señor, Habiendo conocido el bien y el mal, el hombre se
ha hecho semejante a un dios, ahora sólo me faltaría
que también fueses a buscar el fruto del árbol de la vida
para comer de él y vivir para siempre, no faltaría más
tu mujer de este jardín del edén, en cuya puerta colocaré
de fuego que nunca dejará entrar a nadie, así que fuera,
presencia.”
yer pude ver parte de un documental de la televisión local municipal sobre los hippies. A diferencia de yuppies (acróstico de “Young Urban Professional”) y de scuppies (acróstico de Socially Conscious Upwardly-mobile Person), hippies procede de la palabra hipster (subcultura de los beatnik) como dummies viene del alemán dumm (“estúpido”). El artículo de la Wikipedia para este fenómeno social es muy bueno para situar los puntos fundamentales y llevarse una idea general de lo que representó el movimiento en los años 60 y 70: psicodelia, subcultura, antimilitarismo, pacifismo, era de Acuario, ecologismo, amor libre, libre asociación, tolerancia con la homosexualidad y la bisexualidad, artesanía, colectivismo, antipsiquiatría y más.
El documental que vi se centra en un diálogo entre Lluís
Racionero y Pau Riba, dos hippies que siguen en el
“candelabro”, más algunas imágenes de Canet Rock (un
festival que tuvo 4 ediciones, entre 1975 y 1978, que fue nuestra versión
en la Costa Brava de Woodstock) y otras
imágenes de Pau Riba en su comuna de alquiler. Para quienes no conozcan a Lluís
Racionero y Pau Riba, diremos —a título de anécdota y al estilo de la prensa
rosa o amarilla— que el primero estuvo casado con Elena Ochoa (¿Elena
Fernández-Ferreiro López-Ochoa?), la sexóloga que hoy está a su vez felizmente
casada con Lord Norman Foster. De Norman Foster tenemos en Barcelona la llamada
Torre
Collserola. La torre Swiss Re
(Schweizerische Rückversicherungs-Gesellschaft) de Londres, más conocida como “The Gherkin” o “El pepinillo”
tiene su réplica menor (40 metros menos de altura) en nuestra barcelonesa Torre Agbar. Obsérvese como
esta torre no ha recibido ningún apelativo popular y disciplinadamente se le
llama “Torre Agbar” tal cual. Yo le llamo “El nabo”.
Lluís Racionero ha escrito diversos libros que han llegado
hasta donde podían llegar y eso ya es mucho, considerando que la estética
taoista y los cátaros como temas tienen sus limitaciones. Colaboró con
Escohotado en un programa televisivo sobre drogas y ha dado clases de
Microeconomía en la Universidad (¿de Barcelona?), fue director de la Biblioteca
Nacional, etcétera. Pau Riba es nieto del gran filólogo y poeta Carles
Riba y de la poeta Clementina Arderiu.
Como Racionero (y hasta Federico Jiménez Losantos
y Karmele Marchante [!]) colaboró con la
revista “Ajoblanco”
(1974-1980), que en mi mocedad era un icono de la subcultura. “Ajoblanco” tuvo
dos etapas y es difícil trasmitir que es lo que tenían en común a no ser que
nos remitamos al socorrido underground y al
anarquismo. Yo pasé de “Mortadelo y Filemón” y “Pumby” a “Cuadernos de
Pedagogía” y el “Ajoblanco” pasando por el semanario satírico “El
Hermano Lobo”, con la misma naturalidad con la que hoy tomo mi té después de un
níspero.
Aunque Racionero
es lo que llamaríamos un intelectual o precisamente por eso, al contraste con Pau Riba [enlace roto] parece
menos expresivo y hasta… aburguesado, si nos dejamos llevar por las vestimentas
respectivas. Dejemos eso, puesto que tal vez lo único que podría parecer haber
llegado del movimiento hippie a nuestra época
serían las camisetas tye-dye, la moda étnica, la
marihuana, las barbas largas y, en una palabra, la “moda”. De hecho yo
creo que hay gente hoy día que cree que un hippie es un kumbayá o un alternativo
sin botas chirukas y pasado de porros. En fin, yendo a lo que iba, Pau Riba
dijo ayer muchas cosas que tienen plena validez hoy día. Una de ellas es que a
pesar del castigo divino, del trabajo, actualmente podíamos finalmente
aprovechar que las máquinas hacen las labores más rudas y pesadas, para dedicarnos
a disfrutar de la vida. Vean el contraste entre el panfletucho
de Saramago y esta propuesta que no insulta ni molesta a nadie. ¿Hay que
decirlo más alto o más claro? Pau Riba y Lluís Racionero señalaron cómo además
de que no nos estamos aprovechando de las máquinas,
encima estamos preocupados en conseguir más trabajo y
en inventar nuevas tareas y más necesidades para crear más trabajo y más
trabajo.
La otra gran propuesta de Pau Riba la mostró, la indicó, con una especie de parábola. Dijo: si alguien ante un auditorio enorme como un estadio (yo añadiría, “o como Facebook”), preguntara “¿Cual es la raíz cuadrada de 319?“, alguien -una voz alejada y apagada- contestaría: “Diecisiete coma ochenta y seeeeiiiiiisss“. Ah, pero si preguntara “¿Cuánto son 2 y 2?” todo el mundo contestaría “CUAAAATROOOOOO!!!!!!”. Vuvuzelas aparte.Esa parábola explica el 83,5467 % de lo que pasa en la red y en la TV, tal vez en el mundo. Por lo tanto las consignas fáciles a las que fácilmente puedan adherirse las hordas, tienen el éxito garantizado. “1 millón de firmas para la dimisión de Zapatero”, por ejemplo. O “los tesoros del Vaticano para el hambre África” (como si muchas veces no hubiera podido llegar la comida a África si no hubiera sido por la Iglesia). Son frases que apelan además a las vísceras y muchas veces al odio.
Tal vez en donde divergían Racionero y Riba es en lo que
había que hacer con el tiempo “libre”,
además del amor. Riba desea que seamos otra vez animales y que como
tales juguemos, y de hecho su vida es así. Racionero, si se
hubiera declarado en este sentido, aventuro que habría hablado del arte y de
entretenimientos sofisticados.
Si mal no recuerdo, las únicas citas que he empleado
en este blog para mostrar textos de ínfima calidad son esta excrecencia de
Saramago, un ripio de Unamuno sobre la saudade y un verso de Pere
Gimferrer (“Cuca me electrocuta”). Esos materiales los utilizo como pruebas
documentales. Las fotografías las tomé la pasada semana en una tienda que está
en el Ensanche barcelonés y pude reconocer una Nintendo
bastante compacta, play stations de segunda
generación, botellas de leche Ram y de cerveza Estrella
Damm y Danones del año de la picor, y un caballero con su
armadura idéntico a uno que tuve yo cuando era niña.
Por aquellos años en que disfrutamos del Seat 600, los 10
litros de gasolina 86 que le poníamos costaban 72 pesetas, exactamente lo mismo
que 6 botellas de leche RAM. A Canet Rock se iba en tren.
Sardana
flamenca de Toti Soler. Imágenes de Cadaqués.


