Que precisamente el día del officium defunctorum me encuentre ante una novela sobre la vida por vivir, tiene su qué.

No recuerdo cuando leí la última
novela. Antes del 2005, que es cuando se publicó Otra vida por vivir. Eso seguro. De todas maneras leí tantas
novelas antes que creo que bien puedo dejar ahora mi atención en otros libros,
singularmente en las gramáticas, en los de poesía y en los de historia. Otro
factor que me invalida como una buena lectora de novelas es que la novela en
cuestión trata sobre la vida. Se me dirá que las novelas tratan sobre la vida.
Sí, en general las novelas tratan sobre la familia, sobre el dinero y sobre lo
que antiguamente se llamaba adulterio, sobre la vida. Sobre lo perdido también.
Yo ya sólo pienso en la muerte. Decían los griegos que los dos grandes temas
del pensamiento eran eros y thanatos. De la misma manera que hay una
cita célebre sobre que la muerte es aquello que le pasa a los demás, yo podría
decir –sin ser celebrada- que la vida es lo que le pasa a los demás. Yo no
vivo, yo estoy ahí en el mejor de los casos como público, como espectadora. Yo
estoy en la vida de algunas personas, pero eso no es vivir.
Cuando se estrenó La vida de los otros, la última película que vi y también la última
que no vi –porque me fui a los 10 minutos de haber empezado- pude observar que
el policía secreto de la Stasi era presentado entre otras cosas como un mirón.
Puede ser que haya por ahí (entre los nuestros) voyeurs, pero no hay curiosidad ni fruición alguna. Puede ser que
haya entre los nuestros quien esté interesado en la vida de los “demás”, pero
los que no vivimos no estamos interesados en la vida de los “otros”. Los que no
vivimos somos los primeros sorprendidos en que un espejo nos devuelva nuestra
propia imagen, porque –como decía Carmen Martín Gaite- “lo raro es vivir”.
Nuestra propia imagen nos produce tanta extrañeza como incomodidad.
Sin embargo, no quisiera apenar a quien
se aventure por A LA FLOR DEL BERRO: no vivo pero sin embargo tengo un destino
y tengo mi buena suerte. Digo “mi buena suerte” con la misma pura exaltación
gozosa con la que Walt Whitman dijo “yo soy mi buena suerte” en su Song of the open road. La existencia no
hay que olvidar que de momento se compone de: vida, destino y buena suerte.
Decía Maragall, el abuelo de Pasqual
Maragall: “Si esta sensación de pureza que me da el cielo y esta sensación de
alma que me da el hombre, las encuentro también en el libro, diré que el libro
es bueno; pero si no las encuentro, si me son enturbiadas por las terribles
filas de las letras de molde, o si llego a olvidarlas y el libro me deja
descontento de la vida y agitándome en el vacío de su negación, entonces diré
que el libro es malo”. Si Joan Maragall, que murió si mal no recuerdo el año
1911, hubiera coincidido en el tiempo con José Saramago, sabría lo que es el
vacío de la negación de la vida.
Otra vida por vivir me
recuerda mi fatalidad sin hurgarla, me habla de la vida de los otros y me
confirma mi buena suerte. Es una buena suerte que L. Cuerda viva, que escriba,
que luche.
Me imagino yo que es mucho trabajo
escribir una novela. Pienso en algún explicit
de algún volumen manuscrito de la
Alta Edad Media, en donde al cabo de tantas penalidades como habían se concluía
la copia y el amanuense las enumeraba: frío, molestias en los ojos, horas de
rigidez, calambres, etcétera. Imagino que una novela es algo así, esfuerzo, a
pesar de la delicia de ver como se van encarnando los personajes y como el
argumento acaba por crecerse autónomamente y por cuajar. Tiene el argumento de Otra vida por vivir cuajo y cohesión,
sentido, fuerza, gracia.
Una vez hice una larga meditación sobre
el arcano de La Fuerza del Tarot. La meditación sugerida por el tarotista
Portela, era de que de alguna manera la fiera del naipe velara nuestro entorno.
Pues al cabo de un cierto tiempo, semanas, me di cuenta que tras mi meditación
me había retenido la idea más allá del tiempo estipulado. Me di cuenta que iba
por la calle con el león por delante caminando regiamente y con el ángel de la
Templanza por detrás. Les pedí que me dejaran seguir sola, que es como hay que
hacer estas cosas, pero de vez en cuando me doy cuenta que el león o la leona
me precede. Osi la leona, Lucha, es
definitivamente genial. Es un desencadenante perfecto, impecable, nada
disparatado contra todo lo que pudiera parecer en un planteamiento de
contracubierta.
Como tu libro me ha acompañado estos
tres días, a veces lo abría per sortes
vergilianae y siempre, indefectiblemente, se abría en un párrafo que por sí
solo tenía chispa, solidez, significado y, en una palabra, vida. Tu poder sobre
los nombres, sobre las palabras y sobre el encadenamiento de escenas me admira.
Frases como “Cuchulainn fue un imbécil”
o “Yo chingué con Picasso” brillan por su hibridez y contemporaneidad,
por su brusquedad o vivacidad y por estar tan bien colocadas por todo el libro.
Hasta hay por ahí una (“¿Un harén? Ostras, qué guapo...”) que suena magnificada
al haberse producido el silencio de una reunión tumultuosa.
·Así como tengo entendido hay quien
colecciona citas de libros, yo colecciono frases al vuelo. Hoy pillé una muy buena con voz bronca:
“¡Japoneses! No me extraña que les tirasen una bomba. Otra bomba les tiraría
yo...” Creo que quien la profería se refería a las matanzas de los delfines
para comérselos crudos.
Paradiso, la gran novela
del poeta José Lezama, está llena de joyas como tus frases por sorpresa. Estoy
deseando volver a leer la novela sólo para volverlas a encontrar. Otro estilo
el del cubano, muy paladeado, criollo, pero un cuidado por el lenguaje
equivalente al tuyo. La manera que tiene Lezama de introducir las
intervenciones de sus “personajes” me llama aún hoy la atención, tanto como
años atrás las acotaciones de Valle-Inclán. Son claves donde se cifran recursos
metaliterarios de lujo y además hay en ellas un detenimiento que demuestra la
pasión de escribir. En algunas novelas los personajes hablan como sólo se habla
en las novelas. Claro está que no descartaremos que habrá gente que habla así,
pero será porque imitan a los personajes de las novelas. La atención de Proust y Lezama hacia el
lenguaje de sus personajes podría traducirse como su receptividad hacia la
materia con la que trabajan y, sin embargo, habría que añadir que produce
ventajosamente un efecto equiparable al del teatro en el teatro. Añaden una
dimensión, más profundidad. El ejemplo más ilustrativo o que me gusta una
barbaridad es el de la voz de Florita que sobresalta a Rialta que está sobre la
rama de un nogal soñando despierta. Sé que no molestará en absoluto que lo
incluya aquí, junto a una frase de Cuerda:
“Rialta sintió que las nueces
deshaciéndose en rocío se volvían su planeta inasible, la voz de Florita,
alambrada y de hierro colado, la colocó de nuevo, con tres o cuatro saltos, al
lado del tronco de las nueces, y súbita, la luz comenzó a invadir su contorno,
guardándola de nuevo en su segura levitación terrenal.” (Paradiso, cap. III)
“La voz de sor Ágata proyectó a Nico de
su asiento, y las cuartillas saltaron de la mesa y se esparcieron por el porche
de la casa de Franz-Johnny, algunas de ellas en franca retirada hacia los
árboles donde un vientecillo ascendente las hacía bailar hacia las ramas más
bajas”. (Otra vida por vivir, cap.
IV,I)
Lo precioso es que al lado de la profusión de voces de Otra vida por vivir hay también una gran variedad de situaciones y conciencias masculinas y femeninas que nos hacen percibir una disparidad o complementariedad prodigiosa. Las Lomas de Arroyoseco y África. Puri y Santi. Santi y Chechu. Sor Ágata y Aretta Gerardhsen. La pareja de guardias y sus suplantadores. Javier sin Almodis. Almodis y Osi. Almodis y ella misma. La pelea o el desencuentro y la introspección. El irlandés suizo. Un largo etcétera que no tengo la pretensión de consumir, de analizar hasta desposearlo de un cierto protagonista coral que sería la gana de vivir.
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