Dejo de lado el Kopi Luwak o café de civeta,
el más caro del mundo, que Jack Nicholson en “Ahora o nunca” toma con verdadera
delectación y que no es más que la infusión de los granos de café
parcialmente digeridos, tras una leve fermentación, por la civeta palmera
asiática (Paradoxorus hermaphroditus).
En Catalunya, tenemos una gran tradición gastronómica con los caracoles y se
preparan de infinidad de maneras, hasta tal punto que en el Restaurant
Diagonal (Can Soteras), una vez al año nos deleitan con la Setmana
del Cargol y la carta es muy variada y suculenta.
Pero a pesar de que los pobres animalitos son convenientemente purgados en un
proceso sólo un poco menos cruel que el de la industria de los
abrigos de Astrakan, no hay que olvidarse de advertir a los no
iniciados sobre la necesidad de que al extraer el molusco de su concha hay que
hacer una leve maniobra como distraída por la cual pellizcamos el final del
tracto digestivo del caracol con el objeto de desechar el contenido final del
proceso alimentario del animal que a nuestra vez nos vamos a comer. Con el
pulgar de una mano pellizcamos el final del tubo del gasterópodo y con la
otra mano -y con ayuda de un mondadientes o un pincho o un palillo- nos
llevamos rápidamente el resto del molusco al interior de la boca. Siempre siguiendo
la Wikipedia, podemos añadir
a estos datos que el caracol es un manjar lo mismo en Francia que en Portugal.
O tal vez lo es más en Francia, donde incluso tienen una especie de pinzas
para manipularlos con una cierta distinción.
Todo esto y mucho más venía pensando yo en uno de mis paseos
por la sierra que rodea Barcelona, a la vista de la cantidad de yerbas que han
brotado este año gracias a las lluvias que hemos tenido y gracias a que han
sido provechosas y mansas, nada torrenciales. A veces veo gente coger brotes de
hinojo, dicen que para sus conejos. ¿Qué
conejos? Los conejos que tendrán en sus casas, me figuro. Más no sé. También
más adelante en el año hay quien recoge espárragos. Y hasta crespillos.
Hay unas ciertas verduras silvestres que podríamos tal vez comer pero que ya no
conocemos la mayoría de la gente. En el parque del Nord hay laurel,
pero yo no lo cogería nunca, y no sólo porque está prohibida su recolección en
un parque público, sino porque ya les diré en otra ocasión qué es lo que hacen
los perros con los laureles. De todas maneras empiezo a desarrollar un cierto
interés por la maleza y también por las verduras silvestres (las
borrajas, las endivias, las tagarminas) y los hongos y las setas,
donde antes sólo lo tenía por las florecillas y las plantas aromáticas.
Hoy le eché un vistazo al libro del Deuteronomio
famoso. No sólo para ver en qué paraba el fragmento propuesto por Rodríguez
Zapatero en la plegaria de Obama, el que empieza “No explotarás al jornalero
humilde” y acaba “Así no clamará contra ti a Yahvé, y no te cargarás con un
pecado” (DGT 24, 14-15). Es que el Viejo Testamento, quitando los libros sapienciales
y los de los profetas, no me interesa tanto como el Nuevo. No me lo conozco
tanto. Y unos versículos más adelante del versículo leído por el último
presidente del Gobierno de España, leo:
“Cuando siegues la mies en tu campo, si
dejas olvidada una gavilla en el campo, no volverás a buscarla. Será para el
forastero, el huérfano y la viuda, a fin de que Yahvé tu Dios te bendiga en
todas tus empresas“.
El Deuteronomio es a la ley como el Levítico a un tratado de
higiene, algo incipiente y perteneciente al mundo antiguo.
Y sin embargo estaría bien basado en la ley “natural” o consuetudinaria, puesto
que en Rut (libro que ahora mismo ignoro si es
posterior, como creo), la viuda homónima recoge lo que los primeros
cosechadores han dejado. De la belleza de esta imagen ya reparé en un
post que dediqué a la película de Agnès Varda, “Les
glaneurs et la glaneuse“, cuya primera parte se estrenó el año
2000, y que se tradujo al español como “Los espigadores y la espigadora”.
Ahora apenas hay espigadores porque las máquinas lo dejan todo pelado, pero hoy
en día hay quienes revuelven en la basura de los supermercados buscando
productos en teoría caducados o con la fecha de caducidad muy
próxima. Las escasas palomas que quedan en Barcelona comen lo que se les cae a
los niños cuando van apresuradamente al colegio y cuando vuelven no menos
apresuradamente. Muchos ancianos también revuelven en la basura. Y no tan ancianos.
El hermoso cuadro de Schalken (“Niña
comiendo una manzana”), con ese enunciado característicamente pictórico o de
pie de foto, pero no de “El País”, me recuerda la manzana que acabó comiendo Pinocho
hasta no dejar ni el rabo, cuando se da cuenta de que no hay nada más. Pero el
gesto de la mano derecha de la niña, el cesto a rebosar, a mí al menos, no me
dejan lugar a dudas sobre la abundancia en la que vive. Todo lo más podríamos
admitir la hipótesis de que se trata de una criada que a media noche va a la
cocina de la casa a comer una manzana a hurtadillas.
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