Una vez situado el tema, paso a referirme
a la prodigiosa trilogía del cineasta Krzysztof Kieslowski, Trois
couleurs (Bleu, de 1993; Blanc,
de 1994, y Rouge, de 1995). Es Rouge,
su última película, mi preferida de Kieslowski. Y, en
general, es una de mis películas preferidas. Esto es no sólo por el papel de
juez que desempeña magistralmente Jean-Louis
Trintignant, sino también por el tema que recorre (la fraternidad)
y que se entreteje con Bleu (la
libertad) y Blanc (la
igualdad) a través de escenas comunes e incluso de sus
personajes. Una de las escenas en que más o menos concurren las tres películas
de la trilogía es la del anciano que trabajosamente echa la botella por la boca
del contenedor de reciclar, demasiado
alta. En Bleu, Juliette Binoche ve la
escena y cierra los ojos como componiendo una melodía mentalmente. En
Blanco el
personaje del polaco Karol sonríe un poco maliciosamente mientras recuerda
las palabras en Extranjería, en donde conoce su situación ilegal después de una
matrimonio que no fue capaz de consumar. La única de la trilogía que ayudará a
la anciana de la botella a introducir la botella vacía en el container será
Valentine, la protagonista de Rouge.
Los tres enlaces a los videos colgados en internet son además una recreación de
la idea del punto de vista, que es
precisamente lo que cuando se mueve nos da una indicación de cómo pueden ver
las cosas los demás e incluso nosotros mismos.
Es muy habitual oír por estos pagos que
Cataluña da mucho más al Estado
de lo que recibe. Es una afirmación recurrente, que periclitó cuando el
desastre de las infraestructuras del verano pasado y que se ha
ido engordando y engordando. Probablemente tal afirmación es exacta. Hay
acuerdo en afirmar que no es la comunidad autónoma que más contribuye y que hay
otras comunidades como Madrid y Baleares
(Mallorca) cuya participación es también abrumadoramente importante. La última
vez que en mi presencia se sacó el tema, noté sin embargo que la exactitud iba
rodeada de otro tanto de desinformación e indignación.
De inmediato me dispuse a decir que yo misma doy más de lo que recibo. Y no fue
necesario añadir mucho más (como a mí me gusta). Mis interlocutores tienen un
hijo que percibe del Estado una pequeña ayuda económica para paliar sus
circunstancias: una esquizofrenia grave que
se le desencadenó por la ingestión de un psicofármaco en la libérrima capital
de Holanda y que ya ha supuesto varios ingresos, brotes psicóticos,
alucinaciones, etc. Además gozan de una baja por estrés
y tienen los padres-suegros enfermísimos y son casi totalmente dependientes.
Por eso no fue necesario que yo dijera otra cosa, después de decir que doy más
de lo que recibo. Callaron como puertas y eso era tanto como admitir que
estaban recibiendo más de lo que daban. Pero yo ya sé, porque tan tonta no soy,
que este tipo de victorias dialécticas tienen poquísima estabilidad. Es como lo
de los fumadores empedernidos que alegan la de impuestos que pagan, una
discusión infinita y desagradable.
Me pregunto si se le pueden y deben
poner límites a la solidaridad, como los que tiene la libertad. ¿Se puede decir
“hasta aquí llega la solidaridad y hasta aquí no”, “hasta el Segura”, “hasta el
diezmo”? Otra pregunta que me hago es si todas las formas de pensamiento en
este país nuestro, incluso la mía que es errática y sin partido, tienen que
someterse al mohín del aquilatador que parece escrutar con perspicacia y desdén
si el que piensa –como si no fuera bastante desgracia pensar- se desvía a
la izquierda o a la derecha. Como si diéramos por sentado y por
perdido que hubiera otras posibilidades. Las del auténtico pensamiento.
Aunque la Historia
me gusta, especialmente la de Roma y las de los siglos XV y XVIII, me gustaría
que el pensamiento fuera –como se ha dicho- un repensar y al mismo tiempo que
tuviera idealismo y vitalismo. Que estuviera, como la poesía, cargado de
futuro. Incluso estaría menos indispuesta a aceptar los
errores y los horrores de los nacionalismos si, de acuerdo con
la distinción politológica clásica, en vez de justificarse en la historia o en
la leyenda, se justificaran en un plan de futuro. ¿Hay alguien que no quiera
para todos lo mejor?
Rouge (K. Kieslowski, 1994)
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