La letra capital de hoy
pertenece a la película “M, el vampiro de Düsseldorf” (Fritz Lang,
1931). Se suele decir que fue la primera película en emplear un leitmotiv.
Esto es, el vampiro o asesino de Düsseldorf, cuando se trastorna silba “En la gruta del rey de la
montaña” de Edvard Grieg, o cuando silba “En la gruta del
rey de la montaña” se trastorna. Tanto da. Se ve que quien silbaba en la cinta
original es el propio Fritz Lang, porque el actor perdía el resuello. Y esto de
los motivos es francamente bonito de saber porque fíjense sino en el motivo que
acompaña las apariciones de Gargamel y Azrael, los antagonistas de los
Pitufos o (Les Schtroumpfs), muy opuesto al que suele acompañar a los propios
enanitos. He intentado silbar “En la gruta del rey de la montaña” y no he
sentido nada raro y no me he ahogado, pero no sé si el hecho de ahogarse es lo
que desata la maldad. El caso es que este fin de semana he visto, además de “M,
el vampiro de Düsseldorf”, otro clásico, “El ángel azul” (Josef von
Sternberg, 1930), es decir del año anterior. En “El ángel azul” aparece sino un
leitmotiv, algo muy muy parecido, que va jalonando las partes de la
película por ser el carillón del reloj del pueblo y nos va acercando al vórtice
del drama, puesto que no es ni más ni menos que un compás de “La bella molinera” de Schubert. Para quien no conozca esta maravillosa colección de
lieder, diremos simplemente que en su conjunto es una sucesión de veinte
canciones como estampas que van desde el optimismo a la desesperación. “El
ángel azul” es una película magistral con una Marlene Dietrich que se
come las escenas y todo el boato huero de la decadencia de Hollywood. Las
piernas de Sharon Stone parecen un par de bolígrafos Bic o Rotrings al lado de
las piernas de Marlene Dietrich. Sin embargo, también hay que decir que tanto
von Sternberg como Lang acabaron sus carreras y sus vidas en los Estados
Unidos.
La tercera película que he
vuelto a ver este fin de semana fue La regla del juego (Jean Renoir,
1939). Con La regla del juego me pasa un poco como con la ópera bufa en la
cual se inspira, Le nozze di Figaro, que no me interesa nada lo que me
explica. La ópera de Mozart tiene momentos descomunalmente bellos, como la
cavatina de la condesa, de la cual no sé si enlazar la versión cantada por
Montserrat Cavallé o la de Maria Callas, por lo que enlazo las dos y tan ancha. Pero el jaleo de amoríos me
agota. Leí en su momento cosa de 10 veces o más el argumento de la historia y
no conseguí aclararme con los triángulos y hasta poliedros amorosos. Luego caí
en la cuenta de que tampoco hacía falta alguna. En “La regla del juego” la
sucesión de escenas amorosas que se entrecruzan es tan rápida que es imposible
tomarlas en serio y pertenecen al mismo tirón dramático que el de la batida de
caza. Con todo es inaceptable no admitir que es una obra maestra del cine y que
todo no deja de ser un reflejo del amor que le tiene lo falso a lo verdadero, lo que no es a lo que sí
es. Es por eso por lo que encabecé la página de hoy con esa cita de Wiesenthal,
porque quería remitirme a la textura que tienen los deseos y porque
contínuamente tendríamos que admitir que no tenemos otra cosa que no sea
tiempo. No es que tenga más valor per se el canto de un pájaro que un
concierto “artificial”, como tampoco lo tiene una flor respecto a otra flor de
un vestido, lo que tiene valor es en todo caso darse cuenta de los reflejos,
los espejismos, las huellas, y dejarse hacer. Le oí una vez decir a un amigo
mío: “Mi madre ha pasado por la vida pero la vida no ha pasado por ella”.
Más fácil es referirse a la
película “M”, la del asesino de Düsseldorf, que en realidad existió y fue un asesino
en serie. Pienso que lo del sobrenombre de “vampiro” le debe de venir por
el estado en el que encontraron a las niñas que asesinó, pero es algo que no me
interesa, la verdad. Lo bonito de la película es cómo para encontrar al asesino
antes de que se le vuelva a ir la bola, se ponen en marcha los recursos de dos
organizaciones, la de la policía de Düsseldorf y la de los criminales, que
ven amenazada su normalidad con tanta redada y tanta niña muerta por un
criminal que lo consideran mucho peor que ellos. El despliegue de los bandidos
y falsificadores o delicuentes en general está además reforzado por la red de
mendigos que apostan por toda la ciudad. Por lo tanto, se diría que cuentan con
más recursos humanos que la policía, que pueden llegar a donde no llegan las
autoridades y además tienen tantas ganas como el que más de capturar al
psicópata.
La colaboración entre la
llamada Ley por antonomasia y los malhechores es un clásico del cine, sea
por los chivatos y confidentes, sea porque en muchas películas sobre la Mafia
está claro que la primera interesada en mantener “el orden” es la propia
organización que está al margen de la ley. No hace tanto tiempo que Xavier
Cugat decía que los que eran mejores pagadores eran los mafiosos, que siempre
le habían retribuído puntualmente y según lo acordado. Pero, en fin, también
nosotros vamos a poner un poco de orden en este post que se desborda y, sin
pretender bordarlo, que eso es imposible ante tamaño bastidor, voy a intentar
trasmitir la desazón que me ha producido hoy la declaración de Barak Obama
sobre la ejecución de Osama Bin Laden: “Puedo informar al pueblo
estadounidense y al mundo de que Estados Unidos ha matado a Osama Bin Laden”.
La frase por una parte me ha recordado en algo a las folklóricas y otras divas
y divos en general cuando hablan en tercera persona de si. Por otra parte -y
esto es mucho peor- me ha recordado aquella frase de Goethe, “prefiero la
injusticia al desorden“, que aún no he conseguido desentrañar del todo,
y menos hoy. Las frases de Goethe tienen trastienda, efecto y honda. Así como
tengo claro que el chivatazo del caso Faisán no favorece ni a la justicia ni al
orden y revela trapicheos deleznables y pactos no precisamente entre
caballeros, la ejecución del terrorista Osama Bin Landen, introduce un “nuevo
orden” y tiene algo de deleznable por mucho que se haya hecho de acuerdo con la
ley y el embeleco del premio Nobel de la Paz. ¿Sino de qué iban a haberlo
matado los Estados Unidos? No sé si me explico.
Captura de pantalla de M, el asesino de Düsseldorg (Fritz Lang, 1931)
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