Quiero hacer constar en primer lugar que no me importa pero que nada la vida privada de la gente y que no estoy deslizando ni la mínima sospecha sobre algo que pueda haber entre un chico, cualquiera, y Luisa Cuerda, de la misma manera que cuando nos refiramos a la pura lana virgen –a la que aún no nos hemos referido, por cierto- tampoco haremos ostentación de ninguna cualidad (sea virtud o vicio) de la vida privada de las ovejas. Simplemente me voy a referir por “el chico de las cigüeñas” a El chico de las cigüeñas, así en cursiva, que es como me enseñaron que hay que citar los títulos de los libros. Como no sé poner la cursiva en el título la entrada parece de escándalo o amarillista, pero no.
En el más puro estilo de solapa al que nos tienen acostumbrados las editoriales, he leído en otras dos de sus novelas anteriores: “Luisa Cuerda nació en Madrid en 1958. Es licenciada en Derecho por la Universidad Complutense y en Piano por el Conservatorio de Madrid. Ha ejercido como profesora de piano y de Historia de la Música en Madrid y de abogada en Salamanca, pero desde hace unos años vive en un pequeño pueblo dedicada exclusivamente a la escritura.” La novela que ahora nos ocupa aún no me ha llegado en su forma impresa y editada, por Ediciones del Viento, que es ligeramente más extensa a la forma en que Luisa me la facilitó el otoño pasado o así, pero estoy casi segura de que ya no tendrá en la solapa por lo menos la frase “vive en un pequeño pueblo dedicada exclusivamente a la escritura”. O tal vez sí. ¿Pero qué más dará? Alguna cosa tienen que poner, ¿no? De hecho, cuantos más datos tuviéramos, que los hay, no harían más que despistarnos de lo que verdaderamente importa.
Ya nos vamos acostumbrando a encontrar
en las facultades de Ingeniería a médicos e incluso ya falta poco para que sea
normal encontrar economistas que estudian violonchelo. Normalmente las
dobles y triples titulaciones nos hablan de ambición o de frustración, pero
en el caso de Luisa Cuerda su extensa y variada formación, que nunca da por
concluida, no nos habla de una mente prospectiva que se adelanta
calculadoramente a la demanda del mercado laboral terciarista. Tampoco nos habla
de una trayectoria errática o malograda que se refugia o naufraga en un
pequeño pueblecito donde eremíticamente y herméticamente purga y se depura de
los males del mundo. No.
Hace unos años una de las lectoras de
este blog, la única que lo lee en un locutorio de unos paquistaníes,
cosa que me divierte lo inenarrable, me pidió que colaborara con una revista
catalana para entrevistar a una escritora. A lo mejor mi amiga no se acuerda.
Fue en el año 1999. En aquel entonces rechacé la invitación para entrevistar a Maria
Mercè Marçal por no considerarme preparada y ahora sigo pensando lo mismo
(que no estoy preparada), pero sé que tenía que haberlo hecho y que sólo hay
algo peor que arrepentirse de lo que uno ha hecho (¿?), o que a una la
malinterpreten o tergiversen deliberadamente, y es arrepentirse de no haber
hecho algo. Mi amiga tampoco recordará que cuando me presentó a Maria Mercè
Marçal, en la presentación de La passió segons Renée Vivien en la
librería Còmplices, la poeta me preguntó cuando le extendí mi ejemplar: “L’has
llegit?” (“¿Lo has leído?”). Su hija Heura, que nos miraba un poco atrasada, le
dijo: “Mira, el punt”. Y es que ya iba yo por la mitad y por la mitad de la
mitad. Me explico: ya lo había empezado a releer por el gusto de leer y
releer, cosa que hago muy pocas veces, y por lo tanto había marcas en el
texto a dos colores, cosa que creo que podía resultar un poco estrafalaria o
revelar alguna manía temible. Pronto se añadió al corro otra mujer que dijo:
“Aquest llibre s’ha de llegir amb tranquil·litat” (“Este libro se ha de leer
con tranquilidad”). A lo que yo repuse: “Doncs jo crec que precisament
aquesta novel·la no s’ha de llegir amb tranquil·litat” (“Pues yo creo que
precisamente esta novela no se tiene que leer con tranquilidad”). Y la
dedicatoria de Maria Mercè Marçal giró en torno a esta afirmación mía. Nos
habíamos entendido en lo esencial.
En general, hay escritores para quienes la “cultura” o el “conocimiento” (uf) no son precisamente algo donde refugiarse con las zapatillas de franela a cuadros o la más aposentada bata de cachemira. Aunque bien es cierto que el conocimiento requiere de un cierto distanciamiento, hay que mojarse. Decía Flaubert, “habría que vivir como un burgués y escribir como un loco”. Servidora diría que Lucha Cuerda ni vive como una burguesa ni vive como una loca, pero que escribe hasta perder “la tranquilidad” famosa y recobrarla.
L.C. - En realidad yo creo que decir “sobrio” y decir
“castellano” no es necesariamente lo mismo por más que eso les guste mucho a
los castellanos, porque con la palabra “sobriedad” disfrazan a veces
mezquindades o apatías. En el caso de la novela, la sobriedad viene dada por la
historia que se cuenta, al tratarse de una relación entre dos hombres de
cuarenta y setenta y ocho años que hacen una revisión introspectiva de lo que
ha sido su vida hasta ese momento. En la siguiente novela sucede todo lo
contrario, es una obra con mucho movimiento y lógicamente cambia el tono. Y así
en cada obra que he escrito. Yo no creo que el tono de un escritor haya de ser
el mismo, todo lo contrario. El tono ha de estar al servicio de lo que se
cuenta. Otra cosa es el estilo. Pero el estilo, si lo hay, trasciende los
tonos. Y si no lo hay, no hay nada que hacer aunque uno se plagie a sí mismo ad
nauseam. Uno no puede “cultivar” un estilo como no puede “cultivar” la
elegancia. Son cosas que o se tienen o no se tienen. Se puede imitarlas, pero
no cuela.
L.C. - Espero que no, francamente, porque todavía me
gustaría seguir escribiendo unos años más. Normalmente el conflicto acompaña a
la vida, tanto si lo reconocemos como si lo ocultamos. Convenientemente
enfocado nos hace crecer. Y es imprescindible para la narrativa. Espero que, a
medida que yo misma vaya evolucionando, pueda ir transmitiendo nuevos puntos de
vista sobre este tema inagotable.
L.C. – Es difícil contestar esta pregunta cuando aún
no me he repuesto del concepto “cronotopo” (totalmente desconocido para mí hasta
ahora). Pero me imagino que no, porque yo no tengo técnica, tengo (voy
teniendo) oficio, que no es lo mismo. La técnica se aprende y el oficio se
adquiere. Por lo que la técnica puede imitarse y el oficio es personal,
intransferible, siempre en evolución y bastante impredecible. Todo lo cual no
lo hace cómodo, pero sí bastante simpático.
*
Aa – También Cela hablaba de
"oficio" más que de "profesión", cuando se refería a su
labor como escritor. En la misma enciclopedia,
leemos: “A menudo se ha reprochado a Baroja su descuido en la forma de
escribir. Eso se debe a su tendencia antirretórica, pues rechazaba los largos y
laberínticos periodos de los prolijos narradores del Realismo, actitud que compartió
con otros contemporáneos suyos, así como el afán de crear lo que denomina una
«retórica de tono menor», caracterizada por: Empleo del período corto.
Sencillez y economía expresiva: «El escritor que con menos palabras da una
sensación es el mejor». Impresionismo descriptivo: selección de rasgos
significativos más que reproducción fotográfica al detalle característica de
los minuciosos y documentados narradores del Realismo. Tono agrio, selección de
un léxico que degrada la realidad a tono con la actitud pesimista del autor.
Breves ensayos e intensos intermedios líricos. Tempo narrativo rápido,
cronotopo dilatado. Diálogos respetuosos con la oralidad y la naturalidad.
Deseo de exactitud y precisión, rasgos estilísticos que confieren la amenidad,
el dinamismo y la sensación de naturalidad y vida que el escritor pretendía
para sus novelas”. Mi pregunta es: ¿subscribirías la mayor parte de este
“programa” barojiano (a excepción del “tono agrio”, claro está)? ¿A qué
tradición, corriente o autores te sientes más cercana?
L.C. – Yo es que creo que don Pío daba excusas de mal
pagador. Él era capaz de escribir muy bien, pero a veces no le daba la gana y
entonces es cuando, con toda razón, se le reprochaba su descuido. Porque lo
tenía, qué caramba. Aparte de eso, estoy totalmente de acuerdo con eso de “el
escritor que con menos palabras da una sensación es el mejor”. Cuando digo que
reescribo, después de la primera redacción de un trabajo, en realidad lo que
hago es quitar y quitar y quitar hasta que surge la verdadera historia. Por
eso, para mí los mejores narradores del mundo son los autores de las coplas, ya
sean anónimos o conocidos. El que dijo: “Tu calle ya no es tu calle, que es una
calle cualquiera camino de cualquier parte” ha dicho todo lo que se puede decir
del tema. A partir de ahí, cada uno hace lo que puede o lo que sabe. A mí me
gusta muchísimo cómo escribe Truman Capote. Y Luis Landero. Pero no me parezco
a ninguno de los dos.
*
Aa - Una buena copla, un buen libro.
Gracias, Lucha, y felicidades.
L.C. - Muchísimas gracias, Marta.
*
Elijo algunas de las frases de El
chico de las cigüeñas, fuera de contexto, pero que son una muestra diáfana
de lo que yo pretendía hacer llegar de Cuerda a este blog:
“«Tenía puestas en ti muchas
esperanzas», me dijo entonces mi madre. Y yo escupí más que hablé: “No, eso tú.
Él lo que tenía era confianza en mí.”
-No. Treinta años más triste.”
Amor civilizado el nuestro, amor
perfecto sin nada vergonzoso que ocultar. Diría que inhumano si no fuera porque
ella es absolutamente humana, que la educación no desmiente la humanidad sino
que la potencia; eso dicen y, además, eso es.
Inhumano, tal vez, el otro amor: el
cobarde, el estéril, el que no proporciona felicidad sino desdicha, el que se
enquista en el corazón y desde allí emite sus distorsiones como una vieja radio
abandonada en un antiguo campo de batalla de una guerra que se perdió para
siempre. Pero fascina siempre la imagen de esa radio enterrada en el desierto,
empeñada en cumplir su destino de radio, de vocera tozuda sin esperanza, ajena
a la marcha del mundo y de la vida más allá de la duna donde la abandonaron.
Fascina... me fascina: a ella le inquieta.”
-¿Lo ve como no hay que juzgar a la
ligera?
-Y una sádica. Está preparando las
fiestas de Navidad con verdadera saña.”
