A las bromas más o menos ingeniosas y a los chascarrillos
sobre el catolicismo han contribuido no poco sus propios “fieles” y algunas
manifestaciones populares de corte prerromano. Me estoy ahora acordando de
aquellos magnates de la Castilla del otoño de la Edad Media,
que viajaban con los pertrechos y el “personal” para ser bautizados in
extremis, puesto que había la creencia de que el bautismo los
dejaba limpios como patenas, limpios de todos los pecados. Por lo tanto
retardaban el bautizo hasta la hora de su muerte. He sabido que Muammar al-Gaddafi
suele hacer todos sus desplazamientos con una UVI en su
séquito, cosa que se me asemejó bastante a estotro de los
nobles y burgueses castellanos con el agua bendita y los santos óleos
mistagógicos a cuestas. Sólo que parece que lo del bautismo
in extremis, como otras
costumbres, yo diría que es algo que roza la superstición y tiene que ver con
la salvación del alma, mientras que lo del líder libio tiene que ver con la
medicina de urgencia y la salvación del cuerpo en caso de un atentado, un
accidente o cualquier otra indisposición.
De la misma manera que mis escasos conocimientos sobre notación
musical y sobre la historia de la música no me impiden disfrutar de las sonatas
de Mozart, yo he podido disfrutar sentimentalmente de mi
fe sin necesidad de meterme en teologías. Hasta el sábado, en que finalmente me
decidí por un libro de Joseph Ratzinger, Benedicto
XVI, titulado Introducción al cristianismo. Para mi sorpresa,
por lo menos las primeras páginas no tratan sobre dogmas.
Era lo que yo esperaba, tal vez en otro de mis errores. Las primeras páginas
tratan sobre la incredulidad:
“[...] el creyente sólo puede realizar su fe en el océano de la nada, de la tentación y de lo problemático [*]; el océano de la inseguridad es el único lugar que se le ha asignado para vivir su fe; pero no pensemos por eso que el no-creyente es el que, sin problema alguno, carece simplemente de fe“.
Sólo con esta frase del principio del libro ya tengo yo para
rato. Lo que no sé, porque me he detenido ahí, es si la Introducción
al cristianismo es un desarrollo de esa idea, en sus variaciones o
ampliado, o bien si es una idea a partir de la cual Ratzinger expone otras. La
cuestión para mí ahora es que ese espacio de incredulidad que al parecer
comparten los creyentes y los no-creyentes es algo, valga la redundancia, en lo
que yo siempre había creído. O la incredulidad de los no-creyentes es algo
sobre lo que yo muchas veces he dudado. No dudo que una croata que traté unos
años, cuya educación comunista bajo la dictadura de Tito
proscribía el teísmo, tiene dificultades para concebir algunas nociones que en
realidad me temo que no son fundamentales. Aparte de eso es incapaz de
interpretar más de la mitad de la producción artística de Occidente, porque
desconoce la historia sagrada y sus símbolos. Pero esa es otra cuestión que nos
devuelve al ejemplo de Mozart y a la que no hay que darle muchas vueltas.
Así es que, como me temía, la incredulidad está en los
no-creyentes y los creyentes. Yo creía, si se me permite afirmarlo así, que los
no-creyentes que constantemente están metiéndose con los creyentes eran como
los perros, que necesitan un sitio al que arrimarse para mear. O como los
señores heterosexuales que se excitan con escenas lésbicas. Ya sé que la
comparación no es muy caritativa ni para los perros ni para los no-creyentes,
ya sé que el cine porno no es un modelo de conocimiento adecuado para el caso.
O sí. No sé, digo. Yo no soy Paul Claudel,
está claro. También podría haber dicho, el ateo pendenciero es como esa gente
que habla mal indistintamente del matrimonio y de los que no están casados, en
una especie de esquizofrenia que no por repetida deja de sorprenderme. Ni
viven ni dejan vivir. O son como parásitos. Es decir, para afirmarse
necesitan negar a los otros.
La elocuencia de Ratzinger, de la cual ya había tenido
noticia, va más allá por supuesto de mis desvaríos. Los creyentes sabemos de la
existencia de esos elementos de la “parábola” de Claudel: el madero, el océano,
el naufragio. En mi propia experiencia vital, he pasado por momentos en
los cuales no es que haya decrecido mi fe y hasta la
fuerza moral -algo tenía que tener quien no tiene paciencia
alguna-, sino que a veces el trato (si se me permite) con Dios es
placentero y otras veces no. Las palabras de Ratzinger para mí tienen
pues el valor añadido de darle un cierto sentido a las injusticias y los
disgustos de este mundo.
*
[*] Ratzinger nos remite a El zapato de
raso de Paul Claudel, en donde se describe el trance de un náufrago
misionero jesuita, que ya en el océano agarrado a un madero dirá: “Señor, os
agradezco que me hayáis atado así. A veces he encontrado penosos vuestros
mandamientos. Mi voluntad, en presencia de vuestra regla, perpleja, reacia.
Pero hoy no hay manera de estar más apretado con vos que lo estoy y por más que
examine cada uno de mis miembros, no hay ni uno solo que de vos sea capaz de
separarse. Verdad es que estoy atado a la cruz, pero la cruz no está atada a
soporte alguno. Flota en el mar.”
Detalle
de “La buenaventura” de Georges de La Tour, ¿1633?
Post scriptum: al poco de publicar este post con el recorte del detalle de la pintura de de La Tour, Taschen sacó un coffee table book con igual o casi igual portada.
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