on ese verso de Rosalía abrimos un post que se titulaba "Sweet home", sobre los confinados y los hikikomoris, esos jóvenes japoneses que están abrumados por el peso o la presión de la sociedad y eligen vivir aislados en sus casas o, mejor dicho, en una pieza de la casa de su familia. Un hikikomori es un nini o neet (ni estudia, ni trabaja), pero un nini no es necesariamente un hikikomori.
En el caprichoso mundo de las clasificaciones vemos, como en el diagrama, que las definiciones se van estableciendo por la distribución y/o la concurrencia de atributos.
El nerd (que aquí conocemos como "empollón" o "pitagorín" o "cerebrito") es generalmente más freaky que un geek obsesionado por la tecnología informática o un otaku, por ejemplo, puesto que un geek aún conserva habilidades sociales. La diferencia entre un dork y un nerd reside al parecer en la inteligencia: ambos son ineptos para la comunicación interpersonal, pero el dork es además tonto. Caso de que hagamos caso de estas clasificaciones, generalmente peyorativas, yo admito que me cuesta mucho trabajo distinguir un nerd (el empollón con aspecto asexuado o sexualmente atrofiado) de un dork, puesto que externamente ambos suelen representarse miopes, con acné, brackets ortodónticos y clara tendencia a la alopecia. Si un nerd es boffin y ha conseguido hacer de sus tendencias infantiloides edípicas un modus vivendi y trabaja en la investigación biosanitaria, o en una ingeniería, o en cualquier laboratorio o taller donde son necesarios sus servicios, que lo son, puede ser que su inteligencia no sea cuestionada, pero con toda seguridad se le reconocerá porque cuando se sale del guión (un cálculo, un diagnóstico, lo que sea) y -por un decir- hace una broma, ahí da como miedo o pena. Ahí, en las bromitas, es donde un boffin, un dweeb, un nerd y un dork son más o menos por el estilo o muy coincidentes. Tal vez el nerd las prepara y las ejecuta con mayor fruición y un dweeb nunca será cruel. Por eso y por mucho más suelo decir que las bromas son algo muy serio e importante y por lo menos a mí me dan una impresión mucho más fiable que la que pueden dar las muestras de inteligencia y su ostentación. De toda la flora o fauna referida, destaca el nolife verdadero que, a diferencia de los otros, jamás hace el ridículo per se.
Todo esto de las clasificaciones asquea bastante y no le veo la utilidad, pero hay que referirse a ellas para dar a entender que nada de lo humano y de lo inhumano nos es ajeno. En cualquier caso sí que es cierto que nos sentimos atraídos o más seguros y confiados cuando estamos con un determinado tipo de gente. Vemos conocidos que van cambiando de pareja pero que parece que siempre están con la misma, por el enorme parecido que guardan. Se diría que no hacía falta que hubieran cambiado de pareja. Así que los rasgos externos o lo que conllevan y las apariencias son como un gancho. Es curioso darse cuenta de repente como no hace tanto la camarilla de ministras, etcétera, de José Luis Rodríguez Zapatero eran todas rubias o con el pelo teñido de rubio. Ahora la excepción es Rosa Aguilar, que va de morena, y que pertenece a Izquierda Unida (más a la izquierda de Zapatero de lo que lo está Hillary Clinton de Barak Obama). Hasta hace nada el idealismo de José Luis Rodríguez Zapatero nos recordaba el de Barak Obama, o viceversa, pero desde que Obama ha reconocido públicamente haber fallado (cosa que nunca hará nuestro presidente del gobierno), el parecido se ha diluido. Por otra parte, en mi opinión claro está, el electorado estadounidense es más maduro democráticamente hablando que el electorado español.
Cuando
la memoria de Rosalía de Castro fue ultrajada (si se me permite un término
folletinesco) por un comentario desafortunado del pseudonerd, cursi,
parrochón y barbilindo Luis
Antonio de Villena, me vinieron a la memoria los mejores de los más
metafísicos versos de la principal autora del Rexurdimento gallego. Un lugar
donde también se encarnó el dolor de Rosalía de Castro o los dolores fue en el
Cementerio de Adina, donde estaban enterrados algunos de sus hijos. El lugar
donde se va el dolor no es una frase que haya tenido el éxito de la
del olor de las nubes o aquella otra del material de los sueños,
pero para mí es una frase con mucho alcance y cargada de razón. No creo que a
mí me gustase ir al lugar donde están mis dolores, no sé. Tal vez hay que hacer
nuestra la idea que nos dejó no sé si Proust o Dostoievski (tan
distintos) de que teníamos que encontrar nuestra felicidad en nuestro
sufrimiento. Esto no sirve para Trufa, está claro. Un perro necesita un amo. Un
buen señor, como se dijo para el Cid Campeador. Yo no le serviría a cambio del
que la ha abandonado, probablemente ¿Dónde se van, me pregunto, los amores no
correspondidos? ¿Dónde las desilusiones? ¿Las decepciones? ¿Las traiciones?
Este
verano capté en el patio de vecinos unas imágenes de la primera hora de la
mañana en que dormían o dormitaban beatíficamente el conejo
belier del piso de abajo, el gato
del entresuelo, y la perra Trufa.
A todo le llamamos vivir.


