La “princesa galaica” fue descartada de
mi escueta lista de preferencias el día que supe que al ser preguntada su
opinión sobre una poesía de Rosalía de Castro, contestó “Muy bonita” con una
especie de mohín de condescencia, displicencia y superioridad. Ésta anécdota la
cuenta el profesor Basilio Losada con tal
maestría que hasta echa para atrás toda la fila de vértebras cervicales y
reproduce el gesto con la boca cerrada como un piñón y ladeada, y con la nariz
fruncida. Ya se sabe en España que el talento literario es raro y no siempre va
unido a otras prendas. Otro detalle de la condesa que me inspiró más que
reticencias era su costumbre de llamar “dulce vidiña” a Benito
Pérez Galdós, en su correspondencia extramatrimonial.
Hay una determinada época de la vida en
que los aficionados a la lectura leemos
desaforadamente cualquier cosa con letras y sólo despacio se va forjando un
criterio y nos vamos haciendo más selectivos y más afinados. Hay dos temas que
me han intrigado siempre: uno, la supervivencia de determinadas obras a través
de la historia y los desastres; y, dos, la extracción social de los escritores.
Por una parte me ha interesado saber qué obras antiguas han resistido guerras,
censuras, purgas, etc., y porqué. ¿Qué maravillas no se habrán perdido para
siempre en el camino de la humanidad? Por otra parte, digo, sin que tenga nada
que ver (al menos en mi enfoque), me ha interesado saber la procedencia de los
escritores. No me refiero tanto a su origen geográfico como a la posición de su
familia, recursos y todos los demás condicionantes de clase.
Aunque el estructuralismo
volvió el interés al texto y a analizar de la misma manera textos de diferentes
épocas, hay un lastre por el cual cada época literaria se ve encajonada por sus
propios estudiosos y su manera de estudiarla. Esta impresión ahora mismo sólo
se me ocurre demostrarla –o mostrarla, mejor dicho- con un ejemplo.
Precisamente en lo que se refiere a si se indica o no la extracción
social de los escritores en las biografías. Si miramos las
biografías de los autores de la Edad Medieval veremos que Íñigo López de
Mendoza era marqués de Santillana, que el padre de Jorge
Manrique era maestre de la orden de Santiago y conde de Paredes
de Nava, de una de las más antiguas familias nobles de España. Pero López de
Ayala también pertenecía a “una familia noble”, Diego de San Pedro sabemos que
era oidor del Rey. Garcilaso de la Vega
descendía del mencionado marqués de Santillana, Juan Boscán sirvió en la corte
de los Reyes Católicos y después en la de Carlos I. En el Renacimiento, los
escritores españoles parece que “vinieron a menos”. La mismísima Sor Juana,
aunque nacida en el virreinato de Méjico, era la hija ilegítima de un militar
español. El padre de Lope de Vega era bordador, de un valle cántabro. El padre
de Cervantes era de ascendencia cordobosa con antepasados gallegos (tal vez
exiliados); el padre era cirujano y se sospecha que converso. La madre de
Quevedo era camarera de Ana de Austria, la cuarta esposa de Felipe II. Góngora,
su enemigo, era hijo del juez de bienes confiscados por el Santo Oficio de
Córdoba. En la Ilustración vuelve a
las biografías de escritores el cliché de “familia noble” (tanto para Gaspar
Melchor de Jovellanos como para José Cadalso, Samaniego y Tomás de Iriarte). En
el Romanticismo leemos en las biografías de las otras
enciclopedias cosas como “familia acomodada pero progresista”
(Carolina Coronado) o simplemente “familia acomodada” (Martínez de la Rosa),
“influyente familia madrileña” (Mesonero Romanos), pero en general la cosa de
la extracción social tiende a diluirse en referencias como las que suelen
hacerse sobre el padre de Larra (un cirujano militar afrancesado) o las
“estrecheces económicas” de Bretón de los Herreros. Ya no digamos nada de lo
que despistan las biografías sumarias de Bécquer (que “pasó penurias”), Rosalía
de Castro (“baja nobleza gallega”) y Campoamor.
He ido dando tumbos por las biografías
wébicas de Juan Valera, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Pío
Baroja, Miguel de Unamuno, “Azorín”, Eugeni d’Ors, Gómez de la Serna, Rosa
Chacel, los autores del 27, los posteriores a la Guerra Civil, etc. Me he dado
cuenta de que toda la información que se proporciona para situar a los autores
es un muy irregular. Gil-Albert o Gil de Biedma siempre aparecen ligados a la
alta burguesía y Miguel Hernández siempre aparece como pastor de cabras, pero
aparte de casos así “emblemáticos” no hay una sistemática en el dato. Me llama
la atención y por eso lo transcribo el inicio humorístico del artículo de la
Wikipedia para Eduardo Mendoza:
"Nació debajo del puente en Barcelona en 1943, hijo de un fiscal y un ama
de casa." (Wikipedia)
En los escritores contemporáneos me llama también la atención la constante
referencia a sus estudios universitarios, al lado de la insistencia en el autodidactismo
de Francisco Umbral o José Saramago. De manera que en Luis Antonio de Villena,
Miguel Delibes, Ignacio Martínez Pisón, Vicente Molina Foix y en todos los
autores vivos nos encontramos en la solapa con el título
universitario por toda presentación.
Intencionadamente no he manejado
biografías noveladas o recreadas ni he ido a biografías de investigación y
análisis. He buscado lo más común y consabido, simplemente con el objeto de ver
qué clase social predominaba entre las plumas
ilustres. Mi tesis era que había muchos profesores de universidad entre los
escritores actuales y me parece que no me equivoco. Hay algo que siempre
siempre me ha sorprendido y es que la literatura estuviera en manos de un
franja social muy determinada. Y ya no digamos que además está copada por los
hombres, aunque bien es cierto que cada vez hay más escritoras
entre las mujeres o más mujeres entre las escritoras (que no es lo mismo). Lo
que ya es la leche es que el principal público lector de las novelas escritas
por hombres sean las mujeres. No sé si eso es bueno, la verdad. Debo aclarar
además que hay muchos escritores y escritoras no publicadores
y muchos publicadores no escritores, a las que les cuesta Dios y ayuda poner
una frase tras otra, pero que están deseosos de publicar a toda costa. Pero ese
es otro tema.
El tema de ahora es cómo puede ser que
los mileuristas lean tanto los escritores de la
aristocracia sin percibir que efectivamente pertenecen a otra clase social (la
de las Coplas por la muerte de su padre, por un decir),
o que los profesores de la universidades se dediquen a escribir unas novelas
que en su mayoría son reflejo de un onanismo inveterado y
una justificación de su aburrimiento y su estrechez vital. El conocimiento del
mundo de un profesor de universidad acostumbra a ser muy predecible y prometo
que para mí tiene más interés un documental sobre la
vida sexual del pulpo. No se espera de ellos que hayan vivido
una vida como la del capitán Contreras o que
hayan pasado por el vértigo existencial de una viuda joven con hijos para
llegar a final de mes, pero se les exige que por lo menos sean útiles,
ardientes o dignos (alguna de las tres cosas).

