n Opiniones y versiones, en 2017, me referí a que
el celebrado final de El tercer hombre (Carol Reed, 1949)
es la versión del director, no es fiel a la novela de Graham Greene. Rollo
Martin, en la versión cinematográfica, es ignorado por Anna Schmidt (Alida
Valli). Se ve el largo paseo con árboles a lado y lado, ella se acerca a
Martins, pero pasa delante de él sin decirle nada y sigue su camino. Si a
Graham Greene le gustó o no el final de Reed, cuestión en la que me extendí en
el post mencionado, es para mí accesorio.
Es cierto que el papel de Anna
Schmidt “salva” al canalla de Harry Lime (Orson Welles), a pesar de ser culpable
de haber adulterado penicilina. Su amor es incondicional, o habría que decir
mejor “indefectible”. Sin embargo, el regocijo que produjo en Twitter el
desplante de Anna hacia Rollo, su mediocridad,
me ganaron la simpatía por el personaje. El final no me resultó tan convincente
como a Greene, a Garci, etc. Después de la huida por las cloacas, ese camino
bordeado por árboles que escapan en el horizonte es demasiado manifiesto.
El sábado pasado vi recién
estrenada Belfast (Kenneth Brannagh) y me gustaron mucho: 1) la interpretación,
2) la ambientación (aunque creo que no era necesario recalcar tanto el uso del blanco y negro, 3) el papel de los abuelos, y 4) lamúsica de Van Morrison.
Me parece que el hermano mayor de
Kenneth Brannagh no dice nada, pero no estoy totalmente segura. Quien más habla
es tal vez el abuelo. Y tanto él como la abuela tienen papeles entrañables. En
tiempos de edadismo cruel y cipotudo
es toda una declaración de principios que Brannagh presente a sus abuelos
paternos como una pareja con tanta jovialidad y con tanta complicidad con el
nieto pequeño.
El papel de la abuela está
desempeñado por dame Judi Dench, tan
transfigurada que en su primera aparición en la película resulta irreconocible.
Lleva unas medias gruesas que nos hablan de una insuficiencia venosa como la
que padeció mi propia abuela paterna. Camina pesadamente y con cuidado. Las
gafas estilo “ojos de gato” y la melena tipo paje a la moda de los años 50-60,
acaban de trazar los rasgos del personaje, pero todos sabemos que esa
caracterización es irrelevante al lado de la fuerza que le sabe insuflar Judi
Dench.
Cuando la familia de Brannagh
decide abandonar Belfast, acuciados por las deudas e impelidos por la violencia
civil, ella se queda sola. Pero desaparece por la puerta de entrada de la casa
familiar silenciosamente y –quien más, quien menos—ya sabemos qué soledad le
espera adentro. Esos dos otres pasos que da hacia la puerta tienen una
sencillez y una gravedad que le dan ochocientas mil vueltas a la pasada de
largo de Anna Schmidt, tan rígida y frígida.
Irlanda, como Galicia, debió de
estar llena de viudas de “vivos e mortos” y llegados aquí solo cabe celebrar la
sensibilidad de Kenneth Brannagh.


