“Este buen hombre y su hijo eran
labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que
irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron
llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a
pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya
volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros,
los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos
ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin
peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que
habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al
ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces
el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura”.
Biblioteca
virtual Miguel de Cervantes
El texto de la versión más fiel al
original, sería que ni pintado para ilustrar la historia de las lenguas ante
los politizadores de las gramáticas. Ahora que aún vive gente que escribe lo
bastante ortográficamente como para apreciar los rasgos del castellano
bajomedieval, es el momento de recordar que esos rasgos perviven en otras
lenguas romances peninsulares: el pretérito imperfecto en –va, el pronombre “y”
y todas las grafías para representar las consonantes ç/z , j/x.
La pura verdad es que manejo una
edición de las llamadas “críticas” porque es la que tengo y a lo que voy es al
cuento, que no es poco. De todas maneras, quiero dejar dicho que la prefiero a
la de la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. Sobre todo prefiero “e de que
fablaron” al adaptado o modernizado “después de los saludos habituales”. Nos
explica en cualquier caso Don Juan Manuel que un padre y su hijo
labradores van al mercado a comprar.
Llevan una bestia para cargarla con lo que compren. Alguien les reprende por no
aprovechar el animal para trasladarse. Sube el hijo a la grupa de la bestia y
le afean entonces el permitir que el padre –siendo viejo- camine. Sube el padre
a cambio y les dirán que está mal que camine el hijo siendo más tierno. Se
suben los dos y les amonestan por sobrecargar la flaqueza del animal.
El cuento ejemplifica dos hechos: 1)
que siempre habrá alguien que no esté conforme con lo que hacemos, hagamos lo
que hagamos; y, 2) que criticar es muy fácil. Al cabo del exemplum, Don Juan
Manuel da sus consejos, con lo cual nos creemos estar ante una especie de
manual de autoayuda del siglo XIV precedido por un cuento como los de Jorge Bucay.
La historia de la bestia, el padre y el
hijo es muy esquemática. No admitía más que un número contado de posibilidades:
subirse uno, subirse otro, no subirse nadie o subirse los dos. No había más
posibilidades dentro de lo razonable y dadas las circunstancias. En muchas
ocasiones, sin embargo, las posibilidades que admite un percance son mucho más
numerosas. Nos damos cuenta con los años de que hablar apropiadamente no es
fácil, y mucho menos lo es actuar apropiadamente. El cuento de Don Juan Manuel
es como un sudoku fácil respecto a los killer samurai sudokus con que nos
encontramos a veces si no sabemos esquematizar el problema.
Tomo un ejemplo de la realidad
inmediata: un cursillo de formación continuada de esos a los que los
trabajadores nos tenemos que apuntar para engrasar las ruedas de la
subvencionología, para la mayor gloria de la empresa y para el reconocimiento
remoto de un complemento salarial nimio como premio a la manera en que una se
involucra en los objetivos del ente patronal. El cursillo, de 20 horas, tiene
el nombre “Com entendre les diferents cultures” (“Cómo entender las diferentes
culturas”) y está dirigido a quienes debemos atender a un vórtice demográfico
cada vez más variopinto, plurilingüe y multidescontextualizado. Hala, toma
palabros.
Aunque pudiera parecer que el curso iba
a facilitarnos información básica para no meter la pata con los gitanos, los
magrebíes, los subsaharianos, los chinos, los rusos, los rumanos, los
bolivianos, los pakistaníes, etc., en realidad el curso nos entrena para poder
manejar las situaciones de mala comunicación o conflicto por motivos
religiosos, culturales, etc.
En la tercera sesión, la joven
profesora (psicóloga) reclamó dos voluntarios. Se prestaron dos mujeres. Les
hizo abandonar el aula y a los que nos quedamos nos dividió en dos grupos y nos
explicó que cada uno de los grupos iba a ocuparse de conducir a una voluntaria
entre un desorden de sillas con los ojos vendados con la ayuda de instrucciones
verbales. La monitora también nos indicó que al principio indicásemos la
dirección mal a nuestra voluntaria con el objetivo de que se llevara un golpe y
desconfiase, pero que a partir de ahí todo debíamos indicárselo a derechas.
Llegados a ese punto manifesté mi disconformidad. “Hombre, no me parece bien
que le dejemos golpearse la pierna”. Yo me había llevado uno con una de esas
sillas de hierro y asiento de formica el primer día de clase. Sabía lo que dolía.
La monitora repuso: “Es para que os deis cuenta de que hay gente que ha tenido
una mala experiencia previa y tenemos que ganarnos su confianza”. A lo que yo
le dije: “No hace falta, de verdad. Ya lo entendemos sin llevarnos golpes”. Mi
comentario fue inútil. La voluntaria se llevó un golpe en la rodilla y además
la encargada de guiarla le hizo dar más vueltas sobre lo andado de las que eran
necesarias. Cuando la voluntaria llegó a la meta convenida, nos explicó que
ella no suele sobrellevar con serenidad el hecho de no poder ver.
De todo lo que llevo explicado no sé lo
que hubiera dicho Don Juan Manuel. Dejamos de lado que la voluntaria tuviera
miedo a la obscuridad o no, y dejamos de lado que su guía abusó yendo más allá
del “engaño terapéutico” (el golpe en la rodilla), al enredar más de lo
acordado el camino. Dejando de lado todo eso, queda el golpe mondo y lirondo en
la rodilla para mostrarnos dramáticamente la génesis de la desconfianza. Y este
procedimiento me suscita muchas preguntas. La primera es si es necesario, si no
había otra manera de situarnos empáticamente ante un usuario/cliente/loquesea
escocido. Mi segunda pregunta es si es lícito que en un curso de formación
continuada le sometan a la gente a un manejo psíquico sin su consentimiento. Si
en nuestra vida ordinaria le hacemos darse a alguien un trompicón en el puro
hueso para que vea lo que duele, probablemente no nos tendrá en buena
consideración.
El tema de cada pregunta podría
desarrollarse mucho más, pero para mí el interés reside ahora en pensar qué se
puede hacer. Presentar mi disconformidad no sirvió de nada, posiblemente porque
nadie la secundó. Quedan dos clases. ¿Qué hacer? Dejar un comentario en la
encuesta que nos pasan el último día no me convence. Se puede interpretar como
algo “personal” o los efectos que podría causar serían indeseables. Al fin y al
cabo, la monitora no debe de llevar más de 3 años en lo suyo y la vida ya le
enseñará a ser más persuasiva y a no tomarse al pie de la letra los tratados de
Psicología. Lo que he pensado es que en la próxima ocasión en que pida un
voluntario no me ofreceré. De todas maneras nunca me ofrezco de voluntaria,
pero si me dijera que me presentase como voluntaria entonces le podría decir
que no, porque no me quiero llevar un golpe.
Y todo es un decir, no porque no vaya a
hacerlo, sino porque la vida es tan ella que al final habrá que improvisar y,
total, ¿qué importancia tiene un golpe al lado de una lesión grande? Así es que
entiendo que hay personas para quienes cualquier acción se desdobla en tantas
posibilidades, que hasta el mero hecho de ir a buscar un vaso de agua a la
cocina es una montaña y rusa.
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