Hay gente muy leída y muy escrita que admite públicamente que no lee a un determinado autor por animadversión ideológica. Bueno, esas son las palabras con las que yo traduzco una observación que he venido haciendo en los últimos años. Como es natural me inspira más interés un texto que haya podido escribir (me lo estoy inventando) un profesor de alemán de Hungría, con todo lo siniestro que puede llegar a resultar ese planteamiento a poco que piense, que el que haya podido escribir un yihadista. O no, tal vez me podría incluso interesar el texto escrito por un yihadista, aunque solo fuera por ver cómo funciona su pobre cabeza. Todo me interesa.
En este país, como de otra manera dijo Antonio Machado, siempre podríamos estar a la greña. Cada vez me resulta más difícil permanecer incólume entre tirios y troyanos cuando sin pretender ocupar equidistancia alguna o una neutralidad para la que no estoy hecha, contemplo discusiones bastante desabridas sobre cualquier tema opinable, tomando yo partido por lo que me dicta mi propia razón pero sin casarme con nadie. La caterva de tramposos que hay en la red me arrebola. Una posible definición para tramposo -enlazando con el tema introductorio del repelente de insectos- es el de quien no sabemos si se mueve para camuflar o para exhibir. No me gustan los tramposos (se arranquen por fakes, por happenings o por la chapuza). Lo demás, esté a mi derecha o a mi izquierda, me importa menos.
No hace mucho un pobre diablo que
pretendía hacer uno de aquellos encuentros de ex-alumnos de secundaria que son inasequibles a
cualquier tipo de repelente, se llegó a poner muy pesado en mi correo-e. De
hecho acometió mi cuenta con un mensaje en el que venían a la vista unas
cuantas direcciones más. Con todo el tacto posible le contesté que gracias pero
que no me interesaba la cena y que por favor me quitaran de la lista de distribución. A lo que, para
situarles, podría añadir que me temo que se hacía en una discoteca o algo
parecido. En cualquier caso en un lugar poco ventilado y con una acústica que
difícilmente resisto con holgura. Se ve que no le sentó bien mi respuesta y la
suya, por lo que puedo ahora recordar, fue a cajas destempladas y me pretendió
insultar diciendo que yo era de "la caverna". Y es que a su
entender cuando una persona no desea recibir mensajes indiscretos con
direcciones a la vista e invitándole a fiestas que no le inspiran más que
temor, esa persona es -otro clásico- una fascista y una retrógrada xenófoba o
casposa. Extrapolo. Como tengo una cierta tendencia a la inflamación nasal y
poca paciencia para la estupidez no tardé nada en contestarle que él, el
insidioso remitente de los correos no deseados, nunca jamás se había dirigido a
mí en los 4 años en que coindicimos durante los estudios de BUP y COU, y que no
veía yo el objeto de que lo hiciera más de 25 años después. Pero mi segundo y
último mensaje es otro tema, el que traje hoy es el de la manía de insultar.
No sé si se habrán enterado de que en
Cataluña tenemos de rabiosa actualidad un tema, el "procés" de la
independencia, que divide y une a sus ciudadanos, incluso a los que no tienen derecho
a votar, que son los menores. Porque todos los demás tenemos derecho a votar,
aunque se haya montado toda una falaz compaña donde se exige algo que ya
existe. Si algún catalanista lee estas líneas con la rapidez de un sexador de
pollos o incluso más me situará en mi contra. Y resulta que a mí, todo esto que
me empieza alternativamente a fastidiar y a apenar según el día, no me parece
una cuestión fácil de dirimir. Hay en mi propia familia y muy cerca catalanistas
o independentistas sin grieta. Entre mis amistades de toda la vida también.
Gente muy querida. Y los que aquí viven saben que en este contexto lo que se
suele hacer es evitar con según quien según qué temas.
Al "silencio de los corderos" que abruma las sociedades con un predominio económico del comisionismo y la economía sumergida, a la hipocresía social que abunda en las comunidades populosas y altamente aclienteladas, a la discreción de los cautos y los pusilánimes, hay que añadir como otro factor de refracción óptica el soslayo constante de todo cuanto pueda ser motivo de fricción. Pero a veces, retomo el tema de las miradas de un lejano post que se tituló "Los hombres y las mujeres", ese silencio no es como aquel que se remata con la frase "Ha pasado un ángel". Es un silencio en el que la mirada evita encontrarse con la del opuesto, por no mostrar su hostilidad. Terrible mirada, que nada tiene que ver con la de las estatuas abismada en la contemplación de la belleza.
¿Qué papel le queda al escribidor que pretenda desbrozar el panorama sin erigirse en una especie de gurú? La respuesta para mí está acaso en los autores que representaron la sociedad que conocieron sin limitarse a la pintura costumbrista ni al panfleto soflamado. Aunque sería fácil acudir al esperpento y a la parodia esta vez se debería acudir a intentar entender a cada cual. Y no sería tampoco mala idea someter a los personajes al avatar de tener que pasar por roles opuestos y abandonar los sitios habituales de las novelitas de la Guerra civil por, no sé, el Peñón de Gibraltar o un piso del Somorrostro.


