Me fascina la música y la literatura rusas, me gusta el cine ruso, y sin embargo algo me aleja de Rusia que no es el alma rusa, que es algo que a ellos, a los rusos, tampoco les debe gustar de ellos mismos. Todo esto, claro está, son suposiciones, especialmente porque nunca he estado en la antigua Unión Soviética. Hay rusos en Barcelona, creo que en número significativo, pero todo lo más que llegamos a advertir de su presencia es el lenguaje. Además no sé si sirven para rusos, de la misma manera que no sé si yo sirvo para barcelonesa. Creo que no. Mi cansancio general en muchas cuestiones llega al punto de extenuación máxima cuando se habla, por un decir, de los japoneses o de los burkineses. En estas cuestiones hay dos maneras de meter la pata hasta las corvas: una cuando hablamos de nuestro país cuando estamos de viaje y otra cuando hablamos de otros países en nuestro propio país. No se me ocurre otra forma más de meter la pata como no sea la de introducir terceras partes, variante que en realidad poco incorpora a la dinámica de los tópicos y las patrañas. Las patrañas son las que solemos contar los españoles, p.e., cuando vamos al extranjero y hablamos de nuestro propio país y nos inventamos lo que desconocemos u organizamos la realidad a nuestra comodidad. Patrañas son las que se inventaba Enric Marco sobre Mathausen-Gusen o Tania Head sobre el atentado de las Torres Gemelas, de la que se declaró superviviente. Tanto el impostor como el trolero buscan un ratito de ser el centro de atención y de dejar de ser como todos los otros gatos pardos. Casi siempre se buscan una buena causa. Tópicos son las socorridas afirmaciones a las que se suele acudir por la misma razón (comodidad) pero en este caso recurriendo indigentemente a lo que otros ya han dicho y manido.
El
primer trabajo que hice remunerado fue en un laboratorio que tenía un
contingente de altos ejecutivos japoneses. Me pilló allí el golpe de
Tejero. Después he podido conocer someramente algunos japoneses y japonesas,
por cuestiones que no son al caso. Sé con todo que los nipones a quienes se les
permite emigrar de su país tienen un perfil muy determinado. Y sé que cuando
vuelven tienen dificultades para reintegrarse, ni más ni menos que lo que pasa
supongo con los venezolanos que han estado en Europa, los gallegos que han
estado en la Argentina, etc. Sin embargo, con todo lo que creo saber, que es
bien poco, no podría llegar muy lejos y lo dejaría reposar, como casi todo. De
lo que yo al menos no tengo ninguna duda es de que el tsunami de la
semana pasada en el nordeste de Japón les irá muy bien. Soy consciente de que
en frases como ésta precedente es en las que se apoyan los comentarios
desabridos o desconsiderados que no nos gustan a los bloggers, aquellos
comentarios que obvian todas las explicaciones y sus merodeos, aquellos
comentarios que descontextualizan y se van derechos al botón de la manita con
el pulgar hacia abajo o hacia arriba como si tuvieran que votar o como si fuera
el Facebook. Prosigo. Creo que esta desgracia y las calamidades añadidas les
irán bien porque estaban necesitando un motivo de regeneración, o de
perfeccionamiento o de lo que quieran ustedes. Intentaré aproximarme al núcleo
de lo que quiero decir con todo cuidado: pienso que si los japoneses no
tuvieran una razón como la que les ha dado la ola gigante, tan aplastante, para
levantar su país es posible que se hubieran vuelto todos locos o, la otra
opción descabellada, artistas. Como es natural, esta es solo no “mi” opinión
sino que además es “una” u "otra" opinión.
Si hay algo comparable a sentirse amado es solo acaso sentirse útil.

