inalmente ya tenemos el rompecabezas (Vídeo de Camarón, Rocío Jurado, Tomatito, Curro Romero y Carlos Herrera) solucionado, gracias al fino oído de Manolotel:
Tengo que armar un tangay
con esta verdad
sencilla
tengo que armar un tangay
La mitad del mundo es Cai
y la otra mitad Sevilla
Cai, Sevilla, Sevilla y Cai,
yo he visto el mundo, primo,
esto es lo que hay.
¡Qué paz! No vamos a quitarle mérito a Manolotel, siempre tan gentil, diciendo
que, claro, vive en el sur de Andalucía y por lo tanto está avezado al
acento y la dicción andaluzas. La cosa estaba difícil y ya
estaba tan escamada que iba a acudir a una amiga de Huelva, Carmen. Y eso que
no me he metido con el cantar de Camarón, que ya estaría malo. Total ya se veía
venir que lo que nos faltaba no le quitaba ni le añadía sentido, pero me cuesta
mucho darme por vencida en estos asuntos. Acostumbrada a leer letra
de médicos, incluso la mecanoscrita (que sólo arroja un poco
más de claridad), desentrañar el significado de algunas palabras ilegibles no
presenta para mí demasiada dificultad, sobre todo una vez que ya estoy
familiarizada con quien escribe. Hay personas que escriben como aljamiado,
como en el alfabeto árabe y escriben diferente una letra según esté al final de
la palabra, en medio o al principio. A veces hay adornos innecesarios,
rúbricas, otras faltan trazos fundamentales o
característicos de cada letra. Vamos, que no me extraña que la escritura a mano
sea una prueba pericial y que no haya sorpresas respecto al temperamento y la
personalidad de cada cual.
No hay pues escritura que se me resista, pero a cambio mi oído –aunque soy
capaz de percibir psicofonías en la lavadora
y coros de querubines en el chup-chup de la
sopa- es incapaz de afinar demasiado en los célebres listening de las clases de
inglés y en todo lo que se le parece. La inquietud que me produjo no poder
resolver la copla, aunque teníamos la pista de que tenía que haber una palabra
que rimara con “Sevilla”, sólo es parecida a cuando tengo una laguna mental y
no consigo recordar una palabra que sé. Como el otro día, cuando vi cerca del
Coliseo una mata de acantos. Estuve como
dos horas dándole vueltas a la cabeza hasta que la palabra “acantos” volvió a
mi boca. Se dirá que es una palabra que se usa poco, pero es que esto mismo me
pasa sistemáticamente con la palabra “puntal”, que es mucho más usual. Hasta
hace bien poco Barcelona estaba llena de puntales para restaurar las fachadas.
También hay acantos, por la sierra de Collserola, pero como hacía tiempo que no
había visto…
A lo mejor servidora no está mucho por “le mot juste” pero le
tiene a muy mal traer tener una palabra, como se suele decir, en la
punta de la lengua. Como un pelo. Por ese motivo he tenido que
recurrir a todos los trucos y recursos que se pueden imaginar. Por ejemplo,
allá en Roma pensaba “en cuantito llegue a casa me conecto a internet y busco
las columnas de orden corintio,
y seguro que ahí pondrá lo de las hojas de la planta”. Un poco es como cuando
hace unos años iba a la tienda de discos
Gong, ahora en Consell de Cent con Rambla de Catalunya, y
había una experta dependienta en la sección de música clásica, bandas
originales, étnica y new age. Yo le decía “estoy
buscando un disco de un pakistaní muy gordo que canta con una percusión de
fondo unas canciones muy largas y que te ponen como en trance”. Y me llevaba a Nusrat
Fateh Ali Khan como si nada. A veces ni eso, iba y le
tarareaba más o menos la música que buscaba y la buena mujer tenía tan buen
oído y una cultura musical tan vasta que sin el menor problema me llevaba al
otro lado de la laguna Estigia de mi
ignorancia. Se debió de jubilar y se ha perdido con su ausencia una fuente de
información incalculable.
A pesar de todos los recursos electrónicos, enciclopédicos o lexicográficos que
hay, para mí presenta aún una cierta dificultad no tanto reconocer una figura
retórica como recordar su denominación, saber cómo se llaman aunque sea el 10%
de las herramientas, etcétera que hay en una ferretería o una mercería
y pedirlos por su nombre sin necesidad de ir con la muestra o recurrir a la
mímica. Pero el placer de saber el nombre de algo para mí es
inferior al placer de encontrar algo que no sabía que existiera o el placer de creer
(como Rilke) en lo que todavía no ha sido dicho.
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