staba esta mañana aún medio dormida y oí en la radio un suceso de una niña rumana que ha fallecido a consecuencia de haberse caído en un recipiente de esos que hay para recoger ropa usada, al parecer mientras ayudaba a un adulto que buscaba prendas es de suponer que para vestirse o para venderla. Esta muerte no es menos ¿absurda? que la del ricacho chulín que se estrella con su catamarán o un BMW xyz en uno de los lugares de recreo de moda. Tampoco es menos elocuente, nos habla de una situación y levanta en nuestra imaginación el imaginario del fracaso y del éxito social.
Ando estos días pensando en la voz humana, algo con lo que
nacemos más o menos “instalado”, como el container o el BMW xyz. La voz la
podemos ir malogrando con la llamada mala vida (el abuso del tabaco y del
alcohol, dormir poco, tomar alimentos demasiado fríos o demasiado calientes,
hablar de más) y la podemos ir moldeando con la respiración, la atención
y la dicción. Estos días además se habla mucho de las horrísonas vuvuzelas. Según el
“ABC“ [enlace roto]:
“Una serie de controles realizados por los fabricantes de prótesis auditivas
Phonak llegó a la conclusión de que las vuvuzelas emitían un sonido de 127
decibelios, cifra superior a la de un tambor (122 decibelios) y la de una
sierra mecánica o la de un silbato de árbitro (121,8 decibelios)”. Sin embargo
yo creo que lo que hace que la vuvuzela sea desagradable para muchas personas
es no tanto la intensidad del ruido como su naturaleza. El chirrido
de un rayazo en un encerado o el bocinazo desabrido de un
camión de seis ejes producen una respuesta diríase que física, de
rechazo, inmediata. La vuvuzela es como el zumbido
de un mosquito enorme y agónico, como la séptima trompeta del
Apocalipsis, como la voz grabada del mohedano en mitad de la noche,
algo que revuelve la primera papilla y hasta el meconio elemental. Durante años
me desperté con la ayuda de un reloj de pulsera Casio
que a las 06:00 a.m. emitía 10 pitidos con poca fuerza. Eso fue hasta que quise
ver qué había dentro del reloj y lo desbaraté.
Hace un año poco más o menos un grupo de cantantes, entre
los que estaban Bruce
Springsteen, Red Hot Chili Peppers, Neil Diamond y Shakira, plantearon una
queja al Gobierno de los Estados Unidos por usar sus discos como tortura
en Guantánamo. Se me escapa qué es peor o más
enloquecedor si tener que escuchar 20 días seguidos la grabación del llanto
de un niño o a Georgie Dann en “Mami que será
lo que tiene el negro”. Incluso una variación Goldberg puede
convertirse en tortura si alguien se lo propone. Estoy intentando
recordar en qué película sobre los nazis se ve un interrogatorio en tercer
grado con un tocadiscos como centro de la tortura y un vinilo aparentemente
inocuo. Nada, no hay manera. Ya me acordaré.
Estamos en un mundo en el que alguien se puede morir
en un recipiente de ropa usada o con un catamarán en la Costa Azul, en el
que se puede tener una voz privilegiada y caer en una familia que no va a
potenciarla con una educación musical adecuada, o en el que se puede tener escasas
aptitudes para la música pero con una familia empeñada en desarrollarlas ni que
sea por ostentación. Los músicos vocacionales
podrían hablar mucho en ese sentido, pero los músicos en general no pierden el
tiempo hablando. Estos días estuve viendo los escasos vídeos que hay de la
guitarrista argentina María Luisa Anido, que
fue alumna de Miguel Llobet en
Barcelona, el cual a su vez fue alumno de Francisco
Tárrega, de quien -dicen- procede la
sintonía de fábrica de los móviles Nokia. Pero como Nokia no lo admite y no
sé si Tárrega tiene quien le valga, pues es mejor dejar el apunte ahí. ¿A quién
se le puede atribuir la autoría del “nianoniano” y el “naniano” del payaso Fofó?
Pues según mi profesor de guitarra, que pudo escuchar en
vivo a María Luisa Anido, pocos intérpretes ha podido oír que trasmitieran la
emoción que trasmitía ella. Me dice, “se me ponían los pelos de punta“.
Las grabaciones que de
ella quedan no le hacen justicia, aunque muestran nítidamente una mujer
ajena al mundo de esos otros instrumentos musicales que son el
autobombo bien temperado, el engolamiento o las fanfarrias de
la vanagloria. De hecho, cuando la guitarrista perdió a su representante se
quedó aparte porque ella no sabía de nada de lo que en gran manera hace que los
músicos lleguen al gran público. No sabía venderse. Y por el contrario hay
intérpretes que simplemente ejecutan sus piezas con maestría técnica incluso
pero que no añaden absolutamente nada. El virtuosismo está en la dificultad
pero también en llegar más allá del sentimiento de la admiración. Esa facultad
es tan rara que a veces ni siquiera se establece mucho tiempo en un
intérprete. Lo toma y lo abandona. O se reparte, como en las descargas
de jazz o son y en las
fiestas flamencas, entre varios artistas, sin que pueda decirse
donde está ni como llegó. El “pellizco” o el “duende” qué poco tienen que ver
con la afinación de la garrapatea llevada hasta la náusea tecnológica. A veces
está entre los dedos de quien toca un ukulele modesto, a
veces en el espacio que llena el sonido. Sólo hay que estar ahí.
A veces me miro los vídeos de Andrés
Segovia. Su interpretación de “Asturias” (Isaac Albéniz)
no me deja de sorprender. Nunca sería una tortura, para mí, oír el “Asturias”
de Segovia 20 días seguidos. La elijo porque no es una composición que me
guste, sobre todo cuando se toca mecánicamente. Hay muchísimas versiones en la
red y es escuchándolas y viendo como los pianistas o los guitarristas la
interpretan como podemos apreciar lo que intento y no sé si conseguiré
decir. Hay músicos que tocan igual una pieza de Mozart que Bach que Albéniz.
¿Se acuerdan ustedes de Richard Claydermann?
Para decir la verdad, Albéniz compuso muchas
piezas que admitió que él era incapaz de tocar. Así que podría decirse que
poder tocar lo que compuso Albéniz ya es un qué. Y no obstante, cuando
escuchamos, digo, las diferentes versiones, vemos que hay algo más allá de la
destreza técnica. Para mí la música empieza ahí.

