“Consternababuntur Constantinopolitani
innumirabilibus vicissitudinibus”
sta broma archisilábica del latín escolástico tuvo una
secuela zafia en una broma de unos condones que llevaban inscrita la
frase “Recuerdo de Constantinopla” que seguramente estará recogida por Almudena
Grandes en cualquiera de sus novelas.
Ayer
estuve en Madrid, en una Residencia Geriátrica donde vive o muere una de las
hermanas mayores de mi padre. Mi tía hará en diciembre 88 años. Quitando que a
mí me tomaba por mi madre y a mi padre no lo daba por muerto, está aún bastante
en sus cabales y especialmente en aquellos valores que siempre le han
acompañado o sostenido: evitar el comadreo, regirse por las reglas de la buena
educación clásica (respeto, discreción, cortesía y nada más, porque con eso se va
a todas partes) y la fe cristiana. Cuando mi abuelo volvió de Nueva York a
Betanzos se llevaba a mi tía Fina a las “leiras” a limpiar las vides, a cavar
patatas, a recoger cebollas. Tenía cinco hijas más pero está claro que ya de
bien niña estaba dotada para trabajar duro sin quejarse ni dar queja. Emigró a
Madrid, se casó, tuvo dos hijos y enviudó a los 40 años. Hasta su jubilación
tuvo un comercio en Chueca y vivía en La Latina. Paga su estancia en “Los
Nogales” del Paseo de las Acacias en parte con su exigua pensión, en parte con
el alquiler de su piso y en gran parte con sus ahorros. Dice que está la mar de
bien.
Los
pilares de su forma de ser, y habría que decir también de su forma de estar,
creo que son tan válidos cuando estaba fuera de “Los Nogales” como cuando
estaba dentro. Y es que lo que no se suele suponer ni decir es que en estas
instituciones se reproducen las mismísimas innumerables vicisitudes que
consternaban a los estambulinos. Me acordé ayer de un caso extremo que vi aquí
en Barcelona. Cuando mi amigo Pepe estuvo ingresado en la Clínica F., donde
tardó dos años en morirse tras un aneurisma del tronco cerebral que lo dejó
como un pajarito, uno de los compañeros de habitación que le tocó en suerte era
un tirano. Un día al llegar oí que le decía a la mujer de mi amigo: “Nena, la
almohada” (es decir, quería que le pusiera bien la almohada). Mi amiga se la
recompuso y ahuecó. Les evito un lujo de explicaciones o una sarta de detalles
para simplemente dejar dicho que el tipo era un caso diáfano de cabrón
amamonado. Como en este blog no recuerdo haber introducido nunca más que otra
vez un registro del estilo -que lo dejo para el disfrute de Almudenas Grandes y
sus seguidores- lo acompaño con mis más sentidas disculpas y lo justifico en
que difícilmente podemos referirnos a un viejo egoísta y brutal de otra manera.
La otra acotación lingüística que habría que hacer es que el tono del tipo no
dejaba lugar a dudas, era exigente. Yo había visto a mi amiga dar incluso de
comer a los compañeros de habitación que había tenido Pepe, o sonarles las
narices. Es mujer que allí donde está además de no dar problemas hace que las
cosas vayan un poco mejor. Le dije: “¿Ésto qué es? ¿Cómo te dejas tratar así?”.
Me dijo escuetamente: “Huy, si vieras como trata a su mujer… Es que tengo miedo
de que le pegue a Pepe”. Siguiendo con las acotaciones lingüísticas y con los
constantinopolitanos les debo decir que el desnivel entre mis palabras de
indignación y el de todo cuanto estaba obviando elípticamente mi amiga, me dejaron
no ya sin palabras sino sin aliento. Un día nos dejó solos a los tres y
se fue a por suero o gasas. En el ínterin el cabrón me gritó “Nena”. Hice como
si nada (regla de educación de la discreción). Insistió. A la cuarta -superadas
con creces las reglas de respeto y cortesía y ya no digamos mi propia fe
cristiana- me dirigí hacia la cabecera del señor como un portaaviones o
torpedero, lenta, pesada e implacable. Me acerqué manos en jarra poniendo mi
cabeza a dos palmos de la suya amenazadoramente. Le dije entre dientes y
silabeando: “YO no soy una NENA”. La frase siguiente acababa poco más o menos
“y acabarás enganchado en el techo”. Les ahorro, siguiendo el estilo elíptico
del post de hoy, toda la explicación que medió entre la primera frase y la última.
El viejo inmundo se quedó aplastado contra su cama como una tortilla desinflada
y lo que es a mí no me volvió a llamar en lo que le quedó de vida que fueron
unos días.
Todo esto es para explicarles que lo peor de cualquier
internamiento no es la falta de libertad que ya es nociva y que en situaciones
críticas se encarniza sobre todo entre malos profesionales. No, lo peor es que
hay lo mismo que afuera pero que uno no se puede ir. Más que el confinamiento,
el internamiento, el dinero gastado a espuertas, la exacerbación de la familia
orientada a los niños y a los adolescentes, lo que me atormenta es la falta de
libertad. Por lo demás hoy, a la vista de lo que me esperaba en el Facebook,
(Constantinopla) hubiera querido tener una de esas deliciosas lagunas en las
que mi tía se demora de tanto en vez.
(*) La señora sentada es la esposa de Antonio López. El
modelo es un nieto.


