El arrimo es tan viejo al menos como la popular locución latina "Asinus asinum fricat" (el asno se restriega con otro asno). La frase se usaba en Roma para referirse al arte de codearse en sociedad y hacer gala de unos reconocimientos recíprocos. Lawrence Durrell en Justine nos ofrece la versión anglófona: "The cocktail party – as the name itself indicates – was originally invented by dogs. They are simply bottom-sniffings raised to the rank of formal ceremonies" (“El cóctel —como su propio nombre indica— fue inventado originalmente por los perros: simples olfateos de trasero elevados a la categoría de ceremonia formal.”)
Las citas falsas buscan hacerse virales al arrimo de un nombre célebre o prestigioso. La que reproduzco tiene una cierta elaboración y eso no deja de concederle algún mérito, pero dentro de los usos culturales clásicos es torpe. Sobre los llamados "creadores de contenido" ya escribí antes y solo podría amontonar más datos, pero no más razones de descrédito. Además, en el fondo, hay que dejarlos vivir. Con las herramientas de la inteligencia artificial cada vez es más fácil identificar las fuentes.
En mi entorno social y con la perspectiva que me han dado los años he visto que hay cocktail parties en forma de clubs de lectura, presentaciones de libros, etc. El tiempo que se pierde en estos regodeos se le roba a la escritura y a la "creatividad". O no, tal vez sea rentabilísimo.
Desde diciembre han fallecido 4 periodistas que pertenecían más o menos a la misma generación: Gregorio Morán de 1947, Alfonso Ussía de 1948, Fernando Ónega de 1947 y Raúl del Pozo de 1936. Hemos podido comprobar en los medios el eco de sus sepelios y necrológicas panegíricas. También hay quien aprovecha para recordarnos cuestiones como el pasado falangista de Ónega y otros chismes, pero generalmente se ha hablado muy bien de todos ellos y parecía incluso que algún periodista se respaldaba en ellos para darse importancia.
Admito que de los cuatro periodistas solo leí durante la época más turbulenta del Procés a Gregorio Morán sus Sabatinas intempestivas. No me atreví con su libro El cura y sus mandarines: historia no oficial del bosque de los letrados, cuya publicación se abortó en Planeta pero que salió adelante al margen de mi borreguil generación, que aún cree los productos y subproductos de la RAE a pies juntillas, como si el Diccionario fuera el Código civil y los académicos bacantes de excelsa pureza. Lo acabaron por cesar los de La Vanguardia, aunque era aún posible últimamente seguirlo en The Objective.
Ónega lo oí alguna vez, si no me equivoco, en Onda Cero, y me resultaba de estilo cursi pero escocido con c. Cuando desconocía su pasado en la Falange ya me parecía servil. En general me siento más interesada por firmas que desconozco. Ayer en el colmo de la adulación más ridícula alguien de esRadio niveló la experiencia que pudo gozar Raúl del Pozo al haber coincidido con Cela pero también con Jiménez Losantos (!). Y, en fin, por acabar, y en resumen, se da una cuenta de que en el fondo de todos estos intercambios de lisonjas y friegas hay un amiguismo y una lambisconería que producen más bien alipori. No es amistad, es amiguismo.
La labor periodística de Federico (Pfizerico) Jiménez Losantos es muy útil porque nos proporciona informaciones que de otra manera sería difícil tener, pero su lado nocivo también es notable. En cualquier caso yo no soy quien para repartir ni bulas ni sanciones a las plumas patrias, solo pretendo señalar el individualismo, el amiguismo, la manía que tenemos en España de elevar altares y poner ménsulas con fervor más propio de las aficiones taurinas y futbolísticas.
Se atribuye a Josep Pla la frase de que la cultura es chismografía y a Terenci Moix la afirmación de que los chismes circulan en nuestro país con una rapidez trepidante, comparada con la rapidez con la que circulan las ideas.
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Me he reído mucho tanto con Gerald Durrell como con Terenci Moix, y eso no tiene precio. Así que tenía que "arrimarme" a estos autores para defender la idea de que lo mejor es enemigo de lo bueno en muchos sentidos, y no solo para desenmascarar la falacia del nirvana. En mi teoría es preferible lo bueno que lo mejor y eso en todos los ámbitos. No es que esté en contra de la excelencia, es que prefiero simplemente las cosas bien hechas, con la intención de hacerlas con cuidado, atención y oficio, sin trampas. Como dijo Napoleón, "quien lo probó lo sabe".
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