Aunque la misma frase remita a dos
objetos distintos (en el caso de Tom Cruise, médico, es una cartera; el caso
del aspirante a ministro, es un attaché o maletín) vienen a
significar lo mismo. Que el papel típico del esposo típico
encierra un cierto desdén o descuido por las cosas materiales y pequeñas. Ya
sabemos que si además el asunto de los roles lo llevamos hasta la caricatura,
se considerará ocupación de los débiles mentales el hacer caso a cosas sin
importancia. Las cosas sin importancia se van situando y encasillando en el
terrreno de las dotes de la intuición y de la organización
doméstica microeconómica. Al lado de esta realidad o encima de
ella se ha ido construyendo con pruebas más o menos científicas la gran teoría
de que existe una inteligencia (o una
estupidez) masculina y una inteligencia (o estupidez) femenina. Esta tesis es
tan famosa que sólo basta recordar uno de sus argumentos más socorridos: la
facilidad de los hombres para interpretar un mapa se contrapone p.e. a
habilidades femeninas como la facultad para hacer varias cosas a la vez.
Seguimos con Gertrud. Después de la
escena del espejo, el marido le pregunta para darle a entender un
ascenso: "¿Te gustaría ser la esposa de un
ministro?". Gertrud en una muestra de humor nórdico
digna de ser señalada le responde que le tiene que decir con cual de ellos. La
muestra de humor es digna de señalar porque el humor nórdico es un gran desconocido
y porque enaltece una respuesta benigna ante una pregunta inofensiva pero
cargada de roles sobreentendidos y de una cierta
vanidad. El valor de esa respuesta se ve confirmado y aún matizado por otra
frase que pronuncia Gertrud un poco más adelante: "Me hace reír pensar en
toda esa pobre gente que se permite amar aunque no sean nadie, ni artistas, ni
celebridades". El diálogo se produce como otros que hay en la película
–entre ella y el poeta, el músico o el profesor- sin que se miren. Se ha querido
ver un gran parecido entre los fotogramas de Dreyer, sus blancos deslumbrantes,
la soledad de sus figuras, la sobriedad, con los cuadros de Vilhelm
Hammershøi. La soledad de las figuras, que esconden su mirada o
la abisman en sus pensamientos, también recuerda los retratos (que no lo son)
de Edward Hopper. Por esta razón no me extrañó
el título de la película de Kubrick ni los ojos abiertos de
par en par de Nicole Kidman, quien por entonces era esposa de
Tom Cruise en la vida real. Ni tampoco me extrañó que en la escena masónica de
los dominós y las máscaras, el pianista tocara como Mozart con los ojos
vendados.
La influencia del cine en las
costumbres es innegable y perversa. Pero quiero creer que entre la
"literatura" inagotable de títulos como ¿Por qué los
hombres mienten y las mujeres lloran?, ¿Por qué los hombres se equivocan y las
mujeres se confunden?", ¿Por qué los hombres no se enteran y las mujeres
siempre necesitan más zapatos?, ¿Por qué los hombres nunca recuerdan y las
mujeres nunca olvidan?, ¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no saben
leer mapas? , etc., quiero creer -digo- que entre esos bodrios y
las obras geniales de Dreyer y Kubrick, hay un espacio de normalidad.



