En un post que quise titular “Tontos, tantos y tanteos” ya me referí a las subastas con motivo de haber asistido a la de la partitura manuscrita original de “Recuerdos de La Alhambra”. Veo que hace ya días que nadie se interesa por ese post y que la curiosidad se ha desplazado por el post sobre el anuncio de “From me to you” de La Caixa y el del timo de Datatalk, cosa que indica dos cosas: que el anuncio de La Caixa creo que gusta y que Datatalk tiene muchos “clientes”. Esos posts se hundirán en el olvido tan pronto como otros temas aparezcan en la actualidad.
Aunque hay una tendencia por
olvidar también hay otra por recordar, por coleccionar incluso. Aunque
no estoy muy al corriente de las aficiones de los adolescentes hoy día, me
acuerdo de que en mi adolescencia perdíamos mucho tiempo en el coleccionismo.
De niñas coleccionábamos cromos de picar y cromos para formar álbumes. Había gente que iba los domingos por la
mañana al Mercat de Sant Antoni para intentar completar la colección con
el cromo o cromos que le faltaba. Para eso tenías que llevar un mazo con los
repetidos ordenados porque el trato consistía en buscar otro coleccionista y
cantarle los números de cada cromo hasta que decía “¡Falta!”. Había esta opción
o la de ir a uno de los puestos que hacían reventa. Más tarde había amigas que
coleccionaban posavasos, servilletas de papel, sobres de azucarillos y
todo tipo de recuerdos.
Llegados a este punto
podíamos tomar dos caminos: el del mundo del souvenir y el del mundo del
coleccionismo. En el souvenir excelen las teles de juguete con diapositivas de algún lugar turístico pero los abrecartas damasquinados en forma de espada toledana no se quedan atrás y el tema merece blogs
enteros. El mundo del coleccionismo también puede tomar varios caminos: las
subastas, las galerías de arte, lo que en catalán llamamos brocanters
(que mercadean objetos de menos de 100 años), los anticuarios (que por
exclusión son los que se ocupan de los objetos de más de 100 años) y los encantistas.
La Viquipèdia considera por un igual a brocanters y a encantistas y en mi modesta
opinión no van desencaminados, pero se diría que lo que venden los brocanters aspira
a tener más valor. La prueba está en que en los tradicionales Encants (Encants
vells) de la plaza de las Glorias se les han unido no ya los del top manta sino
incluso gente que tiene la necesidad de sacar algo por lo que se va encontrando
en la basura. No son propiamente traperos ni chatarreros, no están agremiados y
supongo que malviven. A todo este grupo habría que añadir el de la segunda
mano, como Humana o Farcells o Engrunes, Converter, casas de empeños varias y los
mercadillos de beneficiencia.
Todos los barceloneses
tenemos más o menos claro qué es cada cosa, pero sabemos que son mundos
permeables y que los objetos se pueden acomodar en donde no los esperábamos y
que se le puede llamar arte a la basura y basura al arte. Me he dejado para el
final los artistas que reciclan o trabajan con oldies,
como Vanesa Moreno Serna [enlace roto] que está recuperando cassettes y les da una segunda vida de acuerdo con
el ¿movimiento? “Cassette is not dead”, cuyas ideas se han colado a su vez en
el merchandising o en las más testimoniales T-shirts (camisetas).
Es un mundo apasionante, no
digo que no, pero confieso que me ahoga un poco. Precisamente eso pensaba ayer,
cuando visité el Museu Frederic Marès, en el llamado Barri Gòtic de
Barcelona. El otro día hablábamos de la colección de los Clark y hoy tenemos
que referirnos a otro coleccionista, Frederic Marès. Aunque hay una polémica
bastante agria y áspera sobre si Frederic Marès expolió Castilla (dicho así de
rápido), yo no voy a entrar en ese terreno. Frederic Marès era escultor y se
considera el coleccionista más destacado del siglo pasado. Se suele decir que
consiguió reunir su colección haciendo intercambios con su propio trabajo.
También podemos pensar que en su momento tal vez le malvendieron piezas que una
vez restauradas adquirieron todo su rutilante valor. Lo que sí estoy dispuesta
a afirmar es que apabulla y entristece mucho el gran número de imágenes
castellanas e incluso de Asturias, Aragón, Valencia, León y La Rioja, que hay
en la colección de esculturas. Siento que están fuera de su elemento. Otra cosa
es que las crucifixiones, las piedades y demás no son como para tirar cohetes.
Y que cuando has visto dos o tres seguidas ya se te caen los palos del sombrajo
aquel.
Lo segundo que estoy también
dispuesta a afirmar es que los dos pisos altos de la exposición permanente del
coleccionista, son abrumadores y hasta diría que me condujeron a un cierto
estado de angustia. No solo por que hay decenas de miles de objetos (abanicos,
pipas, relojes, joyas, fotografías, juguetes, llaves, botes de farmacia,
relicarios, benditeros) sino porque son del siglo XIX y parece que aún queda
algo de sus primeros propietarios como impregnado en ellos.
Estoy convencida de que
aloja una gran carga de verdad la frase más conocida de Proudhon (“la
propiedad es un robo”), por eso aunque algo de mí aprecia esas colecciones que
nos acercan la historia “viva” también hay algo de mí que prefiere la ligereza
de equipaje y pasar con lo menos posible incluso en mobiliario urbano y en
todo. Si por mi fuera casi no se restauraría nada. No ya rehabilitaciones como
las que se hacen en cartón piedra o poco menos sino también como las que se
están haciendo en Alemania, con los planos antiguos, porque sin planos
originales no está permitido restituir nada. Téngase en cuenta que en ciudades
como Köln cayeron en la Segunda Guerra Mundial casi 4000 bombas, así que
tuvieron que levantarse de las cenizas y han querido recuperar lo que todos
hubiéramos dado por perdido. Es totalmente respetable y hasta comprensible.
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