Estos atavismos aparentemente
lisonjeros para las mujeres a mí me resultan, además de algo primitivos, el
reflejo del mantenimiento de un orden en el que las mujeres son las primeras
sometidas. O las segundas, tanto da. Hay o había en la Cataluña rural la
costumbre ancestral de darle a comer a la pubilla ("heredera") la
cresta de las aves de corral cuando se las sacrificaba. Se decía que comer
la cresta las hacía o haría más guapas, por lo tanto era un privilegio. El
parecido de la cresta con el tocado masculino rural (la barretina) [enlace roto], una especie de gorro frigio de
lana roja o morada, sería el regocijo para el aparato teórico freudiano del que
hablábamos días pasados. La familia, en sentido amplio o en sentido estricto,
es una unidad económica y de control, sea cual sea su tamaño o su organización.
Por el patio de mi casa, que como el de la canción de corro, es
particular cuando llueve y se moja como los demás, campan unos perrillos. Son
pequeños como chichuahuas. Al principio eran 3 y ahora yo diría que hay
más de 10 pero esos perros, a juzgar por lo que van esparciendo a lo largo y a
lo ancho del patio, nunca han salido de ese espacio y se reproducen entre ellos
incestuosamente y de mutuo acuerdo (no como “el monstruo de Amstetten”,
Josef Fritzl). La presencia de esos animalitos y sus excrementos y costumbres
apenas llega a mi vivienda, ya que vivo en el ático y por allí ahora hay alguna
urraca, algún mirlo, dos parejas de tórtolas que se llegaron hace una semana y
algún gorrión. Por la noche, en verano, se ven estorninos y algún murciélago, y
aunque –como es natural- se relacionan entre ellos, todo resulta más integrado
en el escenario de toldos, barandas, terrados de fondo. Alguna vez alguna
gaviota intenta atacar a una paloma pero, contrariamente a lo que podría
pensarse, las palomas son más listas que las gaviotas. Si acaso desde mi
tranquilo retiro reparo en una familia “desestructurada” cuyo núcleo central es
una madre y su hija. Sus respectivos maridos no son ni los padres de los
pequeños ni de nadie y creo que el más joven ha sido substituido recientemente
por otro señor. La verdad es que se parecen mucho. Nada interesante, en
cualquier caso.
El año 1988 Gary Wray McDonogh publicó Las
buenas familias de Barcelona. Yo ahora no sé si este estudio es el que
tuvo eco en la prensa por aquel entonces o después, sobre las creo que 40
familias más influyentes de mi ciudad. De hecho, la mayor parte de las veces en
Barcelona es posible explicarse muchas carreras y muchas cosas si se conoce la
genealogía del personaje en ascenso o expansión. Y la relación de
parentesco con otras familias. Me imagino que esto es lo mismo en Zaragoza,
en Calatayud y en Kentucky. Días atrás, en la enciclopedia, nos referíamos
a las lavadoras y a las peloteras que se formaban
en los patios de luces cuando no las había y se tendía la ropa y chorreaba: “la
vecina del ático tendió la ropa en el patio y goteó una poca de agua. No era
mucha, pero la suficiente como para que la vecina del sotano saliera como un
basilisco y una de las cosas que dijo fue: "Tú, que tienes un hijo en la
cárcel...". Esa frase al vuelo me dolió a mí y yo creo que me llegó tan
directamente como frase al vuelo en toda su magnitud porque clamaba al cielo.
¿Qué culpa tiene una madre de que el hijo esté en la cárcel? ¿Y qué culpa tiene
un hijo que esté en la cárcel de que se madre moje el patio de la vecina del
sotano? Ninguna.” Por la misma razón, de la misma manera que defiendo que la
filiación no es garantía de la probidad de nadie ni de su solvencia
profesional, el hecho de ser el hijo de alguien poderoso tampoco es óbice para
permitirle desarrollar sus habilidades si las tiene. Hablando en plata: ser un fill
de l’amo ("hijo del amo") no es un mérito pero tampoco debe ser
un impedimento. O al revés: ser el hijo del amo no debe ser un impedimento pero
tampoco debe ser un mérito. Lo curioso de los “hijos de familia bien” es
cuando se dedican a otro negocio diferente al del padre o el abuelo pero,
habiéndose abierto camino gracias a su posición privilegiada, la soslayan o
disimulan. ¿Modestia? Con todo, hay apellidos muy evidentes en la genealogía de
mi ciudad. El hecho de que el periodismo amarillista nos despiste con el viaje
a África de Benedicto XVI, o con la Duquesa de Alba, una Fitzgerald, una Grande
de España donde las haya, o con Penélope Cruz, que lo mismo te hace publicidad
de Mango, que de L’Oréal, que de lo que haga falta, no nos debe apartar de
otros nombres que no son tan famosos pero que tienen mucho peso en nuestra
sociedad. Los banqueros, por ejemplo. No hay narices de meterse con los
banqueros, por eso se habla tanto de la Duquesa de Alba y de Benedicto XVI. Es
más fácil.
Tuve por breve tiempo de profesora en
Biblioteconomía y Documentación a una biznieta de Josep Espasa, el
fundador de la borgiana Enciclopedia Espasa, que por aquel entonces (en los ochenta)
la constituían cosa de 120 tomos gruesísimos. Curiosamente la web de Nuria Amat,
ahora dedicada exclusivamente a su labor como escritora, se refiere al
bisabuelo como a “Josep Espasa Aguilera”. En otros lugares de internet viene
referido como “Josep Espasa Anguera”, el cual tenía por cuñado a Salvat,
el propietario y fundador de otra gran editorial. Por una autobiografía
novelada o “autoficción” de Nuria Amat (La intimidad, 1997) sabemos que en su
infancia la escritora vivió en en una casa enfrente de un sanatorio mental, en
la Avenida Espasa (!): “La casa de infancia de la protagonista y la
clínica psiquiátrica situada justo enfrente, dos espacios que se observan uno a
otro a través de sus ventanas o a través de unos ojos -los de la narradora-
asimilados, a través de una relación metafórica, a esa ventana: “Todo mi mundo
formaba parte de ese pequeño cuadrilátero llamado mi ventana” (10) recuerda la
narradora de sí misma y de la casa de su infancia al principio de la novela,
ventana desde la cual “espiaba todo lo que podía ocurrir, y muchas veces
ocurría, en el edificio de enfrente” (9). Ambos espacios, sin embargo, fueron
ya en la infancia y seguirán siendo después en la mente de la narradora uno
solo:
“Estaba convencida -escribe cuando ha
dejado de ser ya una niña- de que nuestra torre era una ramificación de la
clínica donde vivían los enfermos dados por imposibles” (148). No solo es ella
misma quien lo reconoce; la doctora Cohen que, andando el tiempo, es la que la
atiende cuando ingresa como trastornada (255) en esa misma clínica le dirá: “No
es una casualidad que ahora estés aquí. Para ti nunca existió la línea que
separa las dos casas” (258). La identificación plena, no obstante, entre los
dos edificios no se produce hasta el final de la novela, cuando la clínica se
pone en venta y la narradora, junto con su actual marido, decide comprarla
convirtiéndola en su nuevo hogar; es entonces cuando la narradora se asoma a
esa ventana que veía desde la casa de su infancia, la ventana de la clínica que
ya no es clínica, y desde ella observa la ventana de enfrente, la ventana de la
que fuera su casa de infancia habitada ahora por nuevos inquilinos: lo que ve
es a una niña asomada a esa ventana y es esa niña la que recibe el nombre de
Nuria” (Virginia Trueba Mira. La escritura de la intimidad.
Duoda 2000; 19)
El término “autoficción” se lo
debemos a Manuel Alberca y sugiere una mezcla inextricable y como espuria y un
poco nausebunda entre lo literario y lo autobiográfico. Una trasposición.
Verdaderamente, o realmente, la escritora catalana vivió en la Avenida Espasa.
La madre padecía una enfermedad mental o una cardiopatía severa (no queda
claro) y murió cuando Nuria Amat tenía 3 años o poco más. Una vez vio
precipitarse una mujer desde la ventana de la clínica y la identificó como su
madre. Con los años supo que era otra mujer (v. artículo en "El País" de Arcadi Espada)
. La clínica Fuster que Nuria Amat veía desde su casa era casualmente
del padre de Valentín Fuster, el famoso cardiólogo. El abuelo materno de Valentín
Fuster Carulla, el Dr. Carulla impulsó el año 1906 el actual Hospital
Clínico y de hecho fue rector de su Facultad de Medicina hasta que murió, el
año 1923.
Yo no sé si mi ejemplar de Pasqual
Maragall: el hombre y el político, de Esther Tusquets y Mercedes
Vilanova es la versión que ya censurada por Ernest Maragall, el hermano
de Pasqual Maragall y el actual Conseller de Enseñanza de la Generalitat de
Cataluña. Nada lo indica. En concreto las páginas que se retiraron fueron las
que hacen mención al papel del padre de los dos políticos en la Guerra Civil.
No sé si en el libro también habrá sido censurado que el padrino de Pasqual
Maragall fue no Don Corleone pero sí Porcioles, alcalde franquista de
Barcelona. También me preguntaba, ¿si se meten con Esther Tusquets, una
intelectual prestigiosa y una amiga de la familia Maragall, qué no harán con
los demás, con los aficionados?
Servidora no pudo acabar de leerse la
biografía no oficial de Maragall, nieto del poeta Joan Maragall, exalcalde de
Barcelona (1982-1997) y expresidente de la Generalitat de Catalunya
(2003-2006). Y no pude no porque mi alma no pudiera metabolizar tanta
información de la red de las familias influyentes de esta ciudad, el cruce de
parentescos inverosímiles. No fue eso, sino porque era fácil captar que el
libro tenía que leerse también entre líneas y de alguna manera se movía campo a
través entre la ingenua fascinación por el poder y la contradicción que hay
entre ser guay e influyente. Uf.
Al lado de estos ensayos, es llamativo el
apagón informativo que se cierne sobre algunas figuras que en un momento
determinado de nuestras vidas jamás salieron de la primera plana de los diarios
(Antonio Hernández Mancha, Jorge Vestringe, José Rodríguez de la Borbolla,
etc.). La última señal de vida que tengo de Antonio Hernández
Mancha es que montó una oficina de consulting en Bagdad el año 2003.
Parece un chiste, pero es cierto. Es difícil, por no decir imposible, encontrar
la pista de algunos cesados, como por ejemplo la del exconseller Antoni Comas,
que dejó la Conselleria de Benestar Social del gobierno catalán el año 2002.
Tal vez la encontraríamos en el Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya
(DOGC), pero una búsqueda simple no devuelve ningún resultado y además no nos
proporcionaría la razón del cese. Como estamos en un país en que parece que
nadie dimite, un cese adquiere muchos matices. Demasiados.
Es digno de dedicarle un pequeño
comentario al hecho de que la palabra omertà ("silencio
mantenido") de la Italia meridional tiene un incierto origen en la humilitas
("humildad") romana, ya que precisamente cuando yo líneas arriba
estaba intentando situar el “silencio genealógico” de algunos hijos de familia
bien que se dedican a otros negocios diferentes al de sus antecesores, me he
decantado por la “discreción” más que por la “humildad” o la modestia, a pesar
de pasárseme por la mente.
Soy consciente de haber tocado un tema difícil, agrio y tabú, antipático, pero como lo que nos tenemos entre manos es una enciclopedia general, como la Enciclopedia Espasa, no podemos saltarnos nada. Recuerdo el artículo de la Enciclopedia Espasa dedicado a la bicicleta y era glorioso, excesivo, enorme, borgiano (repito) y una tenía la sensación de que todo, absolutamente todo, estaba ahí, en la enciclopedia del bisabuelo de Josep Espasa Anguera o Aguilera:
“Todo, la historia minuciosa del
porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la
Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de
esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el
evangelio gnóstico de Basílides, el comentario de ese evangelio, la relación
verídica de tu muerte, la versión de cada libro en todos los libros, el tratado
que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los
libros perdidos de Tácito” (Jorge Luis Borges, “La biblioteca de Babel”, Ficciones)
Ante todo el aparato de familias y famiglie
servidora escora hacia algo que defendió una de las sirvientas de la película "Gosford
Park" (Robert Altman, 2001), Elsie (Emily Watson), que además de
sirvienta es una de las amantes Sir William McCordle. La película, para quien
no la haya visto, es una especie de “Arriba y abajo” ("Upstairs,
downstairs"), serie setentera sobre los “felices 20” que transcurría a dos
niveles, el del servicio y el de los amos. Elsie, la sirvienta un tanto
descarada de "Gosford Park" le dirá a Mary Maceachran (la sirvienta
escocesa de la señora Trentham, una altiva condesa muy venida a menos)
algo así como “no podemos estar siempre pendientes de lo que hacen los de
arriba, tenemos que tener nuestra propia vida”. Por eso, al final de la
película vemos a Elsie alejarse en el coche de los americanos camino a la meca
del cine. ¡Final perfecto donde los haya!
P.S.: Esta entrada es un tercer intento (y último) de lo que pretendí explicar en las entradas previas (Cherchez les femmes y de Quienes somos, de donde venimos) sobre la extracción social de los escritores. Lo he intentado.
Maggie Smith en el papel de
"Condesa Constance Trentham" y Kelly MacDonald en el de su sirvienta,
"Mary Maceachran" ("Gosford Park", Robert Altman, 2001)
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