En cualquier caso, cuando
vemos la primera escena de La bête humaine (Jean Renoir, 1938) no
podemos menos que creer que la plata de la vieja película de nitrato se deja
ver entre las imágenes, como una manera especial de perfilar brillos y
claroscuros, negros y grises. Las escenas de trenes en marcha abundan en
la historia del cine, pero yo no recuerdo ninguna que tenga tamaña belleza, o
al menos ahora mismo no se me ocurre. Me estoy acordando simplemente de los
trenes de películas del oeste, de Asesinato en el Orient Express (Sidney
Lumet, 1974) y de El puente de Casandra (George P. Cosmatos, 1976), que acaba
bastante mal. La bête humaine no es
que acabe bien, tal y como está basada en los personajes de Zola, cada
uno descarriado a su manera, él (Jean Gabin en el papel de Jacques Lantier) por
generaciones de alcohólicos y locura que pesan y se arrebolan en sus venas,
ella (Simone Simon en el papel Séverine Roubaud) por su tendencia a ser una
mala mujer, expresión con la que el mundo clásico se suele referir a las
mujeres que llevan a los hombres indefectiblemente por el camino de la
perdición.
Como a mí no me interesa pero que nada el tema de las emociones que
recrea la película ─aunque lo hace muy pero que muy bien- me detengo por una
parte en las primeras escenas, del protagonista como maquinista ferroviario
camino a Le Havre en compañía de Pécqueux. La locomotora que conducen
Jacques Lantier y Pécqueux se llama Lison, una variante del nombre que en
español es propiamente Isabel o Elisa. A pesar de que se le han querido añadir
a Lison una serie de connotaciones simbólicas referentes a los significados más
evidentes de la película, la insania, el adulterio, yo dejaría que
limpiamente la primera escena se presentara en toda su fuerza -no solo en sus
imágenes sino también en su sonido- y, sin más:
Primera escena
de “La bête humaine” (Jean Renoir, 1938)
Aunque esa escena es
poderosamente elocuente la uso para ilustrar y completar el texto que he
transcrito al español del vídeo de la entrevista y el eterno tema de la
relación entre naturaleza, arte y tecnología. Mi opinión es lo que menos
cuenta pero diré que la tecnología me interesa infinitamente menos que el arte
y que la naturaleza. Y siento tener que decir que no he visto hasta el día de
hoy ni una sola página web hecha “profesionalmente” que me haya despertado la
más mínima admiración ni emoción estética. La naturaleza es misteriosa y
hermosa, aunque a veces es indiferente a nuestros pesares, y siempre
implacable. Aunque nos acompaña en ese viaje al que dos posts atrás me refería
y nos devuelve constantemente a nuestro verdadero ser, tal vez la compañía del
arte y de la belleza en general es de lo poquito que nos puede consolar.
Transcripción aproximada de la entrevista de Jacques
Rivette a Jean Renoir (¿1966?)
*
Jean Rivette — Aparte del sonido, el llamado “progreso” en el cine (color, pantalla
grande, avances técnicos en la filmación además de la manera en que las
películas están hechas), ¿ese progreso no va todo él en la dirección de un
realismo más perfecto, un realismo técnico?
Jean Renoir — Seguro. Es lo misma historia en todas las artes. Y sabemos que en la
historia de todas las artes la llegada del realismo perfecto coincide con la
perfecta decadencia. Ya antes me he referido al ejemplo del arte griego. Hay
muchos ejemplos. Pero uno viene a mi mente. Permítame que me repita. Es
el arte de los tapices. El primer tapiz que conocemos es el Tapiz de la reina Matilde. La reina Matilde y sus damas para pasar el tiempo mientras su marido
Guillaume conquistaba Inglaterra tejieron un tapiz. Es evidente que la lana que
usaron era primitiva, probablemente sebosa. Los colores eran muy toscos,
probablemente a base de vegetales y de algunos minerales. En el tapiz solamente
se usó una limitada y pobre paleta de colores y no obstante ese tapiz es
probablemente uno de los tapices más bellos del mundo. Durante varios siglos
los tapices continuaron siendo primitivos. Así por ejemplo los tapices de Angers sobre el Apocalipsis. Vemos un mundo maravilloso y no solo en el sentido del sueño sino
en el de la realidad. Los personajes del tapiz son como modernos, nosotros los
conocemos y nos los encontramos en las calles todos los días y se parecen a
esos santos, esos reyes, esas reinas, esos pecadores o esos ángeles. Y sabe
Dios que era una técnica bien primitiva. Pero un buen día el rey Enrique
IV cometió un desacierto enorme y eliminó el arte de la tapicería de golpe. Con
Sully. Lo que me hace preguntarme si la leyenda no será una completa
mentira. Porque la estupidez de Enrique IV con respecto al arte de los
tapices me hace dudar de la leyenda de su divinidad. Reemplazó la
urdimbre corta existente por la urdimbre larga de manera que se hizo posible
entrelazar los hilos de una manera más sutil. Al mismo tiempo hubo un
enorme avance en los colores. El rey decidió fomentar los tapices de urdimbre
larga. El arte de los tapices avanzó incrementándose su capacidad para imitar a
la naturaleza. Pronto no fue necesario concebir simplificaciones de los motivos
de los tapices. Se copiaron pinturas con la verosimilitud de los cuadros de
Boucher y Watteau. Hoy en día un tapiz puede copiar la naturaleza. Cada matiz
se ha hecho posible. Diez tonos de verde. Todos los tonos del azul del
cielo desde el de la pálida nube hasta el azul más profundo. ¿El
resultado? Los tapices se han acabado. En la actualidad artistas como
Lurçat intentan revivir artificialmente el arte del tapiz rehuyendo el
realismo. Pero ay algo trágico ocurre. Es un intento artificial. No
obtenemos un tapiz de la Reina Matilde. Lo cual a veces me hace
preguntarme si el don de la humanidad para la belleza no será a pesar
suyo. Y si su inteligencia, esa facultad devastadora… Es terrible la
inteligencia, se hacen barbaridades con la inteligencia… Si la inteligencia no
nos empujará hacia la fealdad ¿Qué ocurriría si la inteligencia nos hiciera
esclavos, admiradores de todo cuanto es feo? ¿Qué si nuestra tendencia a imitar
la naturaleza no fuera simplemente una tendencia hacia la fealdad, puesto que
lo que imitamos de la naturaleza no es precisamente lo más bello? Me pregunto
si en los tiempos primitivos todos los objetos, no solo los artísticos, eran
bellos, cuestión que es bien perturbadora, si pensamos en la cerámica etrusca,
toda ella tan preciosa, ¡y no me diga que todos los ceramistas etruscos eran
genios! ¿Cómo puede ser que cuando la técnica es primitiva todo es bello y
cuando la técnica llega a la perfección todo es espantoso excepto cuando las
cosas están creadas por un artista con talento que sobrepasa la técnica?
Es una pregunta
perturbadora. Que me sugiere otra cuestión sobre nuestra discusión acerca
de las artes del espectáculo que nos interesan. Me pregunto si nuestro progreso
tecnológico no es simplemente un indicio de nuestra completa decadencia. La
perfección técnica solo nos puede llevar al aburrimiento, en tanto que solo reproduce
la naturaleza. Imagine que podemos recrear perfectamente un bosque en el
cine. Podemos ver la espesa corteza de los árboles. La pantalla es más
grande que nunca y rodea el auditorio. De manera que estamos en el medio del
bosque. Podemos tocar los árboles y oler el aroma del bosque.
Habrán maquinas que emitirán el sutil olor del musgo. ¿Qué pasará? Pasará que
la gente cogerá un scooter y se irá al bosque real y no a ver películas.
Porque ¿quién querrá ir a ver una película cuando puede ver la cosa real? Por
lo tanto la imitación de la naturaleza solo nos puede llevar al fin del arte.
Jean Rivette — Llevando su
argumento más lejos, a su conclusión lógica, no podemos menos que
lamentar que las películas tengan cada vez el grano más fino.
Jean Renoir —
Absolutamente. Yo lamento sinceramente este hecho. Somos cineastas, así
que déjeme que admita una cosa. Estudie la fotografía de las películas
primitivas. Estudiemos la fotografía de “El gran robo del tren”, el
primer western americano. Observemos la fotografía de las
películas de Max Linder. En general es soberbio ¡Increíble
contraste! Lamento los avances en el surtido de películas”.
Fragmento
del tapiz de la Reina Matilde o de Bayeux (ca. 1066)
