A cuento de la posibilidad de elegir el orden de los apellidos de los niños a partir de mañana, cuando pierda vigencia gran parte de la Ley del Registro Civil (de 1957), me preguntaba si se podría aplicar un primer apellido distinto para hijos del mismo padre. Es decir, si se podría poner a un hijo el primer apellido del padre y a otro hijo el primer apellido de la madre. No me parece cuestión menor que el registro civil se privatice, aunque ignoro qué consecuencias tiene. A la vista de la Ley 20/2011 se lee: "El orden de los apellidos establecido para la primera inscripción de nacimiento determina el orden para la inscripción de los posteriores nacimientos con idéntica filiación". Por lo tanto queda claro que los hermanos tendrán los mismos apellidos, sea cual sea el orden elegido para el primero.
Como una es muy bruta prefiere las cosas como son y aunque me hago cargo del acomplejamiento que puede acarrear llamarse García, las alternativas me parecen peor. Aunque se hablaba hoy en los medios de que la opcionalidad salvaría apellidos que no tuvieron hasta ahora derecho de transmisión, me parece que tampoco es para ser tan dramáticos. Como dicen los franceses, "Tout passe, tout casse, tout lasse et tout se reemplace".
Ni siquiera la permanencia de la Mezquita-Catedral de Córdoba es algo que nos tuviera que preocupar más allá de lo razonable. No es que la queramos ver hecha polvo, pero hay cosas más importantes, como las marismas de Doñana.
Lo mismo que aprecio la conservación de los bienes culturales y del patrimonio artístico, también defiendo que no hace falta preservar a toda costa edificios que exigen un mantenimiento desatinado. La Mezquita-Catedral de Córdoba ─según Trip-Advisor, que tampoco es que sea la autoridad más relevante en estos temas─ es el edificio más visitado de Europa. Yo hubiera dicho que era más visitado el estadio del Barça o el Coliseo de Roma, pero es igual. En cualquier caso las multimillonarias restauraciones de algunas obras están justificadas en cuanto atraen un turismo enorme y divisas. Pero queda claro que si un aguacero se lleva por delante un puentecito romano hecho por ingenieros militares, lo siento más por el río que por la pérdida del monumento. Si un puente aguantó veinte siglos, el problema está claro que está en el río, en el clima, en la mano del hombre. Y es infinitamente más penosa la desaparición de un río que la desaparición de un puente.
Paseábamos esta mañana con mi amiga À. F. Fabra i Puig abajo y señalábamos que tal vez una de las 3 tiendas que permanecen desde hace más de 40 años por un tramo del paseo es la de Mariano Gracia. Hace esquina entre el Paseo de los hermanos Ferran y Romà Fabra i Puig (o Puig i Fabra) con la calle del Dr. Emili Pi i Molist, ante la Plaza Virrei Amat.

