1/2/25

Ad calendas graecas

Éstas son las últimas cosas ─escribía ella─. Desaparecen una a una
y no vuelven nunca más. Puedo hablarte
de las que yo he visto, de las que ya no existen;
pero dudo que haya tiempo para ello. Ahora todo ocurre tan rápidamente
que no puedo seguir el ritmo.
Paul Auster, El país de las últimas cosas



l lado de las distopías contemporáneas, las tragedias griegas y los melodramas rusos son hasta alegres. Casi prefiero leer libros sobre Historia, aunque algunos están pésimamente escritos y al fin y al cabo no dejan de ser otra forma de ficción, la del relato superviviente y triunfante. 
Con los memes del cambio de año me llegó el de que 1969 es un año idéntico a este. Me costó mucho conseguir un calendario de mano de 2025 pero ayer me dieron uno al cambiar la pila de un reloj. Me cuesta creer que veré muchos más y no porque me vaya a morir, que también pudiera ser, sino porque estamos todos amorrados a los móviles  y usando las agendas electrónicas. Cada soporte cuenta con sus ventajas.
Lo que no he conseguido nunca es leer libros como el de El país de las últimas cosas, y me estoy acordando de uno de José Saramago en concreto, pero hay infinidad, ni leer con un dispositivo electrónico. Aparte de la Biblia, que la consulto a retazos, no le he encontrado el gusto a leer sobre una tablet o en la aplicación de Kindle. Y mira que llevo años intentándolo. El primer desistimiento fue porque se me comía la batería de la tablet, pero luego me di cuenta (en 1999 si no me equivoco) de que mi atención en el papel era mejor.
Sin embargo admito que la situación que encabeza la novela de Auster resulta familiar y hasta describe con exactitud mi visión del momento, a lo que solo podría añadir que se añaden sensaciones de que hay un trajín de falsedades y entelequias inextricable.  Ha sido todomuy rápido, como le dijo la tortuga al caracol del chiste, cuando le explicaba un accidente que había tenido.
A veces la rapidez es una forma de imponer cambios en algo que estaba muy parado, inerte, tal vez de forma deliberada. Y cualquier oposición se traduce como una respuesta reaccionaria y necia. De hecho en los trabajos se ha introducido cada vez más el modelo del cambio continuo. Incluso se previene la costumbre de ocupar siempre el mismo puesto de trabajo, para no adquirir hábitos viciosos y para dejar al trabajador al albur de una ronda que aparentemente es igualitaria e invoca el conjunto como bien supremo. En realidad lo que prevalece en esa medida es que el empleado se va convirtiendo en un títere intercambiable y en que no se reconoce el buen trabajo.
Naturalmente la ventaja de ir cambiando a la gente en su puesto de trabajo por turnos es que se pueden alterar las funciones y así nadie se encastilla en su pequeño dominio ni se hace reacio a nuevos procederes o técnicas. Pero las jefaturas se apoyan en ese sistema para que las ausencias sean inapreciables, a no ser para quien las cubre. Podría desarrollar más este punto pero lo dejaré ahí colgando porque entonces tendríamos que referirnos al nepotismo, etcétera, y no son horas. 
Uso también un almanaque de pared en la cocina y me gusta que lleve los ciclos lunares y el santoral, y que se lea bien, sin extravagancias gráficas que hagan difícil distinguir las letras. Estos impresos tienen su gracia, junto con las servilletas de papel de la hostelería, los recordatorios de difuntos, las hojas volanderas y otras muestras gráficas de la vida civil. Dicen que ahora los ilustradores están encontrando una fuente de ingresos en el packaging de empresas pequeñas que tienen el negocio por internet. Esperemos que les dure.


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