30/6/25

Santa Marta


ace poco he sabido de la existencia de una Iglesia de Santa Marta en Barcelona. En realidad fue de Santa Marta y San Pedro. Se demolió para abrir la Via Laietana, un proyecto de hace unos ciento cincuenta años que fue trastocado por Ada Colau. La fachada principal de la iglesia fue trasplantada a lo que fue el convento del segundo Hospital de Sant Pau (el recinto modernista). Curiosamente dos de mis primeros trabajos remunerados, que tuve que simultanear por su modestia, fueron en la calle Tapineria (la Biblioteca del Col·legi Oficial d'Odontòlegs i Estomatòlegs de Catalunya) y en el Hospital de Sant Pau. Hice una parte de mis prácticas de bibliotecaria allí. La Biblioteca estaba en lo que había sido el convento y aún quedaba alguna monja, pero estaban en otra ala del edificio, la que quedaba entrando a la derecha, y en la parte que mira al nuevo Hospital de Sant Pau. Justo ahí, en la fachada posterior o en un lateral, es donde se trasladó y trasplantó la fachada barroca de Santa Marta, que yo nunca he visto.

Sin saberlo estuve trabajando, y además simultáneamente, en donde había estado más o menos la Iglesia de Santa Marta y donde quedó su fachada. A lo mejor, calculo que hace unos tres años, cuando fui a visitar el recinto museificado, no había acceso posible a esa parte del edificio, como no la había habido claramente cuando el Hospital estaba en activo. Intentaré llegarme. El Hospital modernista era más transitable de lo que lo es ahora, al menos aparentemente. Ahora da la impresión de acumular varias instituciones o habría que decir sus sedes. Pero ese es otro tema.

Otra de las ideotas de Ada Colau o su gabinete urbanista fue la polémica reforma del eje verde de la calle Consell de Cent. Me encuentro entre las detractoras y no me creo que la nulidad de las obras que ha sentenciado el Tribunal Superior de Justícia vaya muy allá. El eje verde ha supuesto un aumento de peatones, pero también de dispositivos de movilidad individual. Además en general el Ensanche se ha gentrificado (vamos a decirlo así) y se ha producido un relevo generacional lleno de especulación, prostitución y restauración gastronómica, así descrito resumidamente. Hay gente que está encantada con esa transformación. No es mi caso. Me gustaba que el Ensanche tuviera tiendas, gabinetes jurídicos, academias.

El Ensanche de Cerdá está bastante transformado por los "sombreros", además del relleno de los jardines interiores y de los chaflanes. Para el peatón normal y corriente, pasear por el Ensanche barcelonés no es agradable a no ser que vayas triscando para alcanzar el destino, para evitar ir caminando como Jacques Tati en Mon oncle, siguiendo el sinuoso caminito del jardín modernísimo de su hermana y su cuñado. Los pasos, por razones obvias, quedan en la parte más estrecha de cada chaflán y la línea recta, que es la que más o menos nos gusta seguir a los peatones, se hace imposible. 

En apenas 10 años Barcelona se ha embrutecido, se ha encarecido y me cuesta verle alguna ventaja. Se han descuidado los jardines y en el mejor de los casos se abren a actividades muy ruidosas o sucias, cosa que también ha ocurrido en los parques y en las playas. Barcelona está muy sucia, la gente viste peor, las calles están descuidadas y el llamado "arte urbano" cubre impunemente edificios históricos (o no) cuyos materiales nobles se ven ultrajados por unas pintadas o actuaciones que maldita la gracia. Toda la Barcelona del centro más la de algunos barrios está llena de pintadas.

La población sobrevenida, sean turistas o emigrantes, no siempre cumple las normas de convivencia e higiene más elemental y parece que la permisividad es la norma. Recuerdo a Montserrat Turà Camafreita, cuando fue consellera de Interior de la Generalitat catalana entre 2003 y 2006. Hubo durante unas fiestas en Gracia episodios de violencia insólitos y la actuación de los Mossos y de la Guardia Urbana fue tan tibia y discreta, que se criticó su moderación. Turà la defendió inspirada por su ideología socialista y en favor de las libertades. Pero la sensación ─sobre todo en los que pagamos impuestos─ es que aunque la tolerancia es muy loable también lo es el orden y la justicia. Un contenedor de la basura, por ejemplo, nos cuesta 1.400 euros. Por decir algo.

Otra sensación es la inseguridad en las calles y en las propias casas. Aparte del aumento de bicicletas y patines por todas partes, a manos de personas que claramente no ven ni los telediarios ni nada parecido, y que por lo tanto desconocen las normas actuales de circulación, el barcelonés teme por su seguridad (delitos de odio, hurtos). En realidad, por decirlo de una vez y abarcando: todo el mundo hace lo que le da la gana.

Hace 40 años que subo a Collserola y nunca había estado tan mal. Hubo un tiempo hace unos meses en el que iba con una bolsa de basura y la bajaba llena de envases y envoltorios diversos que la gente echa al monte. Me cansé: dejaba a mi paso todo lo que alcanzaba mi vista limpio, pero al día siguiente estaba todo otra vez con latas de bebidas energéticas, cerveza, etc. Los ciclistas circulan a una velocidad intolerable, muchos van en pelotón y hablan entre ellos a gritos, descienden por caminos en los que en teoría está prohibido pasar a rueda, levantan polvo y son ellos los que no tengo ninguna duda que ensucian la sierra con sus desperdicios.

MI actitud es la de soportar en silencio todos los atropellos. He renunciado a ir a las playas, al centro, a ir en bicicleta, a tantas cosas... Eso sí, aprovecho todo lo poquito que me queda de bueno.

Fachada de la Iglesia de Santa Marta trasplantada en el Hospital de Sant Pau. Foto de internet

Farmacia de la Estrella (1840) en la Calle Ferran. Actualmente es una tienda de cannabis

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