por noble y escarmentado. Qué buenos ratos nos proporcionó el
aplomo con el que la enferma seguía el interrogatorio de un neurólogo
algo presuntuoso, armado de palabras que en su origen habían sido tan simples
como no olvidemos que lo fue glándula ("bellotita") o isquemia
("detención de la sangre" tal cual). Qué acertado dejar para el final
un discurso que nunca oyó la Real Academia de la Lengua, cuya letra B
mayúscula hubiera tenido que ocuparla nuestra diccionarista, a propuesta
deL Profesor Pedro Laín Entralgo, también aragonés. Que Laín no viera
ocupar la B a María Moliner pero tuviera que ver ingresar con bastantes menos
méritos o por méritos inapreciables para alguien tan embrutecido como yo, a un
señor en un sillón de una vocal minúscula es algo que se le notaba en la cara.
Era difícil no torcer el gesto ante Felipe González y el joven candidato de frac, que parecían dos camareros "haciendo bolos".
No obstante Manuel Calzada, el autor de El diccionario y
José Carlos Plaza, que dirige el montaje escénico, tuvieron a bien no invocar
la justicia, ni la divina ni la humana ni tan solo la murphica, ni toda la
manida artillería de las lágrimas despechadas socialdemócratas y nos muestran
los hechos con la desnudez acostumbrada del buen teatro, en su -ahora sí- justa
proporción. Ya les dije que lo que iba a aportar eran obviedades.

