Hace unos días el Crítico Constante
dedicó un
post al ocio y al tiempo libre que me recordó lo mucho que puede dar de sí
la jornada laboral de algunos
empleados públicos o asimilados que todos conocemos. En mi propia
experiencia la palma se la lleva (hasta ahora) el caso de unos “compañeros” que
fueron amonestados y expedientados por ser pillados haciendo el amor mientras
hacían horas extraordinarias o cuando hacían horas
extraordinarias mientras hacían el amor. Mi competencia en español y en el
régimen estatutario por el cual se reglamentan nuestros derechos
y deberes es insuficiente para determinar el orden correcto del
planteamiento. Lo que si puedo afirmar es que hacían horas extraordinarias,
etcétera, y que no se trataba de un hecho excepcional e impremeditado.
Al lado de este caso queda eclipsado el del subalterno que
dormía las monas en una camilla de urgencias o una falta muy común como la de
ir al comedor del personal vestidos con la ropa del quirófano. El hurto y el
robo de pequeño material fungible y hasta inventariable o la dedicación del
tiempo de la jornada para gran variedad de quehaceres incluso lucrativos que
nada tienen que ver con la función propiamente dicha que tiene asignada cada
cual, eso queda totalmente integrado como algo incluso natural. Y como un signo
de veteranía. Otro valor mal llevado de las organizaciones
decadentes y degeneradas. El hecho de que los compañeros funcionarios utilicen
sin ningún género de rubor sus móviles durante el curso de la jornada y para
cuestiones a todas luces nimias y de una pésima organización doméstica, no
impide que se siga utilizando la línea fija -incluso simultáneamente- para
ocuparla con cuestiones relativas a la comunidad de propietarios, la reserva de
un hotelito rural o cualquier otra labor que se podría compatibilizar
con la vida privada por cuanto el horario lo facilita, más si
como les digo lo normal es que la parte de la plantilla que hace
gestiones durante su horario de trabajo suele llegar tarde, tiene por costumbre
irse antes de su hora y emplea media hora para un café antes de ponerse a
trabajar y una hora entera o más para el desayuno o la merienda a mitad de la
etapa. Cada falta por sí misma y aisladamente, sin que adquiriera la cadencia
del hábito contumaz, podría pasar por ser irrelevante y hasta higiénica, pero
no es así. Quien hace una hace ciento. Para el que desconozca estas
usanzas habrá que aclararle además que por un efecto mucho más sólido que el de
las alas de mariposa, los que se dejan
arrastrar por el cumplimiento del horario se verán inexorablemente abocados a
atender funciones que no le corresponden y a estar más expuestos a todas las
dificultades que puede acarrear el trato con el público y no tendrán más
remedio que asumirlas a no ser que tengan por la mano retraerse poniendo
todo lo que tienen de inteligencia en hacerse el tonto. También
habrá que explicarles, a los que no saben donde pisamos, que en nuestra
administración pública se fortalece una conducta muy característica que es la
del que ni trabaja ni deja trabajar y lo
poquito que hace lo vocea y lo infla tanto que casi preferiríamos que no
hiciera nada. Hablo de la corrupción en pequeña escala y no digo nada de los comisionistas,
los tarugos, etcétera, que eso ya son temas
mayores.
Yo puedo afirmar que nunca he roto un plato.
Copas sí, decenas, sobre todo de cristal. De ahí esa ostentación que hago de
una magnífica pieza de porcelana de Coalport que encontré en internet. Cuando
trabajaba en el Hospital de B. substraje dos cosas:
1) una percha de sonda vesical
(de alambre) que le pedí a la supervisora de una planta, y
2) uno de los ejemplares del diccionario
Collins, que me llevé de la Biblioteca cuando se la traspasaron
a la Universidad de Barcelona.
La percha no debía valer ni 50 pesetas y no es posible
comprarla por ahí en los circuitos comerciales. Por lo menos a los que yo tengo
acceso. El Collins me lo había hecho mío y lo tenía como si dijéramos “tuneado”
con chuletas, anotaciones y post-its varios. Aparte de
eso no se me puede imputar ninguna otra falta como las que he apuntado. He
llegado tarde al trabajo unas 4 veces en más de 25 años de servicio. He salido
más tarde de mi hora otras tantas, tal vez 10, siempre porque me habían puesto
un ordenador nuevo que había que ajustar, o por recuperar el tiempo perdido en
el dentista, etcétera. Me parece tan deshonesto irse pronto como irse tarde,
hacer de menos como de más. Si bien es cierto que alguna vez he atendido
mensajes de correo electrónico estrictamente privados, también puedo decir que
con ello no he perjudicado mi rendimiento ni el de las personas que compartían
el mismo espacio que yo ocupaba.
Pero un día hice una tontería que fue lo suficientemente
estúpida como para que se desprendiera de su propia estupidez mi
inocencia o mi ingenuidad. Le llamo el caso del clavicordio.
Había una vez… una mesa. Una mesa como la de la
foto que enlazo, un poco más aparatosa y con las patas originales,
que las de la foto son postizas, creo. La habíamos retirado de la
Biblioteca porque nos habían traído otros muebles y no cabía. Estaba fuera en
la entrada y no acababan de venir a retirarla los de Conserjería. Para no
dar pistas diremos que en la Conserjería había gente buena y gente mala (o
vamos a suponer que todos eran lo mismo, para no señalar, que está feo, y
luego, como se suele decir, Dios ya distinguirá quienes son los suyos). Pues la
gente mala eran como sátiros que me
insinuaban que la retirada de la mesa, que ya llevaba unos 9 meses en su
rincón) dependía de lo complaciente que yo pudiera llegar a ser a mi vez.
“Amor con amor se paga”. Excuso decir que a la tercera insinuación abandoné la
idea a la espera de encontrar alguna solución de las que siempre surgen si una
está atenta a las ocasiones. La mesa estaba allí como un mamotreto o catafalco.
Por entonces yo conocí un estudiante de Medicina que en realidad estudiaba más
música que Medicina, pero que era bastante listo y se lo sacaba todo sin
esfuerzo. El estudiante, estudiaba clavicordio y canto.
Tenía voz de barítono e incluso un día en el bar me cantó su parte en “Là ci
darem la mano” (Don Giovanni). El muchacho tenía un aspecto
verdaderamente donjuanesco. A mí me interesaba más lo del clavicordio, un
instrumento que también tiene su qué mefistofélico, si nos ponemos a decir. Una
cosa llevó a la otra y accedí a que él y otro amigo se llevaran la mesa para el
clavicordio. Vinieron en un Renault
4 de color beig o gris claro a eso de las 5 de la tarde, que es cuando yo
cerraba y quedaba todo desierto. Ataron la mesa patas arriba en la vaca con
unas cuerdecillas de cáñamo y tomamos lo que ahora me parece es la autopista
del litoral. Llena de camiones. Yo iba en el asiento del
copiloto y en un momento dado se me ocurrió mirar por el retrovisor la carga.
Se tambaleaba ostensiblemente, así que no volví a mirar aunque todo me empezó a
dar como vueltas. Me apeé en la Diagonal, por los jardines de Pedralbes, y
ellos dos siguieron con la mesa hacia su destino. Al cabo de una semana me vino
a ver el Jefe de Seguridad del Hospital, con quien me llevaba muy bien, y ahora
a toro pasado me doy cuenta del tacto que tuvo para preguntarme si me había
vuelto loca y si no sabía que aquello era robar. Le expliqué lo de Don
Giovanni, los sátiros de Conserjería, y nada le vino de nuevo. Gran persona.
Sin embargo me tuve que comprometer a devolver la mesa, para lo cual mi amigo
tuvo que alquilar una furgoneta. Más tonta y no nazco.
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