eo en el blog de Luisa Cuerda El día de la madre [enlace roto], donde nos recuerda aquella frase de la Medalla de la Madre, “dar mucho, pedir poco”, que era complementaria a la Medalla del Amor y su frase “Hoy más que ayer pero menos que mañana”, otro experimento comercial que luego se ha visto barrido por otras campañas comerciales de cruces coptas, malas budistas de sándalo o pedrería, cristales de cuarzo imperforados, ositos de Tous, llamadores de ángeles y otras zarandajas variadas.
La frase “dar mucho, pedir poco” se las trae. Son frases
ante las cuales se nos puede suscitar –como ante el slogan de Obama “We
can”- la pregunta “¿qué?”. “Dar mucho, pedir poco” es como firmar un contrato
en blanco, mientras que “hoy más que ayer pero menos que mañana” es como un
cheque en blanco. Sobre todo ahora que más bien se va hacia los contratos
prematrimoniales. Y que conste además que no estoy haciendo broma con la
negritud del presidente Obama, aunque yo no lo veo tan negro como lo es su propia
esposa. Ante la declaración de principios del presidente de Estados Unidos no
se puede decir nada desfavorable. Tampoco puede llevar a una polémica tal como
la que hay sobre la verdadera naturaleza de nuestro presidente, José Luis
Rodríguez Zapatero, de si es tonto o si es malo, o si es las dos cosas o
ninguna de las dos cosas, incógnita que ni siquiera Sarkozi ha conseguido
despejar. De hecho no ha hecho más que afianzarla.
He querido colgar la foto de Eugene Smith de 1972
sobre los envenenamientos por mercurio en Minamata (Japón). De Eugene Smith
*ALFB ya había incorporado la foto de 1946 de sus hijos al final de la guerra
mundial. Lo verdaderamente impresionante de la foto de Smith es el amor,
no tanto las deformidades congénitas de Tomoko, su hija. Si las personas
humanas fuéramos capaces de amar absolutamente a todo el mundo con la misma
calma, presencia de ánimo, atención y aceptación con la que la señora de la
foto lava a su hija, este mundo sería la leche. Pero no es así. Si incluso lo
que llamamos “amor” y lo que llena las bocas de tantas gentes empieza a darme
hasta como miedo y abiertamente yuyu.
Espero que la fotografía no hiera la sensibilidad de nadie,
puesto que no es mi intención ni mucho menos. De hecho, este tipo de imágenes
pueden ser recibidas con mucha incomprensión o caer en malas manos.
Recuerdo por ejemplo el premio Pulitzer de 1994. Es una foto con niña
famélica y buitre de Kevin Carter cuya "verdadera historia" es relatada por J.M. Arenzana y L. Davilla (*). Kevin Carter, que
era un sudafricano blanco, se suicidó meses después de recibir el premio y se
creó la leyenda de que se había suicidado por sentirse culpable por no haber
atendido a la niña. En realidad la niña estaba haciendo caca en el lugar
donde en su poblado solían hacerlo y donde los buitres iban a intentar hacer un
break o "tapita"; en realidad parece que Carter lo único que
hizo fue esperar que el buitre entrara en el ángulo adecuado. Según Arenzana y
Davilla, Carter ya estaba mal antes de hacer la famosa fotografía y era un
toxicómano.
Éste caso ilustra una vez más mi teoría de que hay quien
tiene la habilidad de volver peor lo que ya de por sí era malo. Otro
ejemplo más cercano fue el del primer ministro italiano Berlusconi
diciendo poco más o menos a las víctimas del terremoto de L’Aquila que se
habían quedado sin sus casas que se lo tomaran como un fin de semana de
acampada.
Ayer quise ver "El hijo de la novia" o “El novio
de la novia” (Juan José Campanella, 2000) en mi nuevo lectorcito de DVD, pero
me di cuenta enseguida de que no podía oírla bien. Tendré que verla en mi
ordenador. Como no podía ver la película dediqué bastante tiempo a perderlo y a
buscar en mis evangelios una frase que perdí hace tiempo, como si estuviera en un
libro de arena, y que espero encontrar pronto. No la encontré ayer. A
cambio encontré otras. Por ejemplo aquella del Evangelio de San Lucas, 6
que dice: “[32] Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También
los malos aman a quienes los aman. [33] Y si hacéis bien a quienes os hacen
bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores obran así. [34] Y si prestáis
algo a quienes os lo pueden devolver, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores
prestan a otros pecadores para recibir de ellos igual trato. [35] Por el
contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada a
cambio; entonces vuestra recompensa”, etcétera.
Quiero añadir simplemente que así como he conocido –como he
dicho- gente que es capaz de empeorar lo que ya de por sí era malo, también he
conocido animales, mujeres, hombres y niños capaces de mejorar la convivencia
de los demás. He visto que lo hacen por su ejemplo, por su claridad, por su
presencia, por sus palabras y hasta por su mero recuerdo. Las cosas como son.
(*) “Cuando Carter y Silva llegaron a Ayod, entre infectos
pantanales, a unos mil kilómetros del lugar civilizado más cercano, el poblado
funcionaba como feed-center, un centro de alimentación de la ONU. Unas
15.000 personas exhaustas que huían de los combates, con grave desnutrición y
enfermedades como la malaria, el kala azar (leishmaniasis) o el gusano de
Guinea, se concentraban allí y aquello era un verdadero festival de ayuda
humanitaria. Silva y Carter, cada uno por su lado, hicieron fotos toda la
mañana de aquel espanto. Cuando se reencontraron, Carter le describió la escena
y se sentó a llorar: esperó 20 minutos a que el buitre entrase en plano, hizo
la foto, espantó al bicho (o no, qué más da) y se marchó.
Durante el año siguiente, Carter se vio alanceado con
dilemas y acusaciones obtusas, cuando no estúpidas, de quienes jamás han
pisado un escenario semejante, incapaces de imaginarse una realidad tan atroz
como la del sur de Sudán, pero que parecían hacerse cargo del vértigo terrible
que expresaba su foto. Un insensato llegó a escribir: «El hombre que ha
ajustado su lente para captar esa foto es otro predador, otro buitre en la
escena». Y yo afirmo: difícil ser más imbécil.
No, Carter no se suicidó por un remordimiento de esa clase.
Se limitó a recortar un trozo de paisaje para servírnoslo a domicilio. La
expresividad fue su gran logro, pues la foto ejerce de metáfora certera de una
realidad trágica y atroz de una guerra olvidada. No es ningún montaje: sucedió
así y Carter sólo nos troceó y nos regaló el significante; el significado lo
pusimos nosotros, espectadores occidentales, atormentados por nuestra sucia
conciencia y acosados por los problemas de obesidad extensiva desde la tierna
infancia. Carter no era otro predador ni el ejecutor de la niña, no, sino su
único redentor. La redimió y esparció la culpa al mundo, para que volviésemos
los ojos por un segundo hacia la tragedia de Sudán y ayudásemos a esas criaturas
a llevar su cruz olvidada. Carter no logró salvarla, pero es que eso ya (a unos
más que a otros, desde luego) nos correspondería a todos.”
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