El año 1976, cuando aún existía en
Barcelona un buen tejido privado librero y editorial, se publicó El otro zoo de
Barcelona, de Arturo San Agustín y Joan Marcel.
Hace unos tres años conocí un blog de "fauna" porteña a través de Julia,
la bloguera de Meliora
latent, pero no consigo encontrarlo hoy, caso de que aún exista. Era un blog
muy bien actualizado, de posts breves, concisos y que caracterizaban más que
bien a los seres que pueblan la enorme Buenos Aires y que pueden ser
tipificados casi entomológicamente.
El librito de Arturo San Agustín y Joan Marcel nos habla de personajes barceloneses y propios de los setenta. Cada capítulo va precedido por el nombre del animal, por ejemplo: "Intelectual de noche", y su genus ("Variedad: discoteca; Familia: Progres; Orden: Noctúrnidos). A continuación delimita su extensión geográfica, que por ejemplo en el Boy-scout ilustre se desarrollaba en las Ramblas, Casco Antiguo, de Rondas a Vía Layetana y ocasionalmente en la Barceloneta. El libro trata de los hábitos, organización, alimentación y enfermedades de cada cual y sirve como buen panorama costumbrista de una época de la que apenas queda algún espécimen en su conmovedora anacronía. El otro zoo transcribe además un estado de ánimo, mucho menos acerbo, aparentemente quizás, que el que nos embarga y nos sumerge en estos otros tiempos.
También aparentemente, también quizás,
la fauna barcelonesa ha visto muchos cambios. Tal vez alguna variedad del libro
de 1976 podría ser rescatada con ligeras variaciones e infinidad de anglicismos
(hipsters, geeks, heavies, etc.) aparte de que habría que detenerse mucho en el
aspecto exterior o pelaje y plumaje, dedicando mucho cuidado, por un decir, al chandal. Pero representa una
labor ingente que no hace ahora al caso más que para situar el tema. Y además
habría que ver qué tipos son genuinamente barceloneses y qué tipos se dan
también en cualquier otra ciudad. Por lo general me temo que el tema ha caído
en manos de la Antropología social universitaria y encima desde el cani yoni
hasta el emo más triste todo está enfocado a los jóvenes, de manera que parece
no haber vida después de los 30-35 años.
Uno de los tipos tópicos que abundan en
esta década en nuestra ciudad es el del extranjero europeo o extracomunitario
que está dedicado a las terapias alternativas. De la misma manera que me sorprendería
el rechazo de una persona por su origen geográfico, también me sorprende una
especie de aceptación o fascinación incondicional por las personas que
provienen de Alemania, Italia, Chile o donde sea. Y aquello de "nadie es
profeta en su tierra" se ha distorsionado en un género de pasaporte de oro
para todo extranjero que no sabemos si en su país no dejaría de ser uno más
cuando decidió ser uno menos.
La fauna alternativa, como digo, está bien nutrida de extranjeros, y elijo un ejemplo que da mucho de sí porque representa el triunfo de la escuela de las "constelaciones sistémicas" [sic] en nuestra pequeña ciudad. El invento está en íntima relación con la secta Gestalt y es más conocido por sus "constelaciones familiares". Aunque en su planteamiento tiene fundamentos más que aceptables, el problema de esta escuela viene cuando se aplica de una forma denodadamente sistémica y cae en cabezas de pobre criterio y predispuesta al milagro.
El año pasado leí no sin trabajo Las constelaciones familiares de Peter Bourquin en su octava edición (2011), texto que pienso que me permitió situar y hasta requetedescartar ese modelo terapéutico no tanto por el candor de sus fundamentos como por sus pretensiones. Pondré como ejemplo una retahíla de estupideces:
"Si en un sistema colectivo rigen las mismas leyes que en el sistema familiar, los llamados órdenes del amor, entonces la negación de la pertenencia de los judíos y moros españoles tiene que haber perjudicado de manera profunda a este sistema español y a su alma. Varios siglos después, la Guerra Civil, entre (1936-1939) [sic: grafía respetada] parece una prolongación de la misma dinámica, una lucha entre Caín y Abel en el intento de excluirse mutuamente, que dio como resultado el exilio de un millón de españoles.
También la colonización de Latinoamérica, a partir de su descubrimiento por Cristobal Colón en 1492, con la consiguiente matanza de indígenas y el comercio con esclavos procedentes de África para explotar las nuevas colonias entre el siglo XVI y XVIII, tienen que haber dejado huella en el alma española, por los lazos que se formaron entre los perpetradores y sus víctimas. (En este sentido se podría comprender la actual inmigración masiva de los magrebíes, africanos y latinoamericanos como un movimiento de compensación)" (págs. 125-126)
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