veces le llegamos a ver la razón de ser a alguna de la infinidades de malicias con las que hay que bregar. La codicia o la envidia, por ejemplo. En el caso de la codicia justificamos una mala acción en el anhelo de alguien por poseer o disfrutar algo que cree que le falta. Viene siendo lo mismo la codicia y la envidia. Y estos días me he interesado por la teoría de las ventanas rotas, que como está explicada en la Wikipedia se entiende a la perfección: "En criminología, la teoría de las ventanas rotas sostiene que los signos visibles de la delincuencia, el comportamiento antisocial y los disturbios civiles crean un entorno urbano que fomenta la delincuencia y el desorden, incluidos los delitos graves. Sugiere que los métodos policiales que se centran en atacar los delitos menores, como el vandalismo, la vagancia, el consumo de alcohol en público, el cruce incorrecto de peatones y la evasión de tarifas, ayudan a crear una atmósfera de orden y legalidad."
La teoría de las ventanas rotas explicaría muy bien que los ladrones y los vándalos acuden a los lugares más vulnerables. Y esta teoría se podría aplicar también al acoso escolar o laboral y a mil escenarios en los que además lo que yo llamo "la segunda piedra" es concluyente. El acosador siempre se hace valer de cómplices o de una especie de séquito de refuerzo con habilidades repartidas entre la adulación o pelotilleo y el linchamiento.
El mes pasado dejé a medias una novela de Francesc Ribera, El silenci que heu de témer (2023) porque aunque estaba bien escrita no llegó a captar mi interés, que ya es endeble, tal vez debido a que le faltaba tirón. Es una novela ambientada en el siglo XVII en Mallorca. El trasfondo son las luchas sociales y la aristocracia dividida entre dos familias enfrentadas a favor y en contra de la monarquía española. Si me retuvo en algo la lectura del libro fue esperando que se dijera algo de los colonos catalanes que arribaron con la conquista el siglo XIII, que constituyeron lo que sería la nobleza mallorquina en el Repartiment. Pero hasta donde yo leí no se dice nada. El foco está en el Rey español.
El autor se define a sí mismo como "activista cultural y militante independentista", cosa que no da para inspirar mi adherencia al hilo argumental (aunque sí una pequeña parte de mi comprensión). Conseguí vencer la pereza que me infundía porque el libro está escrito en la variante del catalán balear, que es bonita. Hay una protagonista, que es la narradora, de familia noble, que se mete a monja. Pronto le confían en el convento la contabilidad y no tardan ─calculadamente─ en acusarla de desfalco. Todo es en realidad pura maquinación para hacer ver que la culpan y la perdonan y que al producirse un desfalco verdadero se guarde de señalarlo.
Ribera resuelve el proceso narrativo de convertir una persona de víctima en culpable y de culpable en cómplice con el tiempo justo. Quiero decir que no emplea un montón de páginas cargadas de psicología, caracterización, engaños, culpabilidad, temor y desasosiego. Lo resuelve literariamente, no como en un atestado, pero sin darle mucho terreno. Lo que explica es suficiente para situarnos sobre el horror de la monja y la forma de actuar de la priora ayudada por otra monja.
Recuerdo el artículo de opinión de Arcadi Espada sobre María Dolores Díaz de Miranda, que fue exclaustrada del monasterio de las Puel·les de Sarrià, donde se nos presenta a toda esa pequeña comunidad benedictina enfrentada a esa única monja que no estaba dispuesta a rezar por el retorno de los independentistas. Yo vi una sola vez a María Dolores en el taller de restauración, hace muchos años, y llamaba la atención por su labor y porque se le veía diferente y aparte de las otras monjas. Tengo entendido que ahora es directora del taller de restauración de la Fundación Casa Ducal de Medinaceli y que Esperança Atarés desde este invierno ya no es abadesa. Pero no sé mucho más ni lo pretendo. Simplemente me puedo imaginar el malestar de la monja restauradora enfrentada a su comunidad.
No sé si el patrón que esbozo es un modelo idéntico al de otros entornos, creo que sí. La enemistad existe incluso sin un móvil justificado y se ajusta como un guante a la noción junguiana de la sombra. El desfalco verdadero de El silenci que hem de témer oculta donativos inconfesables. Que el modelo incluya formas más o menos elaboradas de... ¿"linchamiento"? nos devuelve a las formas de vida del Paleolítico y de caza.
La imagen de hoy, Jueves Santo, la tomé en invierno, en un bazar multiproductos. Imposible tomársela a mal. El Cristo de resina original obviamente no lleva ese colgante con una metralleta. Se la colgó el chino. La única forma de confrontarlo hubiera sido comprándole el colgante o el Cristo. Si compraba el colgante pudiera ser que le colgase otro y aún peor, si es que hay algo peor que una metralleta. Si le compraba el Cristo, le hubiera transferido el colgante a otra figura, porque para él ese Cristo es una figura. No te lo puedes tomar a mal como las cosas que hacen los pedorros cafres de Mongolia o factorías peores. No es iconoclastia. Solo hay que ver que el escaparante luce una mezcolanza de budas, bodhisattvas, pastorcillos burlescos, pesebres, sirenas y minions todo el año.


