“Una anciana, a la que se dio el nombre de Ma Moses, inepta
a los 75 años para los trabajos manuales, empezó a pintar miniaturas. A los 100
logró la más célebre de sus obras, una Nochebuena. Murió en Nueva
York a los 101 años” (Simone de Beauvoir, La vejez)
“I paint from
the top down. From the sky, then the mountains, then the hills, then the
houses, then the cattle, and then the people.” (Grandma
Moses: My Life’s History)
*
o sé ahora si la traducción de Aurora Bernárdez “inepta” para el párrafo de La vejez que reproduzco es literal, puesto que está claro que la palabra en español es un poco extrema y desconsiderada. Pero la consideraremos irrelevante, es una palabra en un libro de más de 600 páginas, y además trasmite o perpetúa o lo que quieran un dato erróneo. Anna Mary Robertson Moses empezó a pintar a sus setenta años porque la artritis ya no le permitía bordar. Y que bordaba se deja ver, creo, por ese otro segundo párrafo que transcribo, de la propia pintora: “Pinto de arriba abajo. Desde el cielo, luego las montañas, después las colinas, después las casas, luego el ganado y por último la gente”. Lógicamente, aunque desconozco lo más elemental del bordado, la mano tiene que ir trabajando de manera que no tropiece con lo que se lleva hecho para no deslucirlo ni sobarlo. Por lo tanto no se borda sin un método espacial. Digo yo que si Anna R. Moses se había acostumbrado a las labores de la aguja, la costumbre le hizo adoptar inadvertidamente muchas técnicas para la pintura. Más no sé.
Conozco la obra de Moses a través de
las postales de Hallmark
y en mi mal formado gusto por la pintura no está por detrás de Zurbarán o de
Hans Mielich. No me gusta sin embargo traer aquí uno de sus cuadros para
ilustrar una de las ideas que he encontrado en los libros que
he leído estos días sobre la vejez, que a esa edad se pueden
realizar portentos o lo que nunca antes se había hecho. Cicerón en De
Senectute se refiere a que Sócrates aprendió a tocar la lira ya
siendo un anciano y esta anécdota ha ido pasando de libro en libro desde que el
mundo es mundo mundial. Cicerón además sigue a Platón (en La
república) y supongo que a Aristóteles (en La
república otra) en el viejo tema de la templanza
de los sentidos en la vejez, su liberación de la violencia de las pasiones.
Esos dos tópicos, de los de siempre, el de que
se puede aprender de mayor y el de la templanza de los ancianos,
me han hecho aburrirme un tanto con el tema sobre el que pretendía indagar. A
veces prefiero los ensayos a la literatura, pero está claro que en este tema al
menos prefiero los ejemplos de la literatura a las categorías y las anécdotas
de los ensayos.
Simone de Beauvoir escribió una verdadera enciclopedia -aunque desigual- sobre
el asunto, con la etnología, la historia, la instauración de las pensiones, los
principios de la geriatría como especialidad médica, todo. Cuando digo desigual
me refiero al desequilibrio entre las partes y a la falta de un firme de
conjunto, o esa virtud que hace que los textos estén bien trabados y crezcan no
por acumulación sino orgánicamente. Las bordadoras saben bien que es imposible
dejar en el cañamazo de toda la vida una labor desigual, donde las manos
trabajen temperamentalmente, ahora aprieto ahora dejo el hilo más holgado,
ahora se me acabó el hilo verde ahora lo pongo violeta… En las labores de aguja
es crucial tener un pulso constante.
La vieilleuse muestra sin embargo muy atinadamente el desequilibrio que
se da entre la gerontocracia y el desprecio por los ancianos, entre la
veneración por el sanedrín y el consejo de ancianos y la consideración
del viejo como una carga para la tribu o para la familia. No sé si Simone de
Beauvoir vivió o vio el envejecimiento demográfico de Europa y sin embargo la infantilización
o “adolescentización” (?) que han descrito los sociólogos. Pienso hoy que
es domingo en los señores vestidos de pandilleros. Y cuando hablo del Viejo
Continente no es con ello me ponga eurocentrista, al contrario. En Burkina
Faso una mujer de 38 años ya es un fenómeno paranormal, como
para que allí podamos extrapolar nuestros libritos del patrimonio inveterado de
los griegos. La filósofa sabía del tedio que padecen los viejos, su situación
de exclusión social y de abandono, cuando no de pobreza pura y dura.
En dos patadas: cuando pienso en los
viejos, y yo ya voy si todo sigue igual por el camino de serlo, no pienso en
Sócrates o en Tolstói ni en Séneca inventando sus cartas a Lucilio. No quiero
pensar en las viejas glorias chocheantes, en las personas tan especiales que
tenemos en nuestros catálogos civiles. Pienso en los viejos que veo a mi
alrededor y entre ellos en aquellos que están manteniendo con sus exiguas
pensiones a familias enteras con desempleados. Pienso en el artículo de Elvira
Lindo en “El País” sobre su perro
viejo, sordo e incontinente, Chipirón.



