Tanto el folly de
Ferdinand Cheval, llamado Palais
Idéal, como los templos hinduistas en los que parece estar inspirado,
están todos en “plena” naturaleza, y sea porque nos hemos acostumbrado a
ellos, sea porque no son tan aberrantes, nos parecen más armoniosos. Al
parecer, según fue dicho estos días atrás, en el transepto de la Basílica
cabría nuestra otra Basílica, la del
Mar, entera, con pináculos, campanario y gárgolas incluidos. Cada cual
tiene sus gustos, pero yo no me he dejado impresionar nunca por el tamaño, así
como tampoco le he visto la gracia al desarrollo de “Las Meninas” de
Velázquez en 3D o a las recreaciones de José Manuel Ballester en los
“Espacios
ocultos” [enlace roto], donde se representan “El Jardín de
las delicias” de El Bosco, “La
anunciación” de Fra Angelico, o el “Paisaje
invernal” de Pieter Brueghel desprovistos de las figuras humanas,
monstruosas y divinas de los originales. Está claro que lo que hace de la
cúpula de Hagia Sophia una maravilla es su tamaño, creo, pero el tamaño
no lo es todo. El arte no es sólo un espectáculo o una proeza. Ya
sabemos que puede ser algo muy sencillo, lo mismo que un buen experimento
científico no tiene por qué ser complicado. Insisto en que es mi opinión
particular. Sí, hacer un Taj Mahal de palillos redondos es admirable, pero no
necesariamente es arte.
Todo esto era para referirme a la Granja Pallaresa
(1947), en la Calle Petritxol. Apenas ha cambiado desde que yo iba a
mis 18 años con asiduedad. En “Gracias,
niebla” ya me referí a las granjas catalanas como establecimientos donde
podemos comprar y degustar productos lácteos y la repostería asociada. Por
el ángulo en que suelen estar tomadas sus fotos
ya se advierte que la calle Petritxol es estrecha. Apenas tiene unos tres metros
y parece que fue la primera calle peatonal de Barcelona. Una placa al lado de
la Granja (o chocolatería) Pallaresa recuerda que ahí al lado ensayaba la
soprano Montserrat Caballé en un estudio. Además en la calle hay otra
“granja” o chocolatería (“Dulcinea”), que ya era una taberna en el año
1789 –según BCN
gourmet- pero que empezó a ser una granja o vaquería el año 1930. Creo que el
retrato que se ve al fondo de la entrada corresponde al dramaturgo Àngel Guimerà,
pero en estos momentos no puedo asegurarlo. Más allá, tocando la calle del Pi
estuvo hasta hace bien poco la Granja “La Xicra” (en español sería
"La jícara"). Esta sucesión de granjas permitió al periodista J. Mª.
Huertas Clavería darle a la calle Petritxol el nombre de “calle dulce” o carrer
dolç.
Servidora es más de salado que de dulce, pero el menjar blanc reusense a base de almendras o el suizo (chocolate con nata por encima, por 2,85 €) de “La Pallaresa” con una ensaimada son muy reconstituyentes y deliciosos. El otro establecimiento de Barcelona con raigambre y recomendable a los golosos es la Horchatería Valenciana fundada en su anterior ubicación el año 1910. Allí es recomendable tomar unos fartons y un zumo de naranjas valencianas recién exprimidas.

Con las referencias a la Granja Viader en “Gracias,
Niebla” y a estos otros establecimientos (“La Xicra”, “Dulcinea”, “La
Pallaresa” y “Orxateria valenciana”) no doy por agotado el tema ni mucho menos.
Sólo me permito apuntar dos datos más: el servicio es muy bueno y tradicional,
atento, y casi nunca he visto en esos lugares turistas. Cuando más adelante
hablemos de otras cafeterías y bares históricos de Barcelona, tendremos
que decir que están llenos de turistas. Y es que con tanta Sagrada
Familia ir a tomar un cortado (vasito de café con un poco de leche) es estar
entre turistas y camareros que a veces apenas conocen los idiomas en los que
nos movemos. En "La Pallaresa" no está permitido fumar y eso aumenta
el disfrute de los sabores y los aromas.
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(*) “LA IGLESIA DE LA SAGRADA FAMILIA.
En el 1882 se empezaron las obras. A la entrada de la
verja se ve esta fecha y, en la piedra, la tiara del papa y unas grandes llaves
de San Pedro.
La iglesia de la Sagrada Familia es un edificio
modernista que no tiene ni pies ni cabeza. Esta iglesia dicen que estará
adornada de herrajes con formas obscenas y da la impresión de un modernista de
melenas que se ha vuelto loco y dan ganas de preguntar cuál es la iglesia, pues
su mérito mayor es ese de que no se sepa donde está la entrada. Hay unas torres
llenas de agujeros inútiles sólo decorativos. Las columnas que sostienen el
templo están aplastando a dos grandes tortugas que tienen los ojos fuera.
También hay caracoles enormes sacando los cuernos al sol. En el pórtico hay gran
cantidad de cabezas de burros y un racimo de figuras tocando la trompeta y aves
de corral: gallinas, pollos, y faisanes; también hay una mezcla de rosarios y
libros de misa”. José Gutiérrez-Solana, La España negra.

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