18/3/26

Las siete diferencias


n las últimas semanas hemos disfrutado en Barcelona de dos conciertos notabilísimos para piano y orquesta. El 17 de febrero en el Palau de la Música Seong-Jin Cho interpretó con la London Symphony Orchestra el Concierto para piano #2 de F. Chopin. Anteayer la Orchestra della Svizzera Italiana y Martha Argerich nos brindaron el Concierto para pinao #1 de L. van Beethoven en el Auditori.
Los dos solistas tienen una diferencia de edad de varias décadas y no los voy a comprar porque técnicamente no cuento con los conocimientos para osar hacer algo que ni se le parezca. Sí me atrevo  a decir que disfruté mucho de ambas obras y que el desnivel formal que hay entre orquesta y pianista es mucho mayor con Chopin. Por decirlo de otra manera: Beethoven tiene un dominio orquestral mejor. El concierto de Chopin es el piano con ráfagas orquestales que hasta resultan como un relleno.
Los cambios de registro de Beethoven en el concierto opus 15 contrastan con la emoción más literaria que trasmite Chopin, donde la melodía llega a ser hasta previsible. Desconozco qué tiene más dificultad y admito que me gustan las dos obras, aunque tal vez hay que decir que Chopin no es para escucharlo cada día, precisamente por su sensibilidad extrema romántica.
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Incorporo hoy al álbum el cuadro de Helene Schjerfbeck (1862-1946), que me recordó mucho las rosas de Antonio López (1936) que vi en su exposición en La Pedrera el año 2023. Bueno, que yo sepa no ha habido otra.
Acaso la comparación no enriquece la experiencia. No ocurría con los dos conciertos para piano y no ocurre con las dos pinturas de rosas. Pero es cierto que aquello de las siete diferencias nos hablan mucho del estilo de cada pintor. Y si ya teníamos claro la especial luminosidad del manchego, al ver las rosas de la pintora finlandesa aún se aprecia más. Y sin embargo la pintura de Schjerfbeck nos transmite una variedad de tonos prodigiosa. No veo cómo saber si el efecto más opaco del cuadro de las rosas amarillas tiene que ver con la degradación de los pigmentos o incluso con la suciedad, cosa que pude advertir en gran parte de la colección de Solana en su casa-museo en Madrid. Siento decir que en los azules marinos  parecía disolverse la roña de las coladas de unas cuantas casas. Pienso que en el caso de los cuadros de Solana se han conservado mal los azules. 
Volviendo a la pintora, esas rosas son magníficas y captan la forma de estar de las flores. Y su forma de ser, habría que añadir. Algo que las mantiene en su espacio y que añade una cualidad especial a la posición. La rosa que lleva el jovencito al que muerde una lagartija en el cuadro de Caravaggio, recuerda la rosa del soneto 1 de Shakespeare, aunque la rosa de Caravaggio ya está algo marchita, sin turgencia,  y la del soneto no. Las rosas de López y de Schjerfbeck poco tienen que ver con mordiscos y jovencitos.
Se suele decir que la representación botánica ha de tender a ser un modelo ideal, no un retrato individual.  Incluso los grandes ilustradores botánicos representan una planta en todas sus fases y Les rosacées de Redouté muestran sus rosas abiertas y con capullos, espinas, el haz y el envés de varias hojas, las yemas, los peciolos en desarrollo y ya formados. 
La cuestión que añade la representación artística es una emoción del momento y eso lo encontramos tanto en la finlandesa como en el manchego. Por eso el realismo o, mejor dicho, el hiperrealismo, a mi entender no aporta más que un dominio técnico admirable (que también se puede encontrar en otras obras de arte menos exigentes) con el detalle de calidad indistinguible de la imagen fotográfica. Hay pintores cuya habilidad para el hiperrealismo es muy remarcable, pero en mi opinión eso no es arte. Y lo dejo así.
La pintora de nuestras rosas amarillas tiene otro cuadro más sensual con rosas rosadas y rojas dispuestas o inclinadas, echadas, sobre una superficie. Si no fuera por las hojas, que son claramente de rosas, podrían pasar por peonías. La profundidad que transmiten estas pinturas reta todo comentario.
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Helene Schjerfbeck sufrió un accidente doméstico a los 4 años que le dejó mal la cadera y que le condicionó a llevar una vida sedentaria. Pero hasta donde yo he podido ver, en sus cuadros no encontramos ningún signo de sus impedimentos. Su obra es en gran parte una sucesión de autorretratos, retratos de otras personas, bodegones.
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Ayer me llegaron la consabida encuesta y la información sobre la actuación de Martha Argerich y Charles Dutoit, que es el director de la Orquesta de la Suiza Italiana. En realidad la comunicación, de M. Ayguadé, se refería al "tándem", un tándem que yo no sé ver porque la semiología deportiva me aturde. En realidad, y no deja de tener su gracia, Charles Dutoit es el padre de la segunda hija de Martha Argerich y fueron pareja entre 1969 y 1973, hace muchos muchos años. 

Rosas de Ávila VIII (Antonio López, 2014) [impresión glicée]

Helene Schjerbeck, 1888 aprox.

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