El otro día oí que una buena mujer que deseaba acogerse a los derechos de inseminación decía que ella era una familia monoparental. "Yo soy una familia monoparental". Hay tal caterva de bobos que la verdad es que empieza a ser algo agobiante y abrumador. Claro, que de acuerdo a Derecho igual sí que existe la posibilidad de ser una familia monoparental, monopaternal o monomarental o, mejor, un núcleo familiar monoparental, monopaternal o monomarental. Ya sé que esto es como oír a Susana Díaz, la única candidata en firme a la Junta de Andalucía, la región más grande de España y creo que también la más poblada. No se crean que voy a ir hacia un análisis de la frase de la Ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Ana Mato ("La ausencia de varón no es un problema médico"), que aprovecho para comentar que usa un perfecto castellano, de gran concisión y claridad, a pesar de que se ha querido emponzoñar con una controversia cuyas consecuencias no se me alcanzan. No, más bien me voy a intentar referir a la familia, aunque mal y pronto, esto es sin haber pensado demasiado el tema y con pocas ganas de profundizar.
Pienso en primer lugar en cuando se legalizó el divorcio en Irlanda, donde se creía que el principal impedimento era de tipo religioso cuando en realidad era debido al sistema de transmisión patrimonial de las tierras. Es decir, un país de base aún bastante rural, podía ver temblar sus fundamentos si las tierras se dividían o pasaban por todos los lances que se me ocurren ante una separación de bienes con hijos por medio. También pienso en las bases del Derecho Romano, donde la institución del pater familias aseguraba situaciones tan anómalas o absurdas como que uno podía ser considerado padre incluso aunque falleciera tres años antes del nacimiento de su hijo, mientras que lo de ser madre estaba casi siempre en entredicho o, por ser más exactos, merecía otra consideración. Evidentemente, entre el derecho que rige en Irlanda y los albores de Europa hay mucho que contar. Pero tanto si sumamos como si restamos, tanto si nos remontamos al modelo hutu como si nos inspiramos en otros menos exóticos, pensamos que una familia, nuclear o extensa, es algo que existe en todas las sociedades humanas. Lo de la señora del principio también se conoce en ámbitos de la Antropología cultural como unidad doméstica matrifocal.
A lo que quiero llegar, y
les voy a evitar cualquier merodeo, es al hecho de que en una familia -sea una
unidad doméstica matrifocal al estilo de la película aquella titulada Mi
hija Hildegart (Fernando Fernán Gómez, 1977), sea una comuna, sea
polígama, monógama o lo que sea- siempre hay una relación de poder. Y algunas
veces ya sabemos que una relación de poder puede llegar a ser incompatible con
la dignidad de las personas.
En las unidades de urgencias
de los hospitales y en los juzgados de guardia ven
todo lo que da de sí la dignidad de las personas y las relaciones de poder. Y
ya no me refiero al maltrato llamado de género, físico o psíquico. Me refiero a
cosas como que a uno de los cónyuges el otro le revuelva los cajones o el disco
duro o que se meta incluso en sus cuentas en internet para fisgonear qué hay y
qué no hay. He sabido de dos casos, en matrimonios de lo más normal, que
aparentemente llevan una vida que desde fuera se considera ordenada y sin nada
fuera de lo corriente o de la media. El primer caso me lo comentó la parte
contratante femenina de un matrimonio cuyo nivel cultural podemos considerar medio-alto,
de profesores universitarios. En aquel entonces me pareció deleznable. Y mido
mis palabras. La confidencia me incomodó en su mayor medida por cuanto
era, como suele ocurrir, un desahogo. Siguen felizmente juntos. El segundo caso
lo descubrí yo, hace unos días. Por lo tanto vi invadir mi propia intimidad y,
por razones que no sé si hace falta explicar, decidí hacer mutis y alejarme. En
cualquier caso, a estas alturas ya he llegado a la conclusión de que ocurren
dentro del matrimonio cuestiones de sexo, mentiras y cintas de vídeo que no
pueden ser valoradas así como así desde fuera. Y, como decía una amiga
mía, "las mujeres tenemos dos ocasiones de hacer el ridículo, cuando nos
enamoramos y cuando somos madres". La frase sirve para los hombres también,
para las unidades domésticas monomaternales y para cualquier tipo de pareja.
Quien no haya hecho el ridículo alguna vez que tire la primera piedra.
Las relaciones
amorosas o matrimoniales son tan contradictorias como lo son otras
relaciones de poder y una nunca sabe quien "manda", como si se
tratara de monstruos bifrontes.
