reo que las rudbeckias más bonitas que he visto nunca fueron las que había el año pasado en el Palacio de Nymphenburg, en Múnich. El nombre, según asevera la Wikipedia lo dio Linné a estas asteráceas en honor de su maestro en la Universidad de Uppsala, Olof Rudbeck el Joven (1660-1740), y de su padre, el profesor Olof u Olaus Rudbeck el Viejo (1630-1702). A Rudbeck padre, que además (entre otros logros) de ser el descubridor del sistema linfático y el fundador del Jardín Botánico de Uppsala, se atribuye en gran parte el Campus Elysii, una obra de Botánica en doce volumenes de la que apenas se conservan algunos ejemplares de dos volúmenes, a causa del incendio que hubo en la ciudad sueca el año 1702. Según Wilfrid Blunt (El naturalista. Vida, obra y viajes de Carl von Linné (1707-1778)) Rudbeck falleció del disgusto poco después de la catástrofe. Y no había para menos porque los Rudbeck habían ido recogiendo muestras de una infinidad de flores, el Campus iba profusamente ilustrado con grabados de hermosos ejemplares incluso lapones y era el resultado de un trabajo inmenso que no se podía fácilmente restablecer.
Las
bibliotecas que han sobrevivido a algún incendio (raramente a los
intencionados) es más raro aún que sobrevivan a los efectos causados por el
agua empleada en la extinción. Aún está reciente el recuerdo de la guerra en la
ex-Yugoslavia. Los libros mojados tienen que ser rápidamente rescatados de la
humedad, un elemento físico que hace al papel muy vulnerable a las plagas de
hongos. Por no decir nada de lo que ocurre en el papel no muy bueno y sí muy
satinado cuando es sometido al remojo, cuando se le quedan las hojas
enganchadas hasta formar una masa que solo puede ser despegada si se vuelve a
mojar y se congela. El agua al convertirse en hielo puede ser separada
limpiamente de un libro, sin hacer gran cosa, pero ¿quién dispone de congeladores
suficientes para someter una biblioteca nacional europea al choque de las bajas
temperaturas necesarias para provocar la transformación del agua en hielo?
El
incendio del Jardín Botánico de Uppsala también debió de ser algo
dramático para Olof y/o Olaus Rudbeck. De su trabajo quedaron otros
libros y añadiremos que el descubrimiento del sistema linfático, que no se
perdió. También el honor de haber dado nombre a unas flores y de que el nombre
se lo diera Linné, que fue el padre de la moderna taxonomía, sin la cual para
los que amamos el reino vegetal todo sería un berenjenal irreductible a un
estudio sistemático. Más berenjenal de lo que parece.
Los
grandes enciclopedistas del siglo XVIII abarcaron y apretaron, pero nos legaron
un conjunto de conocimientos y sobre todo un buen orden. Ahora, pienso, hay
unos abarcadores apretadores que tienen un enormísimo poder o al menos eso
parece. Mandan sobre millares de empleados y entre ellos y sus empleados hay
cientos de cargos y carguillos que también mandan, abarcan y aprietan. Los
sueldazos sirven, es de suponer, para llevar a los niños a buenos colegios y
para que sus señoras se puedan inyectar ácido hialurónico cada vez que se les
desencaja el código de barras o para que se puedan comprar unos manolos o varios
o cosas así que -bien miradas- no son tan bonitas para lo que cuestan. Los
manolos, dicen, no aprietan.
El
disgusto que tuvo la madre de Linneo cuando le dijeron con todo el tacto
del mundo que el niño no servía para seguir la carrera religiosa y que tenía
que dedicarse como segunda opción al estudio de la Medicina fue
inenarrable. Hoy en día las carreras de los niños se complican porque con una
carrera muchas veces no se consigue ni un contratucho de 400 euros. Hay mucha
titulitis (inseguridad diría yo, o mediocridad) por otra parte y es fácil ver,
qué sé yo, hasta en un programa de formación de Yoga, gente que hace
ostentación de estudios y doctorados que poco tienen que ver o que aún
aceptando que lo tuvieran no acreditan a nadie para poder transmitir la
tradición. El yoga se demuestra andando. Cualquiera sabe por experiencia
que los títulos a veces lejos de inspirar confianza son un engorro. Rocío de
las eras. He conocido a algún semidiós incluso de la Cardiología incapaz de
distinguir signos de enfermedades comunes que a lo mejor un estudiante de
tercer año de Medicina interpretaría la mar de bien sin titubear. Y en general
tiendo a creer que los mejores médicos son los que tienen un número de
publicaciones dentro de lo razonable y a poder ser útiles, centradas en su
quehacer. Lo demás, si ardiera, no sería una pérdida.

