ólo alguna vez he lamentado que mi identidad digital sea diáfana y no escudarme en un pseudónimo o pseudoanónimo o sesudónimo. Y eso es cuando en ocasiones como la de hoy intentaría reflexionar sobre lo que estoy viendo que pasa en el lugar donde me gano el pan y donde están empezando a caer en cascada muchos puestos de trabajo sin plaza en propiedad y las personas que los ocupaban son desplazadas de arriba a abajo o a un centro de salud primaria, o de abajo a la calle, según sea el tipo de cargo, contrato o pufo (*) que tenían. Como no puedo decir además gran cosa, callo, pero eso no significa que no lo observe y en algún caso lo sienta. No me importan gran cosa los carguitos que habían proliferado y que ahora serán reintegrados a su plaza de origen, sino la gente que ocupaba esas plazas mientras sus propietarios se dedicaban a coordinar, ir de congresos y esas cosas. Se suele decir en la Administración pública que un camello es un caballo hecho por una comisión y es verdad.
Si
mi identidad digital estuviera enmascarada bajo el nombre de una princesa
medieval, un pokémon, una diosa, o alguna heroína romántica, ahora ésta que
escribe estaría hablando de porqué los gerentes de los hospitales perciben sus
incentivos por la regla de tres del número de plazas que destruyen multiplicado
por dos y dividido por 3,76767676 elevado al cubo. También hablaría de que en
los hospitales públicos circula dinero que no es público y que por lo tanto es
difícil de fiscalizar o controlar, analizar, fijar y dar esplendor, y de oca en
oca tiro porque me toca. Para los que no entienden las cosas a la primera
añadiré que me importa un pito el gerente de mi hospital (que es más de lo que
yo le importo a él, por otra parte), y que si callo no es por él y la gente
como él sino por los pufos y los que todavía están más en precario.
Por
lo tanto otra vez tendré que recurrir al legendario y encumbrado tema de las
flores del melocotonero, un tópico en el que se han probado hasta las
mejores plumas y que por lo tanto no es cualquier cosa. La rueda de los días va
girando, a veces como un carrusel, a veces como las orugas de un tanque, a
veces como el remolino del agua cuando desaparece pútridamente por un sumidero
lleno de suciedad, a veces como una hoja seca que cae buenamente como puede.
Dicen que la Luna, que ayer se pudo ver además de redonda más grande de lo
normal porque estaba más próxima, se está alejando cuatro centímetros cada año
de la Tierra. Cuatro centímetros no son nada, como los veinte años del tango, pero
pienso que algo se tiene que notar a la corta y a la larga. Aparte de la
improbable o no tan improbable influencia de la Luna en los maníacos, en
la gestación, en la fermentación del vino, en el crecimiento de las plantas y
en las mareas, creo que también ejerce alguna influencia en asuntos que apenas
tenemos en consideración pero que acumulados son mucho. En mi modesta opinión
la Luna interviene mucho en la formación del polvo y he observado que hay días
que es inútil levantar el polvo de la casa porque está como imantado. De manera
que si es cierto que la Luna influye en los bancos de atunes y en las borras,
como a mí me lo parece, no necesito saber más.
Dicho
esto habrá que añadirse que uno de los ejemplares singulares de la flora de
Europa, como íbamos diciendo, es el camelio del Palacio de Pillnitz en
Alemania. Fue un regalo del emperador del Japón el
año 1776 y primero estuvo en Inglaterra, al parecer. Se suele decir que es
el camelio más viejo de Europa, pero yo diría que el Matusalén del Parque de
Castrelos en Vigo por lo menos es casi tan grande y si no es tan viejo le debe
andar por ahí. Desconozco la razón por la que hay tantos camelios en Galicia,
pero ayer vislumbré uno en flor en la tele, cuando hacían un reportaje sobre la
fiesta de los Pepes de El Ferrol. El milagro se produce cada año, el de las
camelias digo. De una de sus 100 o 250 especies, según quien las cuente, de la Camellia
sinensis, procede el té. Como tampoco está nada claro si es un árbol o un
arbusto, me decanto por la primera opción y punto. La flor, cuando llega al
final de su vida se deja caer de una vez y para el sonido que hace ese
desasimiento y ese dejarse vencer tienen los chinos en su lengua una palabra,
según le oí una vez a Álvaro Cunqueiro. El ilustre escritor de Mondoñedo,
equiparable a Josep Pla, también decía que los gallegos se parecían a los
chinos en que se lo comían todo y no vivían -esto ya lo digo yo- bajo el
imperio de aquellas páginas de la Biblia que han determinado nuestra
gastronomía. Pero, bien mirado, gracias a que los judíos no pueden comer cerdo
o pulpo, tenemos más para nosotros. Perro no comemos.
(*) El pufo es, hasta donde y se, un arreglo por el cual hay un quítate de ahí
que me pongo yo, pero en el que a veces ni siquiera los afectados saben donde
están ni a cuento de qué. Es decir, hay algún caso en el que una plaza la ocupa
no la persona que tendría que ocuparla después de haber pasado un proceso
público de oposición. De cara al órgano de la administración inmediatamente
superior puede parecer que sí, pero en realidad esa persona la meten en otro
sitio en el que pueda ser olvidada y en su lugar ponen a alguien que no tiene
donde caerse muerto porque no ha ganado ninguna plaza pero que por los méritos
cualesquiera que hizo se considera que es insubstituible. Ahí tenemos dos
afectados, uno que está desplazado de su sitio sin saberlo y otro al que se le
ha hecho el pufo para retenerlo. La cosa se complica cuando un pufo
afecta a varias personas, cuando se desplaza a varias personas de su sitio a
fin de que no pueda destacarse tan claramente quien es el que ha sido
privilegiado con el pufo principal.

