Hace unos
años no usábamos
el bookcrossing, ni existía
Llibre solidari ni Re-Read. Empezaban
a languidecer las librerías de viejo y un compañero de
trabajo se proveía en ellas de sus
lecturas, que coincidían exactamente con los libros que solíamos leer dos
décadas antes la gente de mi generación. Era como si hubiera cogido mi
biblioteca y hubiera tomado cada
libro en el
mismo orden en que los
había dejado. No
deja de tener
su interés leer
Arnold Hauser, Herman Hesse, Julio Cortázar o aquellas Señas de
identidad de Goytisolo desde el año 2017, con otros ojos, en hojas que el
tiempo ha resecado y dejado con el inconfundible color ocre que van tomando los
libros llamados de bolsillo. Nunca sabemos si los contenidos han quedado
pulverizados por el tiempo o si somos nosotros los que ya no encontramos el
interés. Una relectura puede hablarnos
de lo que resecó en nuestro interior o
puede vivificar recuerdos de lo que se quedó apartado para una ocasión
oportuna.
Estos
días estoy leyendo, que no releyendo, Tres guineas. El ensayo de Virginia Woolf
es junto con Una habitación propia uno
de los textos
fundamentales del feminismo.
En Tres guineas la escritora
atiende una carta
que había recibido de la agrupación antedicha, pero la atiende con
un ensayo de 298 páginas en la que de paso contesta otras dos cartas. Esa
estructura de fondo, tres cartas (1) de la agrupación pacifista masculina, 2)
una institución que se ocupaba de la instrucción superior
femenina y 3) una
asociación que ayudaba
a las mujeres
a insertarse en el mundo
del trabajo) es
lo que origina
el motivo de
las tres guineas
del título. La
escritora da la
primera para la institución educativa siempre que no
adoptara el modelo imperante masculino, la segunda para la inserción laboral
(con el compromiso de que las profesiones se enriquecieran con la cultura
femenina) y la tercera para la agrupación pacifista, porque
perseguía un objetivo
común de hombres
y mujeres, aunque
las mujeres lo
hicieran de modo diferente a los hombres.
La fotografía de hoy ilustra una lectura exageradamente concienzuda de un profesor universitario del texto que yo estoy leyendo más superficialmente y en formato digital de libre acceso. También las apreciaciones (*) que no podían ser impertinentes que le hizo Virginia Woolf al desconocido interlocutor que le planteaba la pregunta de cómo prevenir la guerra. La respuesta, como dije antes, no fue breve ni somera. Wolf se refiere a la formación recibida por su interlocutor porque "¿cuándo se ha dado el caso, anteriormente, de que un hombre culto pregunte a una mujer cuál es la manera, en su opinión, de evitar la guerra?" El argumento lleva no tanto una punta de azúcar y modestia ─que también─ como una carga de sal sobre el desfase que había en las familias entre los recursos económicos dedicados a la formación de los hijos y de las hijas. Y de ahí en adelante todo lo que la autora va exponiendo es muy recapacitado y brillante.
Un vídeo de Bildu me ha recordado a Virginia Woolf o, para ser más exacta, a su libro Tres guineas (1938). Pero tengo que explicar porqué, que de otra manera así dicho parece descabellado. En el vídeo de Bildu un grupo de mujeres cargan contra la sociedad patriarcal y en un argumento que otros filiarán directamente con las ideas feminazis, la voz cantante acaba diciendo: "La única forma de mantener relaciones afectivo-sexuales satisfactorias y desde la igualdad y que me sienta cómoda y capaz de ser yo misma y libre es el lesbianismo". Y he comparado estos razonamientos, no odiosamente, con los que dirigió Virginia Wolf al filántropo que le pedía su ayuda desde la agrupación pacifista masculina. Estaba Europa en plena Guerra Civil española y con la Segunda Guerra Mundial cerca de empezar. Woolf de alguna manera consideraba que la guerra era algo de los hombres.
La idea que asocia belicismo y hombres no es nueva. Tenemos antecedentes en Lisístrata y la Guerra del Peloponeso. La obra se representó el año 411 a. C. El episodio del rapto de las sabinas, aunque se considera un mito, también nos habla de la posición de las mujeres raptadas, que se interpusieron entre los dos bandos porque si vencían los romanos perdían a sus padres y hermanos, pero si vencían los sabinos perdían a sus maridos e hijos. La verdad es que no sé si esto es aplicable a las niñas nigerianas secuestradas por Boko Haram y a la guerra en la ex-Yugoslavia.
El tema del pacifismo femenino continuamente se ve reforzado por campañas como la que la semana pasada recordaba el origen de la celebración del día de la madre en una proclama antibelicista de 1870. Que las bildutarras consideren satisfactoria y estupenda la afectividad lesbiana a mí me parece muy bien pero dudo de que sea así tal cual y pienso que también tiene sus miserias, de la misma manera que las mujeres alguna culpa o responsabilidad o complicidad tendremos también en que se desencadenen guerras o que no se acaben. Honestamente no creo que las mujeres seamos más pacíficas que los hombres. De hecho he conocido mujeres muy perversas, que se solazan en hacer el mal y que incluso lo hacen con la misma suavidad con la que el Papa Francisco cuchichea la palabra "misericordia" con lene acento. Probablemente el mal provocado por una mujer o por las mujeres no tiene la crudeza de aquellas imágenes que nos muestran desde World Press, a cual más espantosa y terrible, pero agriaría una fábrica de yogures.
Otra
idea que se va acomodando desde hace años es la de la invasión de musulmanes de
Europa. No se trata solo de una
conquista con sangre, sudor y lágrimas
sino demográfica. La vieja Europa
tiene unos índices de natalidad que hacen imposible la
supervivencia de nuestras culturas o nuestra cultura. Al lado de nuestra baja
natalidad los índices de natalidad
de los emigrantes
musulmanes es mucho
más alta y
garantiza que en
menos de 20
años nuestras preocupaciones actuales
serán una tontería.
Por supuesto ya
hay quien crea
alarma y yo
no voy a contribuir
en nada que
se parezca. Por
otra parte, en
paralelo a mi
suspicacia ante la ilusión
del pacifismo feminista se reproduce
en este tema
y me pregunto
si la sociedad
que hemos creado
está exenta de
casos reprobables.
Claro que Boko Haram no se puede comparar con Caritas Diocesana o incluso, si me apuran, con el Barça, pero tampoco podemos decir que Europa sea una maravilla y que el modelo sea sostenible.
*
La
guinea es una moneda que parece que se sacó de la circulación el año 1970. Su
valor era de 21 chelines, cifra que no es que se corresponda con otras
extravagancias del sistema de pesos y medidas inglés, es que al tratarse de una
moneda de oro su valor se tuvo que corregir creo que en el siglo XIX para
ajustarse al precio del metal
¿A
qué causas sería conveniente y útil conceder hoy tres guineas o su equivalente?
Hace tiempo que pienso que en la
educación, tanto la
de los niños
como la de
las niñas, sería
muy importante integrar
la llamada "defensa personal". No se trata de
asumir la violencia o de incentivar la agresividad, se trata de formar a los
niños para que en caso de ser víctimas de un ataque se puedan defender con
seguridad, sin miedo y sin causar daño. No creo que esta idea choque con
métodos tan prestigiosos como el de Maria Montessori, al contrario. Y estoy
pensando en que la mayoría
de artes marciales
no fomentan la
crueldad ni nada
que se le
parezca, sino el
autodominio, el equilibrio y la
confianza.
Solo Dios es bueno.
Del blog Sketching a present
(*) En primer lugar, expresemos lo que todos los autores de cartas
expresan instintivamente, a saber, un somero retrato de la persona a quien se
dirige la carta. Si en el otro extremo de la relación de correspondencia
escrita no hay alguien que viva y respire, las cartas carecen de valor. Por lo tanto, usted, que ha
formulado la pregunta, es persona de cabello un tanto gris en las sienes; y en
lo alto de su cabeza ya no es espesa la cabellera. Ha alcanzado usted los años
medios de su vida, no sin esfuerzo, mediante el ejercicio de la abogacía; pero,
en términos generales, su
singladura ha sido
próspera. En su
expresión, nada hay
marchito, mezquino o insatisfecho. Y,
sin ánimos de halagarle,
su prosperidad –esposa,
hijos y casa-
es merecida. Nunca
se ha sumido
en la satisfecha
apatía de la media edad, tal como demuestra su carta
con membrete de un despacho en el corazón de Londres, y en vez
de reposar la cabeza
en la almohada,
de apacentar sus
cerdos y podar
sus perales –es
propietario de unos
cuantos acres en Norfolk-, escribe cartas, asiste a reuniones, preside
esto y lo de más allá, y formula preguntas, con ecos de cañoneo en sus oídos.
En cuanto a lo que falta, digamos que comenzó su educación en una de las
grandes escuelas y la terminó
en la universidad”
(Virginia Woolf, Tres
guineas. Traducción de
Andrés Bosch. Barcelona:
Editorial Lumen, 1999)
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