Es un placer
Atravesar el río en verano
Con las sandalias en la mano
Yosa Buson
Ayer bajando por el Carmelo en
la línea del 19 me pareció ver una mujer muy madura ofreciendo sus servicios
sexuales. Me lo confirmó ver otra un poco más adelante en el recorrido, ya
girando hacia la calle Dante Alighieri, en el Carmelo. Nunca antes había visto
ni asomo del negocio en el barrio y me lo tomé, supongo que erróneamente, como
un signo más de la famosa crisis y los cambios sobrevenidos en la calle. La
oferta en el Raval ya dijimos que era abrumadora y hace tiempo que se ven
mujeres que tanto por su número y edad (demasiado corta o demasiado larga) dan
buena cuenta de una realidad elocuente que exuda objetividad y subjetividad a
raudales. El consistorio, especialmente desde que está en manos de
Convergència, no se ha puesto a perseguir la prostitución pero impone
disuasivas multas no tanto a quien la ejerce como a quien la demanda, de manera
que queda bien claro que lo que se pretende es imponer la discreción y dejar
las calles lo más vacías posible de pilinguis, rabizas y furcias de
todo jaez, profesionales o no.
Otra cosa es qué demanda
pueda haber en el Carmelo, donde no se me figura que los hombres busquen lo que
no encuentran en sus casas allí mismo, calles arriba o calles abajo. A no ser
que pensemos en los emigrantes. En cualquier caso, la observación queda hecha y
la dejo ahí a la espera de ver en qué para todo. También hay que decir que
en el verano se ven y se oyen cosas que no se conciben por
ejemplo en invierno o en otoño. De la misma manera que hay un cambio de la
noche al día, también lo hay de la primavera al verano. El verano es quizás la
temporada más denigrada por los prójimos. Especialmente debido al calor. Que se
anuncie con una fiesta consagrada al estruendo, la salmonellosis y las
vomitonas (San Juan) ya es un algo. Georgie Dann también ha
contribuido a convertir el verano en algo pachanguero, lúbrico, desenfadado y
chorra. Un poco de Georgie Dann es mucho.
Recuerdo una vez que
abrimos una caja de bombones en una biblioteca y la pusimos a la entrada, como
ofreciéndola a todos cuantos accedían. Fue curioso ver la reacción de cada
persona. Algunos miraban como por encima del hombro, otros observaban bombón
por bombón hasta elegir uno, poniendo dos dedos en pinza en un gesto que
parecía llegar miméticamente hasta los labios y la nariz. Era tan reveladora la
actitud de cada persona que lo que me extraña es que no haya una caja de
bombones en la puerta de todas las instituciones. Supongo que llegado un
momento las reacciones perderían su espontaneidad y dejarían de ser
significativas y verdaderas, pero de forma esporádica son todo un experimento.
Como para mí lo es lo del calor. La relación de las personas con el calor. Los
comentarios, las quejas.
Tengo la sensación de que
la mayor parte de los prójimos considera el calor un incordio. Tal vez nos
gustaría ser como máquinas, como esos aparatitos que cada vez parece que
necesitamos más. Pero no somos máquinas, sentimos. A lo mejor pensar no
pensamos, pero sentir sí sentimos, todos. Unos más, otros menos. A todo lo más
a lo que llegamos es a cambiar un poco los hábitos alimentarios y a descartar
la sopa para incorporar las ensaladas, los gazpachos, y el vichyssoise,
aunque me parece que ya no está de moda. Hay que abrir las ventanas o poner la
refrigeración, ese invento infernal, el máximo símbolo de la mala relación con
el calor y de nuestro empeño de aislarnos y sentirnos como máquinas. Pero
aparte de esas medidas o la de intensificar el horario laboral, pretendemos
vivir todo el año igual. Insisto, como si fuéramos aparatos.
En esta época del año se
trata de adoptar otro ritmo, mirar de refrescarse y de no acalorarse,
reorganizar la actividad para evitar la insolación y, como siempre, disfrutar.
En la medida de lo posible.
Lo bonito del orden
alfabético es que "Georgie Dann" va justo delante de
"Haiku".
Imogen Cunningham y la
modelo Twinka Thiebaud (Fotografía de Judy Dater, 1974)
"I hate big models"
Imogen Cunningham
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