27/6/10

Apariencias y apariciones

 

“Exageráis la hipocresía de los hombres. La mayoría piensa demasiado poco para permitirse el lujo de

poder pensar doble”

Marguerite Yourcenar

Taxidermia


 



pesar de que Annie Leibovitz es considerada como una de las más famosas o mejores o más grandes retratistas mundiales y a mí, sin conocerla, me inspira simpatía, tengo que decir que sus retratos más modernos me resultan un tanto barrocos y que además el cuidado escenográfico (algo que llega a exasperar a su equipo) me resulta taxidermista. Los retratados de la Leibovitz parece que sean piezas de caza mayor disecadas o que salgan de un fresco de Miguel Ángel pero como cargados de laca y desodorante. Esa es desdeluego mi opinión personal y no espero ni deseo que se imponga ni aquí ni ahora. En los retratos de Annie Leibovitz me falta el aire, son demasiado cálidos.

Mi interés por los retratos no está respaldado por otra sensación que no sea la de la admiración ante algunos pintores, fotógrafos, escultores, etcétera. Fui una vez a una exposición de retratos de Sant Cugat y en Sant Cugat (San Cucufate), a 5 quilómetros de Barcelona. Llegué bastante antes de que se inaugurara y pude ver cada uno de los personajes con detenimiento, sin estorbos y en el orden que se me antojó. Al cabo de un rato aparecieron los retratados y el fotógrafo, Pep Pujol, que vive allí aunque es natural de Guissona (Lérida). Algo de lo que se podría decir más allá de la pericia técnica de mi amigo, su sensibilidad, su memoria visual, es que la viveza de los personajes de las fotografías era mayor que la de las personas de carne y hueso. Los reconocí a todos, cuando llegaron, y fueron pasando por donde yo estaba en desorden, tal vez buscándose en las fotografías expuestas. Yo me había quedado más o menos a plomo —o habría que decir “flotando”— en un punto donde el retrato que mejor veía era el de la propietaria de una mercería, cerca del meeting point que espontáneamente se formó alrededor de Pep. Si les digo que hasta los veía en blanco y negro…

Foto del año 1942 (Asociación Cultural El Patiaz-Zaragoza)

Ídolos, tiranos y semidioses

Los primeros meses de vida de mi sobrino en todas las casas adonde lo llevaban y lo traían podía ver su foto “oficial” repeinado y con un suéter de lana de angora, entronizado sobre los televisores de los tres abuelos, sus padres, sus otros tíos. Yo decía que aquello no podía ser bueno para él. Me recordaba las efigies de Fidel Castro o el Che troqueladas en las calles de La Habana, omnipresentes. Cuando estábamos en la apoteosis de su reinado o tiranía en solitario, a eso de sus tres años, nació Anna. Fue mucho peor que un golpe de estado, me figuro.

Mesas y paredes de trabajo

Mis pesquisas para reunir ejemplos de fotografías pretenciosas o de estereotipos no han sido fructíferas, probablemente porque no le he dedicado el tiempo preciso. Las hay y a montones. Hoy mismo “La Vanguardia” ha dedicado su suplemento de “Estilos de vida” a los progres. Incorporo las dos fotos que ellos han publicado, ambas de Cristina Reche, reconstruyendo el típico progre de los años 70 y el actual, en mi Picasa [enlace roto].  Tal vez el montajillo del progre setentero falla en que debería tener un aspecto un poco más ajado y existencialista, con un abrigo que fuera el del abuelo y nunca suyo.  Parece de la serie “Cuéntame”, más falso que un billete de 3.000 pesetas.  Al progre actual de “La Vanguardia” le veo un ramalazo pijo, pero no va desencaminado si sirve como modelo equidistante de lo que dan de si los ejemplares últimos más o menos auténticos o afectados. Las fotos-montaje como las que comento no me sirven para mi análisis porque busco estereotipos verdaderos. Sobre todo lo que buscaba eran retratos pretenciosos y cargados de mensajes. La americana de pana beis, la camisa de cuadritos con los puños remangados del socialista de fin de semana. La  chaquetita azul marino de punto del jubilado. Y especialmente aquellos retratos en los que se da a entender el nivel cultural, social, económico. Aquellos en los que se persigue un encuadre que deje ver una librería o una pintura o incluso otra fotografía o los viajes, los diplomas, los amigos célebres.

En nuestra antología del viernes los casos más flagrantes son tal vez los de Miguel de Unamuno y Barak Obama. El primero exhibe su fruición metafísica inmerso o enfrascado entre los símbolos del saber y la especulación filosófica: libros y legajos. El gesto del escritor más que mostrar la preocupación de quien no encuentra lo que busca entre tanto papel, muestra el hilo de un pensamiento que debe de ser muy críptico o crítico o cítrico y cuya dificultad inextricable se nos escapa.

La posición de los portarretratos del senador Obama es llamativa puesto que se supone que normalmente las fotos tendrían que mostrarse del lado por donde se sienta o se tumba el político. Es una mesa de trabajo que merecería mayor detenimiento, el que en su día le dedicamos a las mesas que aparecían en “El testamento del Dr. Mabuse” (Fritz Lang, 1933).


La mesa de Tom, con un retrato de Lilli (“El testamento del Dr. Mabuse”)

Lilli mira la mesa de Tom (“El testamento del Dr. Mabuse”)

Esto de las fotografías de los seres queridos en las mesas de despacho se ha desmandado bastante y es tema para otro post, además de que ahora sólo queremos señalar las fotos que presiden el despacho de Obama como senador: Abraham Lincoln y Martin Luther King. Dos adalides (para emplear el término más ditirámbico posible) del final de la esclavitud y el segregacionismo racial.

El abuso de la imagen del “Che” no nos puede ni nos debe distraer de su uso para funciones no muy alejadas de la hagiografía católica y los típicos calendarios de cocina del Sagrado Corazón de Jesús. La también típica lámina policromada de la Santa y Última Cena sobre el chinero ha sido sucedida en nuestros decorados domésticos por otros estereotipos: la coffee table y el “Guernika” de Picasso  o “Los lirios” de Van Gogh. La escena de caza con antílopes o el típico tapiz con La Alhambra fueron substituidos por un kilim de la semana turca de El Corte Inglés o uno menos auténtico pero comprado en  Esmirna.

Como en este país la superstición es el complemento perfecto para la iconoclastia, y viceversa, no hay una respuesta atea racionalista o materialista o de “vive y deja vivir”. De manera que los extremos, como se suele decir, se tocan y hasta se chocan, y los excesos imagineros de la Semana Santa inspiran en los nihilistas  y los llamados “no creyentes” la burla, la blasfemia y el sacrilegio. Ya digo: tal para cual. De hecho es a mis ojos lo mismito.

Los decorados

Es curioso porque normalmente fotos como las que abren el post inspiran una sonrisa clemente, por lo ingenuo del decorado, su inverosimilitud o candidez. Los fotógrafos de feria cuando utilizaban planchas que representaban grupos de gitanas con el hueco recortado como un yugo verbenero  para la cabeza del retratado, o aviones de bombardeo, sospecho que estarían siguiendo una tradición del tramoyista de teatro o el carpintero de misterios y monumentos efímeros.  En el vídeo del otro viernes [enlace roto] hay también una foto del colegio, en que uno de los hermanos ostensiblemente maneja el auricular de un teléfono que ya se le ve que no funciona. El encuadre o marco o passepartout de las colegialas que parece que salen en la TV es para mí insólito. Nunca antes había visto nada que se le parezca, quitando los libros de partituras en los que el nombre del compositor lo acaban de escribir unos querubines en un pergamino enorme. Todo eso nos hace sonreír por su candidez. Y sin embargo no nos parecen ridículas las fotos clasistas en donde se hace ostentación de un puesto, de un cargo a base de mostrar unos libros gordísimos intonsos, una mesa de raíz de cerezo, un telescopio o un aparato de perfundir corazones de rata. Les viene siendo lo mismo que la puesta en escena de las señoras del bombardero, solo que el atrezzo no va por delante sino por detrás.


Foto de un catedrático con su globo terráqueo. En vez  de pixelizar la cara para preservar su imagen, le he superpuesto una máscara. Es mi homenaje (con perdón) a Inge Morath.

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