If you cannot
engender
A genius like
Mozart,
neither can you
plague the
earth
with briliant
silies like Hegel
or clever
nasties like Hobbes.
W.H. Auden,
“Address to the beasts”, Thank you, fog*
omo decía, he puesto unos cuantos cuadros de Carl Spitzweg en mi Picasa. [enlace roto] Por extraño que parezca, estos días, desde que escribí el post sobre Spitzweg, truncado por el asesinato de Eduardo Puelles en Arigorriaga, mi Feedjit detectó al menos una visita en *A la flor del berro que buscaba al pintor bávaro. Pero también tengo últimamente muchas visitas que introducen el planteamiento “cuñadas provocativas” en el buscador y –lo que es más curioso- les aparece entre los resultados este blog, cosa que les debe resultar decepcionante. Que yo recuerde, sobre cuñadas cuñadas sólo tengo el post aquel sobre la Danvers, en donde como mucho tratamos de refilón el tema de las cuñadas especulativas, pero nunca hemos tratado el tema de las cuñadas provocativas y ni siquiera soy capaz de imaginar qué son exactamente. Si mal no recuerdo, hace un año y medio alguien venía a *A la flor del berro en busca de “piscinas sexo Pontevedra”. Pero en mi opinión, el día que toqué techo, en buena blógica, fue cuando busqué yo misma “bollitos hojaldrados Reglero” y fui a dar a un comentario mío en la bitácora de Rostam y a otro en la de Hermitaño. Tal día se cerró el círculo, o habría que decir “mi” círculo.
Habría que detenerse en la perplejidad de que el Google privilegie
o “posicione” tan bien a los blogs, pero eso es harina de otro costal y hasta
camisa de once varas. Ya cargué en un post previo, Profetas de
internet, contra Andrew Keen, el cual en su presentación de The
cult of the amateur cargaba a su vez contra la Web 2.0. y decía cosas como “¿cómo
sabemos que la crítica de un libro que leemos en Amazon no ha sido colgada por
su autor?" ("La Vanguardia", 15 de agosto de 2007), como si
el sistema de edición que preconiza estuviera libre de culpas, pasteleos y/o
tramas negras.
Pues, eso, yendo a lo nuestro, que los cuadritos de Carl
Spitzweg me dicen mucho. Spitzweg nació en un pueblo de Bavaria, Unterpfaffenhofen,
que a lo mejor quiere decir algo así como Villanueva de Arriba. Era
farmacéutico de formación. Después de estudiar a los maestros flamencos se puso
a pintar para revistas satíricas. Dicho de otra manera, sus óleos son una
fusión del romanticismo y Brueghel el Viejo. Se suele decir que pertenece al
estilo Biedermeier, que yo pensaba que era sólo aplicable a un
determinado estilo mobiliario, es decir de muebles, el que simplificaba el
Estilo Imperio. Pero no, de hecho el estilo Biedermeier es aplicable incluso a
algún lied de Schubert, que los compuso pensando en su ejecución
por parte de personas sin excesiva educación musical y por lo tanto para un público
burgués o pequeño-burgués. El artículo de la Wikipedia es
muy bueno:
“El Biedermeier es expresión del retiro de amplios círculos de la burguesía políticamente decepcionada y excluida de la colaboración responsable en el Estado a la cotidianidad privada de la familia. Es un retiro resignado a la inactividad política, compensado por una nueva cultura familiar sensibilista, por un apartarse hacia actividades económicas reforzadas, y el recurso a ordenaciones tradicionales de valores. La conciencia de la contradicción entre la situación real y la exigencia ilustrada de emancipación política del burgués sigue viva. El Weltschmerz (dolor universal) que se escondía entre las proclamaciones literarias de silenciosa modestia y tranquila felicidad era prácticamente una moda de época, tanto más había de superar la literatura la fragmentación experimentada; el amor por las cosas pequeñas, por el detalle, tenía que consolar de la impedida participación en la responsabilidad pública.”
Por lo tanto la aportación del Biedermeier a la cultura (la
cultura en el sentido de supervivencia (o pervivencia) y diálogo) pues
es de aquellas cosas que hay que señalar, y sin las que sería difícil
explicarse otras. Los exégetas y los gurús de la cultura nunca nos podrán
demostrar qué fue primero, si la
Annie Leibovitz haciéndose un autorretrato desnuda y embarazada (menos
famoso que el que hizo la propia fotógrafa de Demi
Moore para “Vanity Fair”), o la moda de un cierto exhibicionismo o orgullo
gestante, que parece que ya va en retroceso o que por lo menos ha perdido la
fuerza de la novedad. Yo diría que la ostentación del abdomen ha sido la moda
más llamativa en la historia del embarazo después de la Venus
de Willendorf y de la tiranía del guardainfante y el tontillo, que ya es. Creo que
va un poco todo a la vez, que los artistas simplemente van por delante o, si se
quiere, que saben captar lo que está en el ambiente como antenas humanas, como módems
o médiums de lo que está pasando a niveles latentes. Por eso a veces
hay que hablar más de coincidencias que de influencias. Un ejemplo para
mí paradigmático son las coincidencias de la novela de G. Tomasi di Lampedusa, El
gatopardo, y Bearn, de Llorenç de Villalonga:
“Se han señalado las semejanzas de Bearn o la sala de las
muñecas con El gatopardo, del siciliano Giuseppe Tomasi di
Lampedusa, dos años posterior (se publicó en 1958, después de la muerte de su
autor), ya que ambas novelas se centran en el declive de la aristocracia rural
del Antiguo Régimen Villalonga conoció y estimó la novela de Lampedusa, que
tradujo al catalán en 1962. (Wikipedia)
Resulta difícil pensar que Tomasi di Lampedusa
“improvisara” Il gatopardo a partir de Bearn. De la misma manera,
el Biedermeier es algo que debía de estar en el ambiente, y que se dieron las
circunstancias propicias para que se fraguara. A mí me resultan en cierta forma
conmovedores los desvelos de algunas personas aficionadas a la antropología y a
la simbología por ver en todo una copia. Hay un vídeo muy visto en internet, Zeitgeist,
del The Zeitgeist Movement, que es en parte una ilustración de lo que es
la empanada mental de los que ven en el cristianismo un plagio exacto de
otras creencias más antiguas y en parte una demostración de que los atentados
del 11 de septiembre en Nueva York y Washington no son lo que nos han
querido hacer creer. No hace falta que diga que el hecho de tratar de ambos
temas, sin establecer –que yo sepa- ninguna conexión entre ellos, en el sentido
clásico de la argumentación, ya es significativo de la actitud del Movimiento
Zeitgeist, cuya presentación
sinóptica hipnótica soy incapaz de digerir por un problema personal mío fóbico
que tengo con lo que se presenta a sí mismo como “científico”. Soy objetora
de ciencia, por otra parte. Mi aversión a toda aproximación que tenga esas
pretensiones es insuperable y espero contar con la comprensión de cualquier
persona que simplemente ame la verdad y la belleza sin más. Y si no cuento con
esa comprensión tampoco pasa nada. Yo sigo con Spitzweg, con la pintura de mi
baranda y con lo mío y mi idea de la cultura como suma o multiplicación y no
como resta o división ni mucho menos como conclusión.
A ver, ostras: el hecho de que Juan el Bautista
naciera en el solsticio de verano y su primo (Jesús de Nazaret) naciera
en el solsticio de invierno, no tiene por qué ser un cuento o un plagio o el
refrito o reciclado de un viejo mito. Es más, si este mundo durara unos cuantos
siglos más igual la historia se podría volver a reproducir tranquilamente. Pero
como este mundo es imposible que aguante mucho más y en tal caso no estaríamos
ninguno de los aquí presentes ahora para comprobarlo, tampoco es cuestión de
abundar en este argumento. Eso sí, el vídeo –si superamos con bien la
traducción de la frase “Concejo de Nicea” a cambio de “Concilio de Nicea”,
el que tuvo lugar el año 325 de nuestra era- resulta bastante interesante
cuando entramos en la parte II (“Todo el mundo es un escenario”), que se inicia
con los atentados de las Torres Gemelas el año 2001. Unos segundos antes, en el
minuto 40:31, cuando oímos en inglés y leemos en el subtítulo “Es erróneo,
blasfemo y pecaminoso que usted sugiera, insinúe o ayude a otra gente a llegar
a la conclusión de que el gobierno de los Estados Unidos haya matado a 3.000 de
sus propios ciudadanos”. La presentación es tan abrupta, tan rápida, y
aparece tan cerca de la idea de que la religión es una forma de comer el coco a
la gente, que una no puede menos que pensar en lo perversas que son las
técnicas de la publicidad, que son las que subyacen en el documento. Y la
verdad, si las técnicas de la publicidad estadounidenses nos van a “salvar” de
la esclavitud de las viejas técnicas de la espiritualidad, casi que muchos
vamos a preferir quedarnos con lo malo conocido con Inquisición incluida antes
que con lo bueno por conocer si es que va a estar en manos de gente que no
distingue el ratoncito Mickey de Napoleón. Es decir, estoy dispuesta a admitir
que el atentado de las Torres Gemelas y el del Pentágono no son lo que parece o
lo que se nos dijo, pero lo que no estoy dispuesta a admitir es que se hubiera
pretendido hacer un mito a semejanza del que se creó con Jesús con el objetivo
insidioso de controlar a la gente. Todo lo más estaría dispuesta a admitir que
Jesús de Nazaret ha sido utilizado con ese objeto, pero no “creado” con ese
objeto. En fin, no me puedo creer estar tratando este tema porque todo lo que
huele a “Muy interesante” o “Reader Digest” me pone del revés.
El invierno de 2001 recibí un “forward” de esos que
le llegan a una por correo electrónico en el que se me invitaba a algo así como
a escribir la fecha del 11 de septiembre del mismo año y cambiarlo a la fuente
Webdings o Windings, cosa que permitía ver una transfiguración espantosamente
gráfica de la destrucción del World Trade Center. Cuento con la paciencia, con
la comprensión y con la inteligencia de algún lector para trasmitirle mi
repugnancia por estos juegos, porque es que yo me veo incapaz de explicarme más
y no quiero estar por esas tonterías y esos jueguitos.
Cuando yo estudiaba para bibliotecaria, y ya no digamos durante
mis prácticas en la Biblioteca de la Universidad de Barcelona y en la
Biblioteca de Catalunya, se despertó en mí un temor del que nunca he
hablado antes. Temía que cuando yo pudiera trabajar finalmente en una
biblioteca tuviese en mi sala a uno de aquellos personajes que yo había
conocido en las bibliotecas de mi adolescencia. Cada vez que durante mis
estudios yo veía a un anciano con sus fichas y fichas en letra abigarrada,
manejando libros que nadie pedía nunca ni por error, inclinado como si
estuviera en "Les assis", el poema genial de Rimbaud,” me
sobrecogía el terror. Esas fichas les iban a sobrevivir poco y no tenían
interés para nadie, por no decir benévolamente “para casi nadie”. Por aquel
entonces era fácil ver en el metro a algún estudiante leyéndose tranquilamente El
capital (de Marx, por supuesto) como si nada, con la misma frecuencia con
la que no hace tanto se veía a gente leer los tochos de Harry Potter o La
catedral del mar también como si nada. Los ratones de biblioteca no tenían
el aspecto venerable de un calígrafo de la corte de los Tang, ni el
mal cuerpo de un opositor con su juego de rotuladores fosforescentes.
Tampoco es que se les viera leer con la fe ridícula con la que leen los
lectores empedernidos de novelas, que son capaces de leerse cualquiera de los
36 posibles argumentos que dice Gabriel García-Márquez que en realidad
existen, pero que lo hacen sin desfallecer a través de sus 3.600 variantes,
aplicadamente, sin darse cuenta de que efectivamente siempre es más o menos la
misma historia. El gusano de biblioteca o, por mejor decirlo, la “rata de
biblioteca” de Spitzweg ahora me resulta hasta entrañable, al lado de lo que
verdaderamente me trajo la realidad. Tan inagotable ella.
* “Si bien es cierto que no podéis engendrar / un genio como
Mozart, / también lo es que no // infestais la tierra / con tontos genialoides
como Hegel / o con listillos repugnantes como Hobbes” (W.H. Auden, “Discurso a
los animales”, Gracias, niebla)
The bücherwurm (Carl Spitzweg, 1850)
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