“Exageráis la hipocresía de los hombres. La mayoría piensa
demasiado poco para permitirse el lujo de
poder pensar doble”
Marguerite Yourcenar
Taxidermia
pesar de que Annie Leibovitz es
considerada como una de las más famosas o mejores o más grandes retratistas
mundiales y a mí, sin conocerla, me inspira simpatía, tengo que decir que sus
retratos más modernos me resultan un tanto barrocos y que además el cuidado
escenográfico (algo que llega a exasperar a su equipo) me resulta taxidermista.
Los retratados de la Leibovitz parece que sean piezas de caza mayor disecadas o
que salgan de un fresco de Miguel Ángel pero como
cargados de laca y desodorante. Esa es desdeluego mi opinión personal y no
espero ni deseo que se imponga ni aquí ni ahora. En los retratos de Annie
Leibovitz me falta el aire, son demasiado cálidos.
Mi interés por los retratos no está respaldado por otra
sensación que no sea la de la admiración ante algunos pintores, fotógrafos,
escultores, etcétera. Fui una vez a una exposición de retratos de Sant Cugat y
en Sant Cugat (San Cucufate), a 5 quilómetros de Barcelona. Llegué bastante
antes de que se inaugurara y pude ver cada uno de los personajes con
detenimiento, sin estorbos y en el orden que se me antojó. Al cabo de un rato
aparecieron los retratados y el fotógrafo, Pep Pujol,
que vive allí aunque es natural de Guissona (Lérida). Algo de lo que se podría
decir más allá de la pericia técnica de mi amigo, su sensibilidad, su memoria
visual, es que la viveza de los personajes de las fotografías era mayor que la
de las personas de carne y hueso. Los reconocí a todos, cuando llegaron, y
fueron pasando por donde yo estaba en desorden, tal vez buscándose en las
fotografías expuestas. Yo me había quedado más o menos a plomo —o habría que
decir “flotando”— en un punto donde el retrato que mejor veía era el de la
propietaria de una mercería, cerca del meeting point que
espontáneamente se formó alrededor de Pep. Si les digo que hasta los veía en blanco
y negro…
Ídolos,
tiranos y semidioses
Los primeros meses de vida de mi sobrino en todas las casas
adonde lo llevaban y lo traían podía ver su foto “oficial” repeinado y con un
suéter de lana de angora, entronizado sobre los televisores de los tres
abuelos, sus padres, sus otros tíos. Yo decía que aquello no podía ser bueno
para él. Me recordaba las efigies de Fidel Castro o el Che troqueladas en las
calles de La Habana, omnipresentes. Cuando estábamos en la apoteosis de su
reinado o tiranía en solitario, a eso de sus tres años, nació Anna. Fue mucho
peor que un golpe de estado, me figuro.
Mesas
y paredes de trabajo
Mis pesquisas para reunir ejemplos de fotografías
pretenciosas o de estereotipos no han sido fructíferas, probablemente porque no
le he dedicado el tiempo preciso. Las hay y a montones. Hoy mismo “La
Vanguardia” ha dedicado su suplemento de “Estilos de vida” a los progres.
Incorporo las dos fotos que ellos han publicado, ambas de Cristina Reche,
reconstruyendo el típico progre de los años 70 y el actual, en mi Picasa [enlace roto].
Tal vez el montajillo del progre setentero falla en que debería tener un
aspecto un poco más ajado y existencialista, con un abrigo que fuera el del
abuelo y nunca suyo. Parece de la serie “Cuéntame”, más falso que un
billete de 3.000 pesetas. Al progre actual de “La Vanguardia” le veo un
ramalazo pijo, pero no va desencaminado si sirve como modelo equidistante de lo
que dan de si los ejemplares últimos más o menos auténticos o afectados. Las fotos-montaje
como las que comento no me sirven para mi análisis porque busco estereotipos
verdaderos. Sobre todo lo que buscaba eran retratos pretenciosos y cargados de
mensajes. La americana de pana beis, la camisa de cuadritos con los puños
remangados del socialista de fin de semana.
La chaquetita azul marino de punto del jubilado. Y especialmente aquellos
retratos en los que se da a entender el nivel cultural, social, económico.
Aquellos en los que se persigue un encuadre que deje ver una librería o una pintura
o incluso otra fotografía o los viajes, los diplomas, los
amigos célebres.
En
nuestra antología del viernes los casos más flagrantes son tal vez los de
Miguel de Unamuno y Barak Obama. El primero exhibe su fruición metafísica
inmerso o enfrascado entre los símbolos del saber y la especulación filosófica:
libros y legajos. El gesto del escritor más que mostrar la preocupación de
quien no encuentra lo que busca entre tanto papel, muestra el hilo de un
pensamiento que debe de ser muy críptico o crítico o cítrico y cuya dificultad
inextricable se nos escapa.
La
posición de los portarretratos del senador Obama es llamativa puesto que se
supone que normalmente las fotos tendrían que mostrarse del lado por donde se
sienta o se tumba el político. Es una mesa de trabajo que merecería mayor
detenimiento, el que en su día le dedicamos a las
mesas que aparecían en “El testamento del Dr. Mabuse” (Fritz Lang, 1933).
Lilli mira la mesa de Tom (“El testamento del Dr. Mabuse”)
Esto
de las fotografías de los seres queridos en las mesas de despacho se ha
desmandado bastante y es tema para otro post, además de que ahora sólo queremos
señalar las fotos que presiden el despacho de Obama como senador: Abraham
Lincoln y Martin Luther King. Dos adalides (para emplear el término más
ditirámbico posible) del final de la esclavitud y el segregacionismo racial.
El
abuso de la imagen del “Che” no nos puede ni nos debe distraer de su uso para
funciones no muy alejadas de la hagiografía católica y los típicos calendarios
de cocina del Sagrado Corazón de Jesús. La también típica lámina policromada de
la Santa y Última Cena sobre el chinero ha sido sucedida en nuestros decorados
domésticos por otros estereotipos: la coffee table y el
“Guernika” de Picasso o “Los lirios” de Van Gogh. La escena de caza con
antílopes o el típico tapiz con La Alhambra fueron substituidos por un kilim de
la semana turca de El Corte Inglés o uno menos auténtico pero comprado en
Esmirna.
Como
en este país la superstición es el complemento perfecto para la iconoclastia, y
viceversa, no hay una respuesta atea racionalista o materialista o de “vive y
deja vivir”. De manera que los extremos, como se suele decir, se tocan y hasta
se chocan, y los excesos imagineros de la Semana Santa inspiran en los
nihilistas y los llamados “no creyentes” la burla, la blasfemia y el
sacrilegio. Ya digo: tal para cual. De hecho es a mis ojos lo mismito.
Los
decorados
Es curioso porque normalmente fotos como las que abren el
post inspiran una sonrisa clemente, por lo ingenuo del decorado, su
inverosimilitud o candidez. Los fotógrafos de feria cuando utilizaban planchas
que representaban grupos de gitanas con el hueco recortado como un yugo
verbenero para la cabeza del retratado, o aviones de bombardeo, sospecho
que estarían siguiendo una tradición del tramoyista de teatro o el carpintero
de misterios y monumentos efímeros. En el vídeo del otro viernes [enlace roto] hay también una foto del colegio, en que uno de los hermanos ostensiblemente
maneja el auricular de un teléfono que ya se le ve que no funciona. El encuadre
o marco o passepartout de las
colegialas que parece que salen en la TV es para mí insólito. Nunca antes había
visto nada que se le parezca, quitando los libros de partituras en los que el
nombre del compositor lo acaban de escribir unos querubines en un pergamino
enorme. Todo eso nos hace sonreír por su candidez. Y sin embargo no nos parecen
ridículas las fotos clasistas en donde se hace ostentación de un puesto, de un
cargo a base de mostrar unos libros gordísimos intonsos, una mesa de raíz de
cerezo, un telescopio o un aparato de perfundir corazones de rata. Les viene
siendo lo mismo que la puesta en escena de las señoras del bombardero, solo que
el atrezzo no va por delante sino por detrás.
Foto de un catedrático con su globo terráqueo. En vez de pixelizar la cara para preservar su imagen, le he superpuesto una máscara. Es mi homenaje (con perdón) a Inge Morath.
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