Porque yo antes de ti
estaba congelao hasta que te vi
Tumbaíta a mi lado
¿Pa qué quiero er pil-pil?
Teniendo nuestro amor de estrella Michelin
Pues yo antes de ti
más sola que la una
sin un perejil
esperando que la olla empezara a hervir
y ahora tengo tu amor de estrella Michelin
Maui de Utrera, La acelga y el lenguao
Ay, Utrera! cuanto arte
que tó el que pisa tu suelo
se emborracha con tu cante
Mayte Martín, Sal de aquí
arece que la gira mundial de Rosalía Vila no pasa por Madrid, aunque actuará 4 días en Barcelona y se dice que ya tiene todas las entradas vendidas. Quien sí va a actuar en Madrid es Maui de Utrera, de quien he oído una canción muy enganchadiza que se llama "La acelga y el lenguao". Maui es graciosa, tiene gracia. En sus entrevistas del lanzamiento de su último disco, explica que su padre es Diego Ramírez, del grupo que relanzó a finales de los 90 "El toro y la luna". Por un error que se va transmitiendo durante la campaña de promoción, en algunos casos se llega a decir que D. Ramírez compuso esa genial canción, pero en realidad es de Carlos Castellano y fue un gran éxito de los 60 interpretado por varios cantantes sucesivamente. El pelotazo de "El toro y la luna" en la versión de Los Centellas le permitió a Diego Ramírez decirles a los miembros de su familia que pidieran lo que quisieran: su mujer le pidió una cocina nueva (!), un hijo le pidió el carnet de conducir y Maui le pidió la carrera de violoncelista.
En la entrada de la Wikipedia para Carlos Castellano se filtra un error descomunal cuando se clasifica como compositor de sardanas. Podría ser un error accidental o una de esas gamberradas que a veces encontramos en la Wikipedia. Aunque tengo cuenta en Wikipedia no voy a enmendar ese disparate, como tampoco he corregido otros que he advertido a lo largo de muchos años. Mis contribuciones son muy esporádicas y solo sobre temas que considero que, si no domino, por lo menos conozco.
Captura de pantalla de la Wikipedia (consulta: 13 de abril de 2026)
Hace unos años tuve un blog en el que recogí algún caso sobre delitos bibliográficos. Cuando digo "delito bibliográfico" me refiero a algún individuo no identificado que hizo desaparecer en la era analógica todas las páginas donde empezaba un artículo de un rival en las revistas que conservaban algunas bibliotecas de Medicina. Ese empeño suyo le sirvió al saboteador el tiempo en que esas revistas no se digitalizaron o mientras duró su enemistad con alguien en el plano académico o profesional. Lo que no podía suponer el criminal es que en aquel entonces por telefax o por Correos podíamos intercambiarnos reproducciones de artículos entre bibliotecas que no tenían que circunscribirse a Barcelona o a Cataluña. Conseguí el artículo en la Biblioteca del Hospital Marqués de Valdecilla de Santander, donde entonces teníamos a María Francisca Ribes Cot (Fanny) y restablecí una copia al ejemplar que se conservaba en mi Biblioteca.
A ese "delito" o falta tan chiflados solo podemos encontrar una justificación: que el que había perpetrado la eliminación de las páginas donde descansaba el artículo de mi usuario se sentía agraviado o la víctima de una injusticia atroz e incomprendida.
Otra malpráctica que estuve investigando a fondo fue una cita espuria. Un cirujano o ginecólogo había creado una cita bibliográfica a la que remitían todos cuantos después de él emplearon su procedimiento para realizar una operación. Hay algunos procedimientos quirúrgicos que adoptan el nombre de quien lo inventó. Este cirujano habló de su técnica en un congreso y de su intervención oral no quedó rastro alguno ni siquiera en un libro de resúmenes. A lo mejor intentó reparar esa carencia publicando en forma de artículo científico la explicación de su procedimiento, cuando ya había adquirido el epónimo, pero eso no lo podemos saber. El caso es que los ginecólogos cuando publicaban sus propios artículos y se referían a ese procedimiento, se referían a una cita inventada. Ese artículo no existía.
Yo descubrí la inconsistencia de la cita bibliográfica caminando hacia atrás, deshaciendo el progreso del procedimiento y llegué a la conclusión de que sin duda el hombre había inventado la cita y sus sucesores no la encontraron nunca pero no podían dejar de citarlo, fuera por cortesía o descuido. Los datos no cuadraban, no eran verosímiles. Por ejemplo en el año citado no existía ese volumen o las páginas no correspondían a ningún artículo. Los ginecólogos sucesores no podían dejar de citar esa cita espuria porque de manera normativa no puedes remitir a una técnica sin citar su fuente y por otra parte porque aunque no encontraban el artículo en las bases de datos al uso ni físicamente, al aparecer citado en los artículos previos, no podían obviarlo.
La ginecóloga que me pidió ese artículo, dado que quería apoyar el suyo con toda probidad, me preguntó después de mis pesquisas: "Qué hago: pongo la cita o no la pongo?". Le repuse: "Si lo citas abundas en un error; si no lo citas tienes que entrar en explicaciones que se escapan al tema del artículo y además dejas en evidencia a los autores que lo han ido citando. A mí el ginecólogo me da penita".
En aquella época seguramente no contaba tanto publicar y el pobre hombre tarde quiso reparar ese defecto. Semanas después mi usuaria me envió un pdf del artículo que le publicaron en una revista internacional de Ginecología, en el que por cierto me reconocía en los agradecimientos, y vi que citaba el artículo inexistente de su predecesor. Le guardamos el secreto.
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Marta D. Riezu en su libro titulado Agua y jabón se refiere a la historia de Joe Orton y Kenneth Halliwell, que fueron condenados a 6 meses de prisión, una pena sorprendentemente dura para el delito que cometieron, el de reformar los libros de la biblioteca pública de Islington Sur (en Londres). Esta pareja queer eran muy aficionados al collage. Devolvían los libros que les habían dejado en préstamo pero alterados: añadían contenido obsceno o absurdo, y lo alteraban con sátira social o sexual. Cuando fueron identificados (gracias a la máquina de escribir empleada) se les castigó duramente, pero con los años esas piezas adquirieron un valor que no es de extrañar. No creo que ocurra lo mismo con los pintarrojean los vagones de metro o de tren.
Uno de los ejemplares alterados más reproducidos en internet es una novela de Agatha Christie y también una historia de los Tudor dirigida o editada (en el sentido anglosajón de la palabra) por Katharine Garvin.
Imagen de un libro del año 1956 con la cubierta alterada por Joe Orton y Kenneth Halliwell
He podido encontrar en eBay un ejemplar bastante fatigado pero en el que se puede ver la cubierta íntegra, con las figuras de los reyes o celebridades que figuraban en el libro original. Podrían identificarse como Enrique VII, Enrique VIII, Isabel I, Tomás Moro, William Cecil y Eduardo VI.
Ejemplar inalterado del libro The great Tudors (1956)
Otra foto de un ejemplar idéntico en la que se aprecia el lomo, se pueden ver a Isabel I y a Enrique VIII. La señora del lomo alterado podría ser la actriz Spring Byington. El resto de personajes del cambiazo no los conozco.
La historia de Orton y Halliwell acabó bastante mal. Halliwell se murió por sobredosis de antidepresivos pero antes asesinó a su pareja (que al parecer quería dejarlo por otro) a martillazos. Tal vez podría evitar a mis dudosos lectores este dato tremendo. Escribir es por un lado tomar muchas decisiones y, por otro, plantear dudas o abrir hipótesis. Parece que a Orton le iba bien y que Halliwell estaba mal.
Ejemplar de una novela de Agatha Christie alterado por Orton y Halliwell
Conservo aún mi libro de Historia de 8º de E.G.B y reproduzco las imágenes que alteré de la página 10, de Descartes, Montesquieu y Voltaire. No fue idea mía, es lo que estaba de moda.

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Cuando nuestro rey Juan Carlos I decía anteayer en París admitir sus errores yo me acuerdo de cuando deslizó la palabra indiosincrasia, incorrección que podemos cometer cualquiera de nosotros y que además resulta simpática. Hace poco le oí decir, en RNE creo, a Pablo Echenique idiosincracia, que yo creo que es debido a la vacilación que tienen los argentinos para pronunciar la "c" (/θ/) y sus confusiones de ceceo y seseo, pero que conlleva a un neologismo curioso porque vendría a significar "el poder de las particularidades" o "de lo particular". Es una palabra que se podría muy bien para proponer una definición para esta época en la que no hemos conseguido el imperio de la igualdad pero si una especie de totalitarismo de la diversidad.
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