"Digo de entrada (por fin) que tengo
un oído tirando
a raro. Por ejemplo, una vez, en época de
exámenes, me ponía
los conciertos de violín de Vivaldi entre
atracón y atracón de empolle.
Sólo después de unos días me di cuenta de
que durante los de los exámenes
había oído el LP a 45 r.p.m. Puedo
decir en mi favor que
había notado que me pasaba la
audición volando. Supongo
que el disco giraba al doble de
velocidad y que por lo tanto
lo de media hora me lo ventilaba en
un cuarto de hora. No estoy
segura de que sea así, pero en
cualquier caso indica
un estado de conciencia bastante
disparatado."
A los que cantan
Perdón por la autocita, pero sirve
para contrastarla con la ilustración de hoy. A ver si consigo explicarme: los
discos de vinilo los hay básicamente de 3 tamaños. Los más comunes se podían
escuchar en el giradiscos a 45 r.p.m. (revoluciones por minuto) los
pequeños o singles y a 33 r.p.m. los L.P. o long plays. Si
ponías un disco pequeño a 33 r.p.m. se oía como enlentecido y pesado. Si por el
contrario ponías un L.P. a 45 r.p.m. se oía más o menos como Alicia
Sánchez-Camacho o Lucía Caram pasadas de rosca, de cafés y de todo. Por lo
tanto, yo creo que o estoy equivocada yo o lo está quien le hizo el tributo a
Bill Watterson. En cualquier caso es una cuestión de números. Aunque mi pick
up podía tener más posiciones que las de 33 y 45 r.p.m. yo siempre usaba
las que he dicho y desconozco qué hubiera pasado con Vivaldi a 78 r.p.m.
El tema que propongo se acaba de embrollar
tremendamente si les digo que las mujeres que tocaban mucha de la música que
escribió Vivaldi, del Ospicio della Pietá, en realidad eran huérfanas que
en su edad más madura y dada su buena predisposición para la música eran destinadas
al conservatorio:
"En 1745, el grupo de chicas en el
coro de figlie consistía de dieciocho cantantes, ocho instrumentistas de
cuerda, dos organistas, dos solistas, y dos maestras (directoras - una vocal y
una instrumental). Además de éstos, catorce novatas y una cantidad desconocida
de intérpretes de instrumentos de viento estaban también presentes." (Vivaldi y el Ospicio della Pietá)
Como yo siempre había oído hablar de
"orquesta de monjas", este hallazgo casual me sitúa mejor la
condición de las músicas y la composición real. Cosa que para el caso no
importa pero que va relacionando las cuatro esquinitas del post. Sigamos:
Que no, que en los sueños las cosas no son a 33 r.p.m. o a 45 r.p.m. ni nada
que se le parezca. En esta vida nuestra tan falta de aventuras, en las
que quien quiere vivir con intensidad tiene que recurrir a buscarse problemas o
buscárselos a los demás, jugar dinero, drogarse, viajar en Ryanair o con un
capitán de cruceros achulado, ¿qué nos queda si no es vivir de verdad o ponerse
a dormir "y tal vez soñar" (como dijera Hamlet)?
Mi incapacidad total para recordar la más
mínima secuencia de un sueño y poder balbucear algo que remita a lo conocido o
que pueda ser reconocido siempre me ha atormentado un tanto. Pero debo decir
para la tranquilidad de ustedes que también me atormenta esa manía que tiene la
gente de andar hacia atrás cuando abandona una conversación y pisarte. O que
chuperreteen el diario de un bar y luego nos encontremos lascas de croissant en
las puntas. Con esos tres tormentos ya tendría para padecer lo indecible, pero
hay más. Muchos más.
Hace años me desprendí del sueño de la casa
vendiéndomela también en sueños. El asunto se cerró del todo un día que al
volver de Galicia -desde donde siempre regreso con jetlag, aunque a
algunos incrédulos les cueste creerlo- me desperté un poco desorientada y
reconocí en mi salón comedor aquel otro que yo venía soñando desde mis 20 años.
Rápidamente se desvaneció esa impresión pero duró lo suficiente como para poder
afirmar que se habían unificado lo onírico y lo verídico, la velocidad y el
tocino.
Pero ahora hace tiempo que no vuelven mis
otros sueños arquetípicos, el del tsunami que anega toda la Tierra, que queda
en paz, y el de un camino por una montaña. El sueño del tsunami me ha
acompañado toda mi vida. El de la montaña no. Y además me desconcierta en grado
sumo porque ya no sé a qué atenerme, como la mariposa del célebre
microrrelato: “Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba
si era Chuang Tzu que había soñado que era una mariposa, o si era una mariposa
que soñaba ser Chuang Tzu.” Yo ya no sé si estuve en verdad en la montaña
que soñé. A lo que no ayuda nada el hecho de que cada vez que vuelvo a soñar
cuesta más encontrar el camino y me voy a paraderos que son imposibles, que
parecen círculos del Purgatorio dantesco o lugares destruidos por turistas o
por la pobreza o por todo a la vez.
Como creo que lo del tsunami escapa a mis
posibilidades prefiero centrarme en encontrar el camino aquel. El del sueño,
porque el de aquí, si es que lo hubo, ya no existe.
(*) -- Una de dos, o están escuchando música clásica a 78 r.p.m., o aún estoy soñando. -- Lo primero. Mañana por la mañana llamaré a un orfanato.
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