No hay que contrariarse con escollos de la fonética del español
como la fricativa velar, cuando avanzando en su estudio nos encontraremos con
palabras mucho más intrincadas, p.e. rododendro, Domínguez, zarpullido,
inaptitud, ajonjolí, jueves, zorro, podridero o bien bocadillo. En
nuestras lecciones no nos podemos detener en esas cuestiones, porque nos
impedirían avanzar en las contrariedades del subjuntivo y en la más
ordinaria conjugación de tiempos muy usuales del verbo tener. De ahí la cita
con la que acaba el cuento de Woody Allen, donde un personaje llamado Kugelmass
es lanzado a un armario con una novela o un cuento o un poema donde resulta
proyectado. Su primera elección es Madame Bovary, no les cuento
más. No sé que es peor, por cierto, si Emma Bovary o el subjuntivo del verbo
tener.
Otro tema que tendremos que revisar es el del orden de las palabras y
el de su valor distintivo en frases como "Yo cocino ya" y
"Ya cocino yo", en las que no se está diciendo lo mismo ni de
lejos. Para los pronombres personales se me miran una antología de Pedro
Salinas, y para las conjunciones también. Para la puntuación, Cela. Cuando
avancemos en el reading y la grammar será el momento de
introducir el tema del nombre del idioma que están aprendiendo. Y es que, por
las mismas razones por las que el francés se llama francés y el italiano se
llama italiano, llamaremos al español "español". Aún a riesgo de que nos
insulten. Sí que hay que admitir que
el nombre que se le dio en la Constitución fue "castellano",
para reservar el apelativo "españolas" al conjunto de las lenguas que
se hablan en el Estado, pero desde el punto de vista filológico es filoilógico.
Una de las 32 cosas que me dan una mezcla más portentosa de lástima y vergüenza
en este mundo es oír que un profesor de secundaria se presenta como "profesor
de literatura castellana" [sic]. En Lingüística reservamos
"castellano" al substrato histórico del español y a la variante
dialectal de una gran parte de la península. Sirva como introducción para la
lección de hoy decir que un señor de Mendoza no habla castellano ni de broma.
Aunque podemos tener a gala estar a la vanguardia de la lexicografía
renacentista, también tengo que advertir a nuestros principiantes en el
español, de la obsesión del hispanohablante con los diccionarios, como si
fueran el tesoro de la lengua, sus garantes, su adalides, su todo. No les
extrañará ver como se introducen tesis doctorales, artículos periodísticos,
cartas en los diarios y se dirimen todo género de discusiones empuñando
el Diccionario de la RAE, cuando ni entre todas sus ediciones están
todos los que son ni son todos los que están. Lo peor de todo es que se acaba
por considerar que el léxico lo es todo, cuando la morfología es tanto. Y la
morfología, como es natural, no se agota en los diccionarios. Otro día
hablaremos de las diferencias entre sufridor, insufrible, sufrido y
sofreír.
Lo de abandonar la idea de tomar el Diccionario como si fuera el
Código civil no es ninguna tontería. Fíjense sino en cómo cambia el significado
de la palabra expoliar en los principales diccionarios de la lengua del español, el francés, el italiano y el catalán. De la definición de los primeros al último va mucho, y nos tememos
que ha sido intervenida políticamente. Ustedes en caso de duda le
preguntan a un palentino o a un colombiano.
Tampoco me pierdan el tiempo con las etimologías: las etimologías,
como la numismática y la afición por la heráldica o los palíndromos, son
habilidades que no puntuarán y que en todo caso contarán negativamente. Porque
claro, Julia Roberts tiene en su nombre las cinco vocales (como servidora),
pero eso ¿qué aprovecha?
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