Pues el bodegón de Giovanna Garzoni, que es a lo que íbamos, resulta que suele titularse "Ciruelas, nueces y jazmín", donde yo creí que las ciruelas eran peras. Por la forma de la drupa podrían ser peras, pero por el color... La acuarela, muy primorosa, está pintada sobre papel vitela y también muestra una hoja de parra otoñal y dos flores de convolvulus purpureus o ipomoea tuba, también conocida por aquí como Gloria de la mañana, Manto de la virgen, coregüela o correhuela morada y hasta Don Diego de día (puesto que por la noche se cierra y pasa a llamarse Don Diego de noche). Esta prodigalidad de la taxonomía popular para las flores -con un nombre para cuando está abierta y otro para cuando está cerrada- es a mi entender conmovedora y me arranca lágrimas como garbanzos, sobre todo al lado de que a demasiadas cosas les llamamos "amor" o jardín o lo que sea. Bien está, se dirá. Bueno.
Las nueces de Garzoni me gustan más que las que ya trajimos aquí del bodegón de Floris van Dijck, el cual sin embargo muestra unos quesos y unas pomas y unos pámpanos con sus uvas translúcidas y sus sarmientos y su todo, que difícilmente es superable. Parece que Garzoni no era hija de un pintor ni nada. Sobre todo "ni nada". Como aprendiza de farmacéutico que fue, conocería el De materia medica de Dioscórides. Hay de una de las ediciones (1555) una versión digital de la Biblioteca Nacional que nos puede dar buena idea de lo que era la farmacopea, una preciosidad. Como la pintora había hecho votos de castidad, dicen, también la vemos un poco como la monja gitana de Lorca que bordaba alhelíes (*).
Y, la verdad, si la quiere alguien saber, cada día me siento más cerca de las flores y los frutos con que la tierra nos devuelve la manera en la que le ultrajamos para ir por ejemplo hacia el mar -qué chuli- por un tunel estupendo. Que si transgénicos, que si alimentos funcionales, que si Monsanto, que si Nestlé, que si Bayer, que si las bayas goji tibetanas, que si alimentos "milagro", que si delicatessen a precio de chorros de oro colado, que si nutrientes "biológicos" vendidos y pagados como si fueran de antes del pecado original o poco menos que del Jardín del Edén, que sí, que no. Que no.
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(*)
A José Moreno Villa
Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.
Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.
¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.
¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas
en el mantel de la misa!
Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería
Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,
y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.
¡Oh, qué llanura empinada
con veinte soles arriba!
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!
Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.
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