Leemos en la Wikipedia (*):
"Ware, al igual que estos [**], no entiende el cómic como ilustración, ni como literatura, ni como una simple yuxtaposición de ambas, sino como un todo distinto de lo anterior. Juega con la plancha, huyendo de la habitual secuencia lineal de viñetas: la composición de la página se puede complicar tanto cómo sea necesario para conseguir el efecto que el autor desea. Imagen y texto se funden: la imagen actúa como texto, simplificando el dibujo y convirtiéndolo, a veces, prácticamente en un simple signo, alejándose del realismo (Ware considera este una barrera para la implicación sentimental del lector); el texto, por el contrario, actúa muchas veces como imagen, retorciéndose, ocupando de forma completa la página, siendo más que escrito, dibujado. Así, no puede decirse que Ware sea solamente un escritor o un dibujante, sino que también es un tipógrafo, un diseñador. Todo lo anterior lleva a un dibujo icónico, de líneas rectas y colores planos, usando sencillas perspectivas. Esto ha llevado a que algunos hayan calificado, aunque sin negar su perfección formal, a la obra de C. Ware de fría y falta de emociones, aunque realmente es todo lo contrario: todos los recursos estilísticos están dirigidos a la transmisión de sentimientos".
Sin quitarle mérito a Ware, obviamente, faltaría más, cuesta percibir en unos dibujos aparentemente tan racionalistas los sentimientos. También me cuesta ver el parentesco con Krazy Katt, una historieta en que Krazy es un gato de sexo indefinido. Ahora diríamos no binario.
Krazy persigue al ratón Ignatz pero su amor no es correspondido y además es muy arisco y le lanza ladrillos a la cabeza. Cuando emitieron esta historieta en dibujos animados en RTVE en los años 60, me entusiasmaba. Recuerdo que el gato era siempre una gata (la cosa no estaba para veleidades transformativas ni géneros fluidos). Cuando Ignatz le pegaba un ladrillazo ella se quedaba arrobada diciendo algo así como "¿No es él adorable?". La IA niega tal frase, pero confío más en mi memoria en estos momentos.
Esta historieta de la gata loca (*gate loque) era tremenda porque el mismo esquema vicioso de maltrato y enamoramiento se iba reproduciendo constantemente. Y la obsesión de Ignatz por los ladrillos llega a su tope máximo cuando recibe una máquina lanzadora que le libera de usar las manos y que le permite lanzar montones de ladrillos con rapidez. En algún momento Ignatz es encerrado en la prisión de Coconino y es de tocho visto. La obsesión de Ignatz por los ladrillos me recuerda a la de Scrat, la ardilla de Ice age, por las bellotas, aunque la de la ardilla es más simpática y comprensible.
El sentido del humor de Herriman es más que reprobable pero algo me dice que se hace entender en cualquier lugar del mundo, que trasciende los códigos culturales, religiosos e históricos. Aunque los dibujos de Herriman son primitivos y los trazos no son nítidos, como si pudieran y quisieran ser el ejemplo opuesto a los dibujos de Ware, tienen una gran expresividad y dinamismo. La composición (el lugar de cada elemento en el plano) deja un efecto bonito.
La capacidad de Ware para retorcer las viñetas y adoptar composiciones complejas y colocarlas de forma que reta toda convención gráfica, no sería del todo desconocida para Herriman, que llevaba 23 años en el otro mundo cuando nació Ware. En Herriman había más libertad y en Ware más complejidad, una complejidad casi neurótica, de killer samurai sudoku.
Pero, como dije al principio, mi ignorancia sobre historietismo o cómics es casi total. A partir de este punto me decidí a comprar un manga, solo uno. Si alguien va a las librerías especializadas Continuará o Norma Comics y no es aficionado a los manga, se sorprenderá de la gran cantidad de material que muestran. En Continuará incluso me dejaron caer que el orden de sus ejemplares estaba determinado bastante por la falta de espacio. El año 2022 la BBC pudo afirmar que el 40% de la producción editorial japonesa era de manga.
Como no sabía por donde empezar, especialmente porque no voy a dedicar más tiempo al género y me la jugaba toda a una tirada, me dejé llevar por una recomendación que cogí al vuelo en la radio. Además, como comentaron que ese manga tenía un color lima dominante, en contraste con el negro, creí que era fácil encontrarlo en cualquier librería, como así fue. Una locura fue cuando me di cuenta del enorme número de manga que había en Continuará. Distinguí el "mío", aunque elegí una segunda entrega. Gracias a los libreros reparé a tiempo mi error para ir a la primera entrega. Cuando les pregunté por la disposición de los libros también les dije que era mi primera vez, así que me advirtieron de que llevaba la segunda parte y no la primera.
De todas maneras de la primera entrega a la segunda entrega puede ser que no ocurra gran cosa, ya que el tiempo en este tipo de publicaciones sufre como congelaciones. El manga que yo compré se titula El chico que me gusta no es un chico (2022) y es de la autora o mangaka Sumiko Arai. Es del subgénero yuri manga (a chica le gusta chica). La sensibilidad está muy alejada de lo que yo conozco, pero ya una ha llegado a un punto de marchitez en que incluso Proust le parece a veces de una cursilada insufrible y lo de Pla roñoso y lleno de miserias. Pero hago constar que como experiencia visual me ha resultado de lo más interesante.
Hago constar que mi mención a la gata no binaria de Herriman no estaba prevista en función de la temática del libro de Arai. Vino a cuento por la cita de la Wikipedia, sobre la que aún me queda por reflexionar. Pero como la Wikipedia está hecha con inteligencia colectiva, a veces es inconsecuente un párrafo con el siguiente.
Una de las cosas que primero llama la atención de los manga es el formato. Hace muchos años había hojeado otro manga y se mantiene el tamaño, el peso y la estética. Sin embargo desde entonces hasta aquí veo que han adoptado la forma de lectura japonesa. De derecha a izquierda y de arriba abajo. Además de desconcertante para el novato, veo el inconveniente de que cuando pasas de la página de la derecha en la parte inferior a la página de la izquierda en la parte superior, no dejas de hacer un recorrido zigzagueante.
Aunque algunos expertos comentan la regla de la T, en la que se encajan las viñetas del manga, como un modelo más fluido que el occidental, en mi modesta opinión creo que la rapidez con que los japoneses consumen sus publicaciones se debe en parte a la costumbre y en parte a su forma de vida. Es decir, por una parte están acostumbrados a "leer" de esta forma y por otra parte este tipo de publicaciones se debe de consumir en unas circunstancias de apresuramiento o avidez que soy incapaz de adivinar. Tendría que verlos.
Que este formato se haya impuesto hace mucho por la cohesión de los aficionados, que así se atrincheran en un lenguaje especial, como ocurre con otras aficiones, no sería raro. Tampoco infravaloremos el prestigio de lo japonés: "el método japonés para alargar la vida", "el truco de los japoneses para", etc. Ese prestigio es tan flagrante que nos costará encontrar un solo ejemplo de algo que sea negativo, más allá de la caza de delfines.
Aunque según ellos (los expertos) el sentido occidental de lectura, de izquierda a derecha, no es "natural", podríamos alegar que al tener el manga abierto, el camino de la última viñeta ─de acuerdo con el diagrama, la viñeta 8─ a la primera de la siguiente página, nos resulta a muchas personas más suave. En fin, como digo, nihil scio, y me parece que todo es muy artificioso y pura mercadotecnia.
También en parte el formato es por la voluntad de los autores de manga, que pretenden conservar el espíritu original.
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Convencionalmente en las bibliotecas también se reproduce el sentido de la izquierda a la derecha, cosa que tendría que permitir en principio a cualquier persona orientarse bien en cualquier biblioteca. Creo que en algunas bibliotecas se han introducido variantes. Por ejemplo: lo normal es seguir un orden de izquierda a derecha de arriba abajo para todos los libros que no son de gran formato. Históricamente los libros de gran formato, por su peso, se dejan en la parte más baja de la estantería. Este ordenamiento hace que en la estantería superior vaya la A (por decir un orden, el alfabético) con los libros de izquierda a derecha, y que continua en la estantería que hay justo debajo también de izquierda a derecha. Como en los cómics.
En algunas bibliotecas y librerías he observado que alinean los libros a lo largo de los estantes pero sin contar con esos 80 cm de corte, sino a todo lo largo de la pared. A lo mejor se hace para comodidad del lector, que tiene que recorrer las librerías con la cabeza como la de un juez de línea con la añadidura de que los lomos de los libros a veces se leen con la cabeza ladeada a un lado y a veces al otro lado.
En una biblioteca con una colección cambiante o en aumento, con sus expurgaciones periódicas, es mejor ordenar los libros en tramos de 80 cm y de arriba abajo de izquierda a derecha. Si por un suponer añadimos un autor, eso nos obligará a desplazar toda la colección de su sitio y por ende los letreros. Trabajar según el modelo de los 80 cm, que es lo que la madera soporta para no combarse, permite rellenar con más facilidad.
Se suele decir que en El Escorial se colocaron los volúmenes con el lomo hacia el interior de las librerías y los cantos dorados hacia afuera para que hicieran juego con la bóveda. También se dice que es por su conservación, porque así respiran mejor, cosa que es más verosímil, sobre todo cuando no todos los volúmenes tendrán los cantos dorados. En el monasterio de Yuso los cantorales están precisamente conservados bien ventilados y en previsión de ser comidos por los roedores.
(*) Chris Ware. https://es.wikipedia.org/wiki/Chris_Ware. Consultado: 5 de octubre de 2025.
(**) Winsor McCay (Little Nemo in Slumberland), George Herriman (Krazy Kat) y Frank King (Gasoline Alley)



