Creo que mi posición moral está en un
lugar perdido e invisible entre Bartleby
y Bartlebooth, éste último no tan conocido como el personaje de Melville.
Bartlebooth, uno de los numerosos personajes de La vie mode
d'emploi, de Georges Pérec, pinta
acuarelas que luego hace cortar en piezas de puzzle para después recomponerlas.
Es fundamental señalar que Bartlebooth sabe que no está especialmente dotado
para la pintura y mucho menos para la técnica de la acuarela, que parece ser
que es la más difícil. Servidora, sin embargo, estudia guitarra.
En mi vida laboral he hecho demasiadas veces tareas inhumanas y se me han confiado faenas (en los dos sentidos de la palabra faena) alambicadas y tremendamente alienantes. No me ha sido difícil -todo lo contrario- desentenderme de ellas y cumplir aquel precepto del yoga por el cual debemos desprendernos de los frutos de nuestros esfuerzos. Además, como por regla general los resultados de mi trabajo de hormiguita se los apropian mis superiores jerárquicos, hasta pasaría por santa si no fuera porque deseo a veces que todo sea inútil incluso para los superiores jerárquicos. No vivo bajo la presión del éxito, como dirían las Guerrilla Girls.
Más allá de la cultura del esfuerzo y
la constancia y los milagros luteranistas está la matraca del crecimiento
personal (a la que espero que le queden dos eurovisiones), pero
-en este caso, sí, por pura pereza- me voy a limitar a la manía de la
productividad, de las encuestas de opinión y del individualismo. Como mucho
habría que tratar de definir los frutos del esfuerzo penoso en este caos
organizado kafkiano, la pura carambola del principiante y las
mañas de los tramposos. Pero es que me da una flojera...
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